sábado, 11 de junio de 2016

Hermana Tierra

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La encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco

LAUDATO   SI
Un mensaje para todos los hombres.
Todos los hombres alabad al Señor.
Su Amor Misericordioso se extiende a todos los hombres.
El mundo no puede ser analizado aislando uno de sus aspectos, el hombre no se crea por si mismo, es naturaleza, 
Tierra somos, nuestro cuerpo está constituido con los elementos naturales, polvo de estrellas, que para llegar a nosotros viajaron distancias inmensas, su aire nos alimenta, su agua nos vivifica y restaura.  Pero támbien somos espíritu y voluntad, "reflejo del amor y de la mente divina", pues en ella existimos juntamente con Cristo, desde toda la eternidad.

La tierra es, en medio del maravilloso universo, la Casa común que Dios ha puesto en nuestras manos para que la cuidemos, e incluye la vidael ambiente, la sexualidad, las relaciones sociales, pero támbien a Dios y su intervencion personal en la Historia y su plan de salvacion. 

Salmo 139(138),1-3.13-14ab.14c-15.
Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza.  

Señor, tú me sondeas y me conoces,
tú sabes si me siento o me levanto; 
de lejos percibes lo que pienso,
te das cuenta si camino o si descanso,
y todos mis pasos te son familiares.


Tú creaste mis entrañas, 
me plasmaste en el seno de mi madre:
te doy gracias porque fui formado
de manera tan admirable.


¡Qué maravillosas son tus obras!
y nada de mi ser se te ocultaba, 
cuando yo era formado en lo secreto, 
cuando era tejido en lo profundo de la tierra.



Toda pretensión de cuidar y mejorar el mundo supone cambios profundos en «los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen El auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y «tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado».  

 Por consiguiente, «la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana ».
«El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros mismos».

La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: El vivo sentimiento de ser amado por Dios, la seguridad de que Dios se ocupa de nosotros, una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio. «lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas».
Por otra parte, san Francisco, fiel a la Escritura, nos propone reconocer la naturaleza como un espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad: «A través de la grandeza y de la belleza de las criaturas, se conoce por analogía al autor»

 Pero no podemos ignorar que, también fuera de la Iglesia Católica, otras Iglesias y Comunidades cristianas –como también otras religiones– han desarrollado una amplia preocupación y una valiosa reflexión sobre estos temas que nos preocupan a todos. Para poner sólo un ejemplo destacable, quiero recoger brevemente parte del aporte del querido Patriarca Ecuménico Bartolomé, con el que compartimos la esperanza de la comunión eclesial plena. 

El Patriarca Bartolomé se ha referido particularmente a la necesidad de que cada uno se arrepienta de sus propias maneras de dañar el planeta, porque, « en la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos», estamos llamados a reconocer «nuestra contribución – pequeña o grande – a la desfiguración y destrucción de la creación».  Sobre este punto él se ha expresado repetidamente de una manera firme y estimulante, invitándonos a reconocer los pecados contra la creación: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados».  Porque « un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios».

Pero la vocación de custodiar no solo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que le antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. * 

Eres como la abeja: 

Nacido de un enjambre, donde da y recibe: pequeño de cuerpo, humilde de color, dotado de alas, embriagado de cielo.

Pero Dios te amo como persona, individual, e insustituible, dueña de si misma, sujeto de derechos y deberes.


Nacido en la tierra y destinado para el cielo,
hijo en el Hijo, y creada para Dios.

El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar. El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común. 

Vendrá y pronto vendrá el Reinado Universal del Espíritu  Santo en las Comunidades cristianas –como también en otras religiones– y en el mundo entero, si nos abrimos a su acción. 
El nos mueve con su Santo Espíritu para que con su fuerza y su luz transformemos desde dentro las realidades temporales. Nada de lo de este mundo, nos resulta indiferente.


* De la Primera homilía del Papa Francisco como Obispo de Roma.