" La justicia de Dios se ha hecho carne en su Hijo; se ha hecho misericordia, se ha hecho perdón; que el corazón de Dios siempre está abierto al perdón ".
EL DOLOR
El amor y el odio tienen una misma raíz: Todo amor que es
inclinación al bien es aversión al mal
contrario del bien que se ama. Dios que se ama infantinamente a Si
Mismo, y nos ama sin límite, odia
infinitamente el pecado.
En Dios, esto no puede ser DOLOR porque en El no cabe el
dolor. Pero en Cristo Jesús el odio al pecado si es causa de un dolor
indecible.
El Amor Infinito es
pureza infinita cundo ese amor vino
a la tierra manchada para purificarla, el Amor Purísimo, al contacto con el pecado,
el odio y la inmundicia, reacciona en una explosión
de dolor para que del fondo de ese
dolor brotara la pureza de las almas.
Nuestros sufrimientos "vienen de abajo" no de arriba; son inherentes a la vida.
El dolor nunca viene de Dios: Tiene diversas causas naturales, y algunas veces en nuestro egotismo.
Cristo no vino a explicar el dolor, ni a quitarlo, vino a a darle sentido: El lo tomo sobre si mismo para convertirlo en oblación que redime y que salva, luego nos enseño a unir nuestros dolores a los suyos y ofrecerlos en un solo sacrificio. Finalmente nos invito a participar de la Cruz Interna que lleva su Corazón al ver a su Padre ofendido y por el mal que causa a las almas el pecado al que lo comete y a los demás.
Nuestros sufrimientos "vienen de abajo" no de arriba; son inherentes a la vida.
El dolor nunca viene de Dios: Tiene diversas causas naturales, y algunas veces en nuestro egotismo.
Cristo no vino a explicar el dolor, ni a quitarlo, vino a a darle sentido: El lo tomo sobre si mismo para convertirlo en oblación que redime y que salva, luego nos enseño a unir nuestros dolores a los suyos y ofrecerlos en un solo sacrificio. Finalmente nos invito a participar de la Cruz Interna que lleva su Corazón al ver a su Padre ofendido y por el mal que causa a las almas el pecado al que lo comete y a los demás.
Sus dolores sin nombre fueron salvadores, abrieron el cielo, y compraron gracias, antes, entones y despues de su pasion sangrienta. Pero habia otra cruz mayor en el interior de Jesús: La causa de los dolores de Jesús es el pecado, mal de Dios porque es contra su gloria, mal de los hombres porque es contra su perfección y su felicidad. Y al reaccionar contra este mal, en cierta manera infinito, el Amor de Jesús se convierte en un dolor inenarrable, amor que satisface y es lo unico que puede reparar y que lo llevo a la Cruz.
Amor que compensa de manera infinita el odio, el no amor contenido en el pecado de la creatura, conocido por Jesús, sufrido, hecho suyo por Jesús para destruirlo.
Solo hay un dolor mayor que el de su Santisma Madre al ver a su Hijo muriendo en la Cruz; y este es el del mismo Jesús al ver sufriendo así a su Santísima
Madre. Dos almas que se funden en la unidad del amor. Es un dolor que sufre María pero que repercute en Jesús.
Consolar a Jesús es darle por lo menos nuestro amor, pero también ayudarlo en su obra de llevar a nuestros hermanos a Dios, sacrificarnos por ellos, ofrecernos como victimas por su conversión y llevarlos aun a la santidad, sobretodo a los sacerdotes.
La santísima Virgen María, la siempre virgen María, sin pecado concebida, Inmaculada, madre de Dios y madre nuestra fue la primera en consolar a su Hijo dándole totalmente su Corazón de madre desde su nacimiento hasta la Cruz, donde Dios la convierte también en madre nuestra haciéndonos a nosotros los causantes de su muerte, en objeto de su amor.
Todo esto lo hizo maría ejercitando 3 grandes virtudes: Primero en la base su humildad que reconoció siempre su propia nada, que nada era suyo, que todo era obra de Dios. Pero esa humildad fue tan grata Dios que la exalto sobre toda criatura como madre de su Divino Hijo.
Después con su amor, grande como ninguno, totalmente dirigido a Dios su Señor y su todo.
Finalmente la paciencia con que persevero su vida entera acompañando a su Divino Hijo desde la persecución de Herodes, su destierro en Egipto, sus trabajos en Nazaret, el rechazo de los dirigentes de su pueblo en su vida publica y hasta el pie de la Cruz en donde cada uno de los dolores de su Divino Hijo se vuelve suyo.
Los sufre María en su Corazón de madre, pero le da merito y valor Jesús, y siendo de Jesús se vuelve divino, glorificador para el Padre, meritorio y redentor para nosotros. Participa del amor Sacerdotal de Jesús que Glorifica y salva.
Cristo también sufrió en Si mismos los dolores inmensos de su amadisima madre al pie de la Cruz, porque sufría al ver sufrir a su amadisima madre; y sufre ahora también ahora los dolores de las almas Victimas, a las que El hace participar de sus dolores Sacerdotales.
Esta liberación del pecado ha sido llevada a cabo por Cristo, pero llevando consigo incluida a toda la humanidad, de esta manera, el hombre a quien Cristo llevaba en Si puede contribuir a su propia Redención.
Jesús no es un Dios vengativo, es como su Padre Clemente y Misericordioso. El Siente nuestras miserias como algo suyo, de los suyos, y las repara con su amor. Dios te ama porque eres suyo. Nada, ni el pecado, puede anular su amor.
Porque son sus hijos amados no se fija en los defectos que aun tienen, sino en la plenitud adonde El los lleva. No se detiene en el pecado pasado, sino mas bien, pone su mirada en un promisorio futuro.
"Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús,
Jesús asumió nuestra humanidad y su Corazón nunca se separa de ella. Para El nadie es ajeno, distante o insignificante y como su Padre Celestial que hace salir el sol para justos e injustos. El, Jesús, siendo también hombre nos ama a todos buenos y malos y nada puede anular o impedir su amor.
Nada, ni el pecado, logra que El deje de amarnos como algo suyo. El asume, hace suya la desgracia de los suyos, y compensa con mas amor la falta de amor de quien comete el pecado.
Amor que compensa de manera infinita el odio, el no amor contenido en el pecado de la creatura, conocido por Jesús, sufrido, hecho suyo por Jesús para destruirlo.
Solo hay un dolor mayor que el de su Santisma Madre al ver a su Hijo muriendo en la Cruz; y este es el del mismo Jesús al ver sufriendo así a su Santísima
Madre. Dos almas que se funden en la unidad del amor. Es un dolor que sufre María pero que repercute en Jesús.
Consolar a Jesús es darle por lo menos nuestro amor, pero también ayudarlo en su obra de llevar a nuestros hermanos a Dios, sacrificarnos por ellos, ofrecernos como victimas por su conversión y llevarlos aun a la santidad, sobretodo a los sacerdotes.
La santísima Virgen María, la siempre virgen María, sin pecado concebida, Inmaculada, madre de Dios y madre nuestra fue la primera en consolar a su Hijo dándole totalmente su Corazón de madre desde su nacimiento hasta la Cruz, donde Dios la convierte también en madre nuestra haciéndonos a nosotros los causantes de su muerte, en objeto de su amor.
Todo esto lo hizo maría ejercitando 3 grandes virtudes: Primero en la base su humildad que reconoció siempre su propia nada, que nada era suyo, que todo era obra de Dios. Pero esa humildad fue tan grata Dios que la exalto sobre toda criatura como madre de su Divino Hijo.
Después con su amor, grande como ninguno, totalmente dirigido a Dios su Señor y su todo.
Finalmente la paciencia con que persevero su vida entera acompañando a su Divino Hijo desde la persecución de Herodes, su destierro en Egipto, sus trabajos en Nazaret, el rechazo de los dirigentes de su pueblo en su vida publica y hasta el pie de la Cruz en donde cada uno de los dolores de su Divino Hijo se vuelve suyo.
Los sufre María en su Corazón de madre, pero le da merito y valor Jesús, y siendo de Jesús se vuelve divino, glorificador para el Padre, meritorio y redentor para nosotros. Participa del amor Sacerdotal de Jesús que Glorifica y salva.
Cristo también sufrió en Si mismos los dolores inmensos de su amadisima madre al pie de la Cruz, porque sufría al ver sufrir a su amadisima madre; y sufre ahora también ahora los dolores de las almas Victimas, a las que El hace participar de sus dolores Sacerdotales.
Jesús lavo con su sangre las almas para hacerla brillar, y esa imagen, que es germen de gloria, es la que todos podemos y debemos amar en ellas para que ¡Dios sea todo en todas las cosas¡.
El amor que Dios tiene por cada persona constituye, en efecto, el corazón de la experiencia y del anuncio del Evangelio. Todos los hombres tienen en el fondo de su alma la Imagen de Dios, la gracia renueva esa imagen y la eleva y engrandece.
El amor que Dios tiene por cada persona constituye, en efecto, el corazón de la experiencia y del anuncio del Evangelio. Todos los hombres tienen en el fondo de su alma la Imagen de Dios, la gracia renueva esa imagen y la eleva y engrandece.
Jesús no es un Dios vengativo, es como su Padre Clemente y Misericordioso. El Siente nuestras miserias como algo suyo, de los suyos, y las repara con su amor. Dios te ama porque eres suyo. Nada, ni el pecado, puede anular su amor.
Porque son sus hijos amados no se fija en los defectos que aun tienen, sino en la plenitud adonde El los lleva. No se detiene en el pecado pasado, sino mas bien, pone su mirada en un promisorio futuro.
"Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús,
ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo".
Jesús asumió nuestra humanidad y su Corazón nunca se separa de ella. Para El nadie es ajeno, distante o insignificante y como su Padre Celestial que hace salir el sol para justos e injustos. El, Jesús, siendo también hombre nos ama a todos buenos y malos y nada puede anular o impedir su amor.
Nada, ni el pecado, logra que El deje de amarnos como algo suyo. El asume, hace suya la desgracia de los suyos, y compensa con mas amor la falta de amor de quien comete el pecado.
Reparar es compensar con amor la falta de amor del que te ofende. Amar por los que no aman. Sentir las miserias del otro como un mal mio, reparar las ofensas que recibes bendiciendo a Dios en nombre de todos, principalmente por el que te esta ofendiendo.
El Ama a su Padre por quienes no lo aman, pide por los que no piden ni devuelven a Dios el amor que reciben.
El Ama a su Padre por quienes no lo aman, pide por los que no piden ni devuelven a Dios el amor que reciben.
No nos cansemos de acercarnos a El, con todo lo nuestro. Alegrias, esperanzas, penas, fracasos y sobretodo llevandole en la confesion todos nuestros pecados.
El nos perdona, nos cambia, nos convierte y se regocija en destruir en nosotros hasta el ultimo vestigo del mal.
El nos perdona, nos cambia, nos convierte y se regocija en destruir en nosotros hasta el ultimo vestigo del mal.
Tenemos una cosa mas profunda y preciosa que ofrecer con Cristo: la fe y la union con el varon de dolores, que por nuestros pecados y por nuestra salvacion fue crucificado.
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En su vida mortal Cristo Jesús ofrecio sus inmolaciones a favor de la humanidad culpable. Hoy es victima constante en la Eucaristia y en las almas que El escoge para que sufran por EL, porque al sufrir ellas por su amor, El también sufre al verlos sufrir porque lo aman y El los ama inmensamente.
En el dolor de Jesús todo es Amor Divino. Su origen es alto y purísimo porque Él es el Divino Amor. El Amor es el único que lo inmola. ES UN AMOR SACERDOTAL.
La empresa de Jesús es la Gloria de Dios, el impulso del Espiritu Santo lleva a esa misma gloria. El verdadero bien de las almas es el reflejo de loa gloria de Dios en ellas.
Todos los sufrimientos de Jesús son sufrimientos del Verbo en razón de su Unión Hipostática, pero son los sufrimientos de su Corazón como la divina esencia del divino amor.
Sufre por su Padre ofendido. Sufre por el mal de las almas. Solo conoce el dolor que glorifica y que salva. Dolor nacido de amor.
Fue necesario un doble milagro para que el dolor de Cristo pudiera existir y salvarnos: Haciéndolo hombre, dándole el conocimiento infuso de todos los pecados del hombre, no como cosa ajena que solo hace sufrir, sino como algo suyo, algo de que no puede sentirse ajeno haciendo que todos los hombres fueran como parte de El mismo al constituirse Cabeza de la Humanidad por redimir.
La compasión del Verbo Encarnado se refiere a los males, dolores, necesidades, fracasos que golpean al hombre. Pero más que a cualquier otro, al pecado que le ha dañado tanto. ¡Todos los dolores de las almas los sufrí Yo primero, y aun los de los cuerpos, en cierto sentido, porque son miembros míos muy queridos, a quienes amo y quise endulzar sus dolores con mi contacto divino-humano¡.
En el dolor de Jesús TODO es amor
divino. Purísimo como es El Infinito y todo aquello que en el Infinito se
refleja. Su fin es divino: La gloria del Padre, el bien de las almas. Su
fruto también es divino: Es la pureza de las almas que como espejos reflejan la
Gloria de Dios. Y ese dolor es en Si Mismo divino. Es la traducción terrena del
odio infinito que Dios tiene al pecado.
Si nosotros comprendiéramos lo que le hemos costado a Jesús, la sangre de sus
venas y la de su Corazón.
El Amor Infinito ES
pureza infinita y cuando ese amor vino a la tierra manchada, para
purificarla el Amor se trocó en dolor para que del fondo de ese dolor brotara
la pureza de las almas. El Amor Infinito tomo como instrumento para producir la gracia la
humanidad sacratísima de Jesús y en ella principalmente su Corazón.
El Amor convertido en dolor al
contacto con el mal, destruye a este, produce
la gracia y solo quedan raudales de pureza que va a limpiar las mismas
almas que lo produjeron y está DISPONIBLE para el pecador en cuanto los haga
suyos para volver al amor.
Lo que impide nuestra confianza, es la conciencia de nuestras
faltas y de nuestra ingratitud, no nos atrevemos a llegar confiados ha quien
hemos lastimado con nuestra malicia, a menos que estemos seguros de su
generosidad. El amor divino es el único al que podemos arrojarnos con absoluta
confianza. Su Corazón nos ama siempre, su omnipotencia ampara nuestra debilidad
y su plenitud colma siempre nuestro vació.
Aunque estuviéramos manchados con todos los crímenes del mundo,
podemos arrojarnos con absoluta confianza en sus brazos como el hijo prodigo, y
sentirnos como el se sintió el al volver a su padre. Comprendidos, perdonados y
amados. Porque sabemos que nuestro Padre es infinito para perdonar, porque
su amor no se apoya en lo que somos, sino en lo que El es, porque nos
ama siempre sea cual fuere nuestra bondad y sea cual fuere nuestra miseria.
La pureza de Jesús es su amor en contacto con el pecado para destruirlo con el dolor. Es dolor nacido de amor para producir pureza en las almas.
Porque su amor es la plenitud que busca el vació, la grandeza que se inclina hacia la pequeñez, la majestad que desciende hasta nuestra miseria. Dios es grande, Dios es hermoso, Dios es feliz y con su gracia nos justifica, nos embellece con divinos resplandores.
Nos participa su felicidad y quiere dárnosla toda, bañarnos con su luz, incendiarnos con su fuego, compartirnos su cielo, transfigurarnos con su luz divina, como la luz del sol transfigura a una nube al reflejarse en ella. Esta gracia llega a su perfección cuando el alma corresponde, ama y busca de manera perfecta la Gloria de Dios: El alma se llena de Dios por el conocimiento, el amor, la adoración, el servicio.
Después de Dios, nada hay tan bello y tan excelente como su gloria. La gloria esencial de Dios es Dios mismo, la única que podemos darle las criaturas es el reflejo de Dios en ellas, es como la expansión de lo divino.
Si todas las gracias que
recibimos fueran solo frutos de amor, habría motivo Suficiente para morirnos de
amor, pero si son fruto también del dolor, ¿donde habrá gratitud y amor
suficiente para corresponder a ellas?
Cada comunión que recibimos costo
a Jesús el sacrificio del Calvario y el sacrificio intimo de su Corazón. La luz
que brilla en nuestro espíritu, el amor que arde en nuestro corazón, la
fortaleza que sostiene nuestra alma, las virtudes que nos adornan.
Los Dones del Espíritu Santo que la divinizan, la Gracia Santificante que nos hace hijos de Dios, todas las gracias de Dios, los carismas, las gracias actuales de preservación, de santificación.
Los Dones del Espíritu Santo que la divinizan, la Gracia Santificante que nos hace hijos de Dios, todas las gracias de Dios, los carismas, las gracias actuales de preservación, de santificación.
Todo, todo lo que forma ese mundo
que es la vida espiritual, todo salió
del Corazón divino, todo es fruto del
amor y del dolor, salió del Corazón divino y conserva el calor de las
llamas y la amargura de su martirio.
Somos pues muy amados de Jesús y
le costamos muchísimo. Pero cuanto más las almas que han recibido gracias
preciosas y abundantes para llegar a gran perfección.
Gracias de purificación: Aun las
almas más limpias tienen tanta tierra tantas inclinaciones malas al menos en
germen y es tanta la pureza que la santidad exige. Gracias de preservación:
para que se conserve limpia, o al menos recta. Gracias de Unión: torrentes de
luz, atractivo divino, fortaleza para luchar, para resistir, para vencer, para
sufrir.
La gracia misma de la Unión que
es insigne: Que Dios se una con el alma con singular amor. Que el Espíritu
Santo haga de ella su templo y la rija y la guie en casi todos sus movimientos.
Que el alma se transforme en Jesús y viva
de su vida y participe de sus misterios. Que el alma tenga los mismos
sentimientos de Jesús y participe de su divina fecundidad. Que el Padre la mire
complacido y perfeccione en ella su adopción. Que se eleve a la contemplación
de las cosas celestiales y reciba los ósculos y las divinas caricias en tanto
que llega el momento de entrar en la plenitud del gozo del Señor.
Nosotros imperfectos, sufrimos porque
encontramos obstáculos para amar y necesitamos el dolor que purifica. Sufrimos por no poseer cabalmente a
Dios y tenemos un amor que une.
Pero cuando el amor a llegado a
Su perfección, sufrimos SOLO por el
mal del Amado. Participa del amor Sacerdotal de Jesús que Glorifica y
salva: Gracia estupenda, gracia de
gracias, fruto de la predilección de Jesús y de sus Íntimos dolores.
Una Víctima es un ser sometido por puro amor y sin condiciones ni reservas
a la voluntad del Padre. Esa adhesión a la Voluntad del Padre es el fondo de su
estado de Victima y de Sacerdocio: Aceptar y amar todo lo que el Padre disponga
de ella, hacer su voluntad porque el Padre lo quiere, plegándose dócilmente al
modo que Él determine.
Aceptarla, amarla, adorarla, no
solo por lo que a él se refiere, por lo que mira a todos los seres queridos,
todos los dolores y sacrificios de ellos, al Jesús que en ella vive, a si mismo
y también a sus seres queridos.
Son pues muy amadas de Jesús y le
costaron muchísimo. Han recibido y
seguirán recibiendo gracias singulares de Dios.
El alma que ha recibido la mirada fecunda del Padre ve con singular profundidad ¡como Dios es todo en todas las cosas¡.
La efusión del Espíritu Santo ha encendido en su corazón un amor acendrado y purismo que vale mas que todas obras que hay en la Iglesia, como enseña San Juan de la Cruz, y que tiene por anhelo supremo la Gloria de Dios.
Y la transformación en Jesús consagra su ser y su vida a esa Gloria divina a la que estuvo consagrada toda la vida riquísima y divina de Jesús con todos sus misterios.
María, acogiendo plenamente la voluntad divina, anticipa y hace suya la actitud de Cristo que, según la carta a los Hebreos, al entrar en el mundo, dice: «Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo (...). Entonces dije: ¡He aquí que vengo (...) a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10,5-7; Sal 40,7-9).
Además, la docilidad de María anuncia y prefigura la que manifestará Jesús durante su vida pública hasta el Calvario. Cristo dirá: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). En esta misma línea, María hace de la voluntad del Padre el principio inspirador de toda su vida, buscando en ella la fuerza necesaria para el cumplimiento de la misión que se le confió.
La muerte de Cristo expresa sobre todo el amor del Padre para nosotros,y su iniciativa de reconciliación. El amor de Cristo para nosotros tiene su origen en la docildad filial hacia el Padre. Asi se explica que la muerte de Jesus sea al mismo tiempo una solidaridad completa con nosotros, un acto de amor por nosotros y una oblación y sacrificio ofrecido a Dios en su adhesion perfecta hasta la muerte, a la voluntad de Dios.
Aunque en el momento de la Anunciación María no conoce aún el sacrificio que caracterizará la misión de Cristo, la profecía de Simeón le hará vislumbrar el trágico destino de su Hijo (cf. Lc 2,34-35). La Virgen se asociará a él con íntima participación. Con su obediencia plena a la voluntad de Dios, María está dispuesta a vivir todo lo que el amor divino tiene previsto para su vida, hasta la «espada» que atravesará su alma.
Al pronunciar su «sí» total al proyecto divino, María es plenamente libre ante Dios. Al mismo tiempo, se siente personalmente responsable ante la humanidad, cuyo futuro está vinculado a su respuesta.
Dios pone el destino de todos en las manos de una joven. El «sí» de María es la premisa para que se realice el designio que Dios, en su amor, trazó para la salvación del mundo.
El Catecismo de la Iglesia católica resume de modo sintético y eficaz el valor decisivo para toda la humanidad del consentimiento libre de María al plan divino de la salvación: «La Virgen María colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres. Ella pronunció su "fiat" "ocupando el lugar de toda la naturaleza humana". Por su obediencia, ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes» (n. 511).
La aceptación de María, que es consentimiento a la vida, es por su carácter incondicional y por el proyecto divino al cual se adhiere, es también consentimiento a su muerte.
Este valor de oblación que es el aspecto supremo del papel sacrificial de María, se completa por su valor de compasión. La compasión es el sacrificio personal de María, en cuanto afecta mortalmente a su corazón de madre.
En María la actividad de una persona humana es integrada a la Redención. María es el Arquetipo de la Iglesia, su Icono. En el sacrificio de la Cruz, Ella representa ya al lado de Cristo a la Iglesia esposa, salvada por El y cooperando con El.
En el momento de la Cruz, María aporta la cooperación de la fe. La actividad de María, como la de los bautizados, es la co” oblación de un sacrificio ya constituido (la Cruz y la Misa) y la inmolación de sí misma en unión al Crucificado.
El alma que ha recibido la mirada fecunda del Padre ve con singular profundidad ¡como Dios es todo en todas las cosas¡.
La efusión del Espíritu Santo ha encendido en su corazón un amor acendrado y purismo que vale mas que todas obras que hay en la Iglesia, como enseña San Juan de la Cruz, y que tiene por anhelo supremo la Gloria de Dios.
Y la transformación en Jesús consagra su ser y su vida a esa Gloria divina a la que estuvo consagrada toda la vida riquísima y divina de Jesús con todos sus misterios.
Tienes
contigo a la sacrosanta Víctima del Calvario y de la Eucaristía,
la cual puedes ofrecer constantemente al
Eterno Padre por la salvación del mundo.
Éste es el fruto más precioso del
grande favor que he obrado en ti al encarnar en tu corazón. Te he dado lo más
grande del cielo y de la tierra, a Mí mismo, con este fin. En mi unión ofrécete y
ofréceme en cada instante
al Eterno Padre con el fin tan noble de salvar a las almas, y darle gloria.
| Concilio Vaticano II Constitución dogmática sobre la Iglesia «Lumen Gentium», 21
«Lo que habéis recibido gratuitamente, dadlo gratuitamente»
En la persona, pues, de los obispos, a quienes asisten los presbíteros, el Señor Jesucristo, Pontífice supremo, está presente en medio de los fieles. Porque sentado a la diestra del Padre, no está ausente de la congregación de sus pontífices, sino que, principalmente a través de su servicio eximio, predica la palabra de Dios a todas las gentes y administra continuamente los sacramentos de la fe a los creyentes, y por medio de su solicitud paternal va congregando nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración sobrenatural; finalmente, por medio de su sabiduría y prudencia dirige y ordena al Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinar hacia la eterna felicidad...
Tenemos una cosa mas profunda y preciosa que ofrecer con Cristo: la fe y la union con el varon de dolores, que por nuestros pecados y por nuestra salvacion fue crucificado.
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La entrega total de María
a la persona y a la obra de Cristo.
María,
la «llena de gracia», al proclamarse «esclava del Señor», desea comprometerse a
realizar personalmente de modo perfecto el servicio que Dios espera de todo su
pueblo. Las palabras: «He aquí la
esclava del Señor» anuncian a Aquel que dirá de sí mismo: «El Hijo del hombre
no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por
muchos» (Mc 10,45; cf. Mt 20,28). Así, el Espíritu Santo realiza entre la
Madre y el Hijo una armonía de disposiciones íntimas, que permitirá a María
asumir plenamente su función materna con respecto a Jesús, acompañándolo en su
misión de Siervo.
Las palabras «Hágase en mi según tu palabra» (Lc
1,38), manifiestan en María, que se declara esclava del Señor, una
obediencia total a la voluntad de Dios. El optativo «hágase» (génoito),
que usa san Lucas, no sólo expresa aceptación, sino también acogida convencida del proyecto divino,
hecho propio con el compromiso de todos sus recursos personales.María, acogiendo plenamente la voluntad divina, anticipa y hace suya la actitud de Cristo que, según la carta a los Hebreos, al entrar en el mundo, dice: «Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo (...). Entonces dije: ¡He aquí que vengo (...) a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10,5-7; Sal 40,7-9).
Además, la docilidad de María anuncia y prefigura la que manifestará Jesús durante su vida pública hasta el Calvario. Cristo dirá: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). En esta misma línea, María hace de la voluntad del Padre el principio inspirador de toda su vida, buscando en ella la fuerza necesaria para el cumplimiento de la misión que se le confió.
La muerte de Cristo expresa sobre todo el amor del Padre para nosotros,y su iniciativa de reconciliación. El amor de Cristo para nosotros tiene su origen en la docildad filial hacia el Padre. Asi se explica que la muerte de Jesus sea al mismo tiempo una solidaridad completa con nosotros, un acto de amor por nosotros y una oblación y sacrificio ofrecido a Dios en su adhesion perfecta hasta la muerte, a la voluntad de Dios.
Aunque en el momento de la Anunciación María no conoce aún el sacrificio que caracterizará la misión de Cristo, la profecía de Simeón le hará vislumbrar el trágico destino de su Hijo (cf. Lc 2,34-35). La Virgen se asociará a él con íntima participación. Con su obediencia plena a la voluntad de Dios, María está dispuesta a vivir todo lo que el amor divino tiene previsto para su vida, hasta la «espada» que atravesará su alma.
Al pronunciar su «sí» total al proyecto divino, María es plenamente libre ante Dios. Al mismo tiempo, se siente personalmente responsable ante la humanidad, cuyo futuro está vinculado a su respuesta.
Dios pone el destino de todos en las manos de una joven. El «sí» de María es la premisa para que se realice el designio que Dios, en su amor, trazó para la salvación del mundo.
El Catecismo de la Iglesia católica resume de modo sintético y eficaz el valor decisivo para toda la humanidad del consentimiento libre de María al plan divino de la salvación: «La Virgen María colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres. Ella pronunció su "fiat" "ocupando el lugar de toda la naturaleza humana". Por su obediencia, ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes» (n. 511).
La aceptación de María, que es consentimiento a la vida, es por su carácter incondicional y por el proyecto divino al cual se adhiere, es también consentimiento a su muerte.
Este valor de oblación que es el aspecto supremo del papel sacrificial de María, se completa por su valor de compasión. La compasión es el sacrificio personal de María, en cuanto afecta mortalmente a su corazón de madre.
En María la actividad de una persona humana es integrada a la Redención. María es el Arquetipo de la Iglesia, su Icono. En el sacrificio de la Cruz, Ella representa ya al lado de Cristo a la Iglesia esposa, salvada por El y cooperando con El.
En el momento de la Cruz, María aporta la cooperación de la fe. La actividad de María, como la de los bautizados, es la co” oblación de un sacrificio ya constituido (la Cruz y la Misa) y la inmolación de sí misma en unión al Crucificado.
25 de marzo de 2016
Viernes Santo.
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús
Sin duda ninguna todos conocemos alguna de las grandes líneas de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús tan extendida entre las familias cristianas. La especial misericordia de su Corazón para con los pobres pecadores; la Caridad inmensa con que acude a ayudarnos en nuestras necesidades; la luz, el amor, la unión a la que lleva a los suyos para convertirlos en sus apóstoles; las bendiciones que El derrama sobre nuestras familias, nuestros trabajos, nuestras vidas, cuando somos devotos de su Sacratísimo Corazón.
Si somos tinieblas, El e nuestra luz, si estamos llenos de inquietud, de temor, de dudas y d tristeza, El es nuestra paz, nuestra seguridad, nuestra certeza y nuestra alegría. Muchas veces nuestra misma indigencia, nuestras necesidades de alma y cuerpo, nuestra debilidad, nuestras pobrezas, nuestras miserias, son acicates poderosos para buscar remedio a tanta indigencia en la plenitud de vida, luz y amor de su Sacratísimo Corazón.
Si somos ingratos, infieles e inconstantes, El es nuestro sostén y nuestra ayuda constante. Si somos soberbios, arrogantes, impetuosos y llenos de ira, El nos enseña a ser mansos y humildes de corazón.
Cristo Resucitado es la fuente de la nueva vida, la verdadera vida, la de Jesús Resucitado que gano también para nosotros muriendo en una cruz.
El nos regenero el Calvario. Curo las heridas que nosotros mismos hemos hecho a nuestra alma con nuestros pecados y nos lleno de su vida, de su vida divina que nos alcanzo muriendo por nosotros en la Cruz y que quiso hacer visible a nuestros ojos dejando que de su Corazón traspasado brotaran sangre y agua, las ultimas gotas de su sangre derramada totalmente para pagar nuestras culpas y la nueva vida que vino a regalarnos, la de Hijos de Dios, que lleno a Maria, que se extendió a los apóstoles y los primeros cristianos, que fue llegando al mundo pagano y hoy llena la tierra.
Su mayor deseo es recogernos a todos para llevarnos al Padre, vernos descansar en su pecho como hijos amorosos que se abandonan totalmente a los cuidados de su providencia. Llenarnos de su Santo Espíritu par llevarnos a Dios.
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es como una mina que se extiende por toda la tierra, pero muchos solo recogen las pepitas de oro que están mas a la vista: La Comunión de Viernes Primero, tener en su casa una imagen del Sagrado Corazón, la consagración de las familias, el ofrecimiento de obras que se hace cada día al Sagrado Corazón.
CONSAGRACIÓN
El acto fundamental de la devoción al Sagrado Corazón es la Consagración: "Cuida tu de mi honra y de mis cosas, y Yo cuidare de ti y de las tuyas". A dicho el Señor. Un pacto como el que le enseño Jesús a vivir a Santa Margarita. Pero para que Jesús pueda cuidar bien de ti y de tus cosas necesita primero que tu pongas en sus manos todo lo tuyo. Tu alma, tus virtudes, tu cielo, tu salud, tu vida. Todos los tuyos con todas sus necesidades, tus bienes, tus cosas, todo, para que El disponga como soberano. Y El se encargara de todo.
Después, en la segunda parte de este pacto, que tu cuides de su honor, de sus bienes, de sus intereses. Que todo lo que haces, lo que sufres, tus trabajos de cada día, tus buenas obras, todo, lo hagas con la intención de que Reine, de que sea conocido y amado y se extienda en la tierra el reinado de su Corazón.
Así pues, la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús tiene dos aspectos: Poner en sus manos todo lo nuestro y hacerlo todo por su amor.
Dos oficios principales tuve en mi vida: Fui Apóstol que funde el Reino de Dios y fui victima que expía los pecados de los hombres. Con esta devoción al Sagrado Corazón, quiero hacer de cada hombre una copia exacta mía. "Un pequeño redentor".
Como dije, debes ofrecerme todo sin excluir absolutamente nada, pues, solo me excluyen algo las personas que se fían poco de Mí. Tu salvación eterna, grado de gloria en el cielo, progreso en virtud, defectos, pasiones, miserias, todo.
¿Pero como puedo yo atreverme a amar a Dios, si estoy lleno de miserias y pecados?.
Dios no busca en nosotros cualidades que no tenemos. Dios es en si mismo plenitud infinita que no necesita de nada, que no busca cualidades, sino que las da. Que no necesita mas que un vació que llenar. ¿No es el amor a Dios el primero y principal mandamiento?. Somos pobres, miserables y machados, pero capaces de amar.
Precisamente esas miserias y pecados deben ser un estimulo para buscar a Dios, tenemos que alcanzar lo que no tenemos. Buscar al Dios Misericordioso que puede apiadarse de nosotros y tomar nuestras miserias y curarlas tiernamente. Dios no nos ama porque somos buenos, nos ama así, como somos y quiere obligarnos a que lo amemos. Precisamente lo que Dios nos pide, lo que Dios nos exige, lo que vino a hacer en la tierra en medio de dolores y miserias fue comprarnos para que seamos buenos y limpios y puros y santos y felices y dignos de El y de nuestro Padre Celestial. Y después de hablarnos de amor y vivir y morir de amor y dolor, se quedo en la Eucaristía para decir a cada alma: dame de beber, tengo sed de tu amor.
Dos cosas hace el amor: Procura a quien se ama todo el bien de que carece y librarle del mal que sobre el pesa.
El único sacrificio que abrió os cielos es el de Jesús. Y el único que puede librarnos de nuestros males es Jesús. Todos lo sufrimientos nuestros los sufrió El primero porque nos ama, y todos los sufrimientos que se le ofrecen los toma como suyos y así los ofrece al Padre Celestial. Pero los sufrimientos internos de su Sagrado Corazón que son tan suyos, también pueden ser nuestros porque El los comunica de su alma al alma feliz que los recibe.
Siempre que suceda algo penoso, aflictivo, injurioso, acepta lo que te mande el Sagrado Corazón de Jesucristo par unirte mas a Si. Y únete a las plegarias que el Divino Salvador profiere en lugar nuestro desde el sacrificio del Altar. Ofréceme y ofrécete en unión mía en reparación de las ofensas que me prodigan los míos.
Si, hijo mió, puede una injuria borrarse dando una satisfacción. Y cuantas podrías tu darme no solo por tus pecados sino por los infinitos que cada día se cometen. Las mismas oraciones, sacrificios, obras de cada día, sirven de reparación si con esa intención se ofrecen.
La virtud, la perfección tiene dos aspectos, el de ser bien tuyo y el de ser bien mió, tu debes procurarla con empeño, mas con paz, por ser bien mió, pues lo tuyo en cuanto tuyo ya quedamos que debes remitirlo a mi cuidado. Además debes tener en cuenta que si te entregas a mi, la obra de tu perfección mas que tu la haré Yo.
Hay personas que no pecan gravemente y que sin embargo siempre están interiormente de luto. Esto pasa porque buscan más su gloria que la mía. Haz lo que bien puedas según la humana flaqueza y lo demás abandónalo a mí. El cielo es un jardín completísimo, y así debe contener toda variedad de plantas, no todo han de ser cipreses, azucenas y claveles, también ha de haber tomillo, ofrécete para ocupar ese lugar.
Yo quiero también encargarme de tu salud y de tu vida y por eso tienes que ponerla también en mis manos. Yo se lo que te conviene, tu no lo sabes, Toma los medios que puedas para conservar o recuperar la salud y lo demás remítelo a mi cuidado. De mi vendrá la enfermedad y el remedio.
Todo pues has de entregármelo con entera confianza. No quiere decir esto que caigas en una especie de determismo inoperante, en todas tus cosas has tu todo lo que este de tu parte como si todo el éxito dependiera solo de ti, pero luego el resultado déjamelo a Mí. Familia, toda entera, bienes materiales, bienes espirituales, para que Yo los administre como me parezca bien, y aunque no debes hacerlo con miras interesadas, ya veras como a pesar de que en ocasiones sueltas pondré a prueba tu confianza haciendo que salgan mal, sin embargo, tus asuntos han de caminar mejor, tanto mejor cuanto tu tomes mas interés por los míos.
Cuanto mas pienses tu en Mi, mas pensare Yo en ti, cuanto mas te preocupes de mi gloria, mas me preocupare de la tuya, cuanto mas trabajes por mis asuntos, mas trabajare por los tuyos.
SEGUNDA PARTE DE LA CONSAGRACIÓN
Con esto hemos llegado a la segunda parte de este pacto, en que consiste la consagración al Sagrado Corazón de Jesús: Cuida tú de mi honra y de mis cosas. Esta es la parte para ti mas importante, porque en rigor es la propiamente tuya. La anterior era la Mía, si en ella te pedí aquella entrega de todo, fue para tener las manos libres para cumplir la parte del convenio que me toca, mas la tuya en la que debes poner toda la decisión de tu alma es la presente: El cuidado de mis santos intereses.
Quiero establecer muy hondo el reinado de mi Amor en todos los corazones, por el cual mi amor de hecho mande, gobierne e impere establemente en las almas y ya te he dicho que el único medio para lograrlo es la consumada transformación de mis sacerdotes en Mí, para establecer el Reinado del Espíritu Santo en el mundo.
Quieres que todos tus sacerdotes alcancen la consumación de su transformación en Ti. La identificación plena de su voluntad con la tuya, que es la misma del Padre. Que toda su vida sea un continuo acto de amor al Padre como fue la tuya. Que te ofrezcan y se ofrezcan en cada momento. En todos sus actos ministeriales y sobretodo en la Misa.
El CORAZON DE JESUS MORADA DEL ESPIRITU
El Corazón de Cristo la morada del Espíritu pero para ser ahí encontrado."No quiero que la devoción a Mi, a mi Sagrado Corazón, se quede en mi humanidad, quiero que sirva de escala para subir a mi divinidad: para ir al Espíritu Santo quien lo creo, formo y enriqueció; puso en el todos los encantos de su amor, los dolores internos de mi Corazón, el modo de sufrir la expiación universal".
Jesús posee el Espíritu y lo da sin medida al pueblo de Dios.:" ¿Sabes, hijita, (se trata de la señora Concepción Cabrera de Armida, hoy sierva de Dios) en donde es mi nido?. En el Corazón de tu Jesús. Cualquiera que entre ahí, tendrá conmigo comunicación. “El que me quiera encontrar que suba por la Cruz y por Jesús y me hallara". La presencia del Espíritu Santo en Cristo es constante, no intermitente. “Vivo dentro de tu Jesús". Soy el Espíritu de tu Jesús.
El Espíritu Santo quiere ser encontrado en Jesús. La persona concreta del Cristo histórico, es la fuente de donde fluyen ríos de agua viva. Las grandes promesas de la efusión del Espíritu se encuentran realizadas en Jesucristo. "Ríos de agua viva correrán de su seno".
Jesús es el portador del Espíritu -Geisttager-; el dador del Espíritu, el que lo da sin medida -Geistspender ; el que Bautiza con el Espíritu Santo -Geisttaufer- como se dice en lengua Alemana.
Jesús al enviar al Espíritu que del Padre y del Hijo procede consuma la obra de la revelación del Dios Trino y Uno que había venido a cumplir. Su muerte, resurrección, ascensión y glorificación a la derecha del Padre, es la fuente de la donación del Espíritu Santo.
La Cruz es ya el comienzo de la glorificación de Jesús. “Yo, Jesús merecí para darlo al mundo a este Santo Espíritu. Me costo en cuento hombre el valor inapreciable de mis dolores. Es el Espíritu Santo para el hombre, el fruto de mi oración, de mi ardiente plegaria. La mayor de mis ternuras a favor del mundo y sobretodo de mis sacerdotes. Ofrecí enviarlo y lo hice, teniendo en mi Iglesia el primer puesto en todos sus actos, sacramentos y acción infalible. La Cruz rompió el dique o fortaleza que el pecado había interpuesto entre el Espíritu Santo y las almas. El Espíritu Santo que El envío después de su Ascensión a los cielos, vino a confirmar a la Iglesia y las enseñanzas y doctrina que Cristo había establecido en sus Apóstoles, y además todos los Misterios, todos los Sacramentos, dándoles a estos vida.
VIRTUDES DIVINAS
El Corazón de Jesús es un abismo de virtudes pero de virtudes divinas. Por la Unión Hipostática de su naturaleza humana y su naturaleza divina todos sus actos son del Verbo. Por la gracia que el recibió como nosotros es un océano inmenso de gracia y de verdad. Por su gracia Capital, por ser cabeza de su Iglesia, de su plenitud recibimos todos.
Por la gracia de la Unión el Corazón de Jesús posee esas virtudes “ejemplares” que son el ser mismo de Dios. Por la gracia, las virtudes del Corazón de Jesús son las más semejantes a esas virtudes ejemplares de Dios, como las virtudes perfectas de los santos, pero con un heroísmo, con una perfección, con un matiz divino que no acierta a expresar nuestro lenguaje, a concebir nuestra inteligencia. La tercera pureza, la que tiene como cabeza de la Iglesia irradia en las almas y se difunde en ellas purificándolas, hermoseándolas y divinizándolas.
Cada gracia que El nos da estuvo antes en el Corazón de Jesús. Es un nuevo vínculo que nos une con El. De ninguna otra parte puede venirnos la gracia, pero si fuera posible, ¿no preferiríamos que nos viniera de El?. En todos sus dones El nos hace el Don de Si mismo. Cada gracia envuelve el Don de Jesús. Al comunicarnos pureza, nos da su propia pureza, como al retratarse una cosa en un espejo, hay en el espejo, en cierto modo, la misma cosa.
Sin duda que esta participación de la pureza misma de Jesús se realiza más perfectamente en la unión transformante. Revestida con la pureza de Jesús, yo no tengo pureza propia pero estoy inyectada con la pureza de Jesús, así me mira el Padre, así me ven las almas. Esta pureza de Jesús que a las almas reviste las une entre si y hace de todas ellas una sola cosa con Cristo.
Que bella es la Iglesia “toda pura y hermosa”, ataviada con la pureza de Jesús cuyo centro es el Corazón divino que esparce la pureza en todo el Cuerpo Místico, de El desciende el influjo vivificante que difunde en sus miembros. Dondequiera que se produce pureza, allí esta la mano de Jesús. El Verbo de Dios tomo como instrumento para la producción de la gracia a la humanidad sacratísima de Jesús. Jesús purifica amando y purifica sufriendo. La causa meritoria de la gracia es la pasión redentora de Jesús. Y la Iglesia la dispensadora de esa salvación.
El Bautismo es el primer abrazo de Dios al alma. La dulce posesión que toma de ella el Amor Eterno, y tiene el encanto de la esperanza, de que de aquella semilla se forme un árbol, la vida cristiana toda. La Confirmación la lleva a su plenitud y la Comunión la alimenta, mientras llega el momento en que a de alimentarse en el cielo con la Divinidad beatificante en su divina desnudez.
La acción de Dios en el alma es profunda, llega hasta esos secretos senos del alma a los que nadie fuera de El puede llegar. “Renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud”, dice David. Esta renovación hondísima se produce en todas las conversiones, como también en la primera efusión de la gracia que reciben las almas en el día de su Bautismo.
La Gracia santificante es la divinización profunda del alma, la participación de la naturaleza divina que el Espíritu Santo infunde en las intimidades de la esencia del alma. Dios penetra hasta la esencia del alma e infunde allí esa “nueva criatura” que purifica y renueva nuestro ser desde sus hondas raíces y pone en aquellas profundidades un germen divino, la Semilla de Dios y de esa semilla fecunda brotan las virtudes y dones que divinizan todas las facultades del alma.
La Gracia santificante con su cortejo de virtudes y de dones, todos limpian y divinizan la esencia como las facultades del alma para que aparezca a los ojos de Dios ataviada con la espléndida vestidura nupcial que atrae las miradas y el corazón del esposo. Cada virtud blanquea y abrillanta con el inefable reflejo de Dios una porción del alma, y todas las virtudes juntas con la gracia santificante que es la raíz de ellas forman una limpieza y hermosura celestial.
El amor es perfecto cuando carece de todo egoísmo, de todo lo que no es amor, cuando su principio es mas divino, divina su causa, divino su fin y divina su esencia. El dolor es perfecto cuando es puro el amor que lo alienta, el motivo que lo causa y la perfección con que se sufre. Y así las demás virtudes, cada virtud es tanto mas perfecta cuanto mas pura es, esto es, cuanto mas divina. Y tiene que ser así porque las virtudes en la proporción en que se perfeccionan se acercan a Dios y Dios es pureza, pues dijo San Juan: Diosa es Luz.
Y como el Espíritu Santo es la fuente de la pureza, cuanto mas directamente influye el Espíritu Santo en una virtud, esta es mas pura –divina- y por esto todas las virtudes que han alcanzado la cumbre de la pureza, que son aquellas que el Espíritu Santo eleva por sus dones, las virtudes espirituales perfectas totalmente producidas bajo el influjo de los Dones. Con estas virtudes se forma Jesús en las almas transformadas.
Todo el que nació de Dios no comete el pecado porque la semilla de Dios permanece en el. Así en el alma purificada, cada porción de ella tiene su divino reflejo, como en un cuadro cada porción de el tiene su luz y su colorido, pero todos los reflejos componen una sola pureza y expresan la Imagen inefable de Jesús.
En el dolor de Jesús todo es amor divino. El manantial único de sus dolores es el amor. En Jesús el único que inmola es el amor. Es un amor sacerdotal. Si fin es divino, la gloria del Padre, el bien de las almas. Y así el fruto de ese dolor es también divino: La pureza de las almas que como limpios espejos reflejan la Gloria de Dios.
Y ese dolor en si mismo es divino, es la traducción terrena del odio infinito que tiene Dios al pecado. Ese odio divino, reflejándose en el Corazón divino y humano de Jesús se convierte en un dolor inenarrable. - La gloria de Dios impedida. - La Vergüenza de llevar El nuestros pecados. - El mal de las almas.- Las que a pesar de su pasión se habrán de condenar.- Las que impiden la obra del Espíritu Santo.- La ingratitud de los suyos.
El dolor de Jesús es intenso, cruel, irresistible. Es un amor glorificante y redentor. Me ama mucho, si sufre tanto por mí. Sus únicos males son los nuestros, y así, su amor se convierte en expiación y redención. Su principio es el amor. Su esencia es el sacrificio. Su fruto la pureza.
Es puro por su principio porque solo el amor lo causó. Purísimo por su fruto que es la pureza de las almas y la gloria de Dios. Purísimo también en si mismo porque no admite alivio ni consuelo. Purísimo como lo que es infinito y todo aquello en lo que el infinito se refleja, aunque sea el dolor.
La pureza es Dios mismo, o su reflejo en las criaturas. En Cristo Jesús hay las dos purezas: Es Dios mismo, la blancura de la luz eterna y en cuanto hombre es el más perfecto y esplendido reflejo de la gloria de Dios, el espejo sin mancha de su majestad, la imagen de su bondad.
Y esa pureza de Jesús es fuente de toda pureza, puesto que de su plenitud recibimos todos. No es una pureza para contemplarse y ya, es una pureza que nos penetra, que se nos comunica, que se nos participa, que nos hace bellos aunque tuviéramos todas las manchas y todas las fealdades de la tierra. La lava con su sangre, la alimenta con su cuerpo, la vivifica con su Espíritu.
El alma que la contempla, que vive en ella, se baña con los raudales de su pureza celestial y se pone pura, bella, esplendida, divina, como la nubecilla que al recibir la luz del sol se vuelve luminosa, esplendida con los reflejos de esa luz.
El amor sacerdotal de Jesús, El sacrificio que nace del amor y tiene como fruto la pureza. Es el don de las almas sacerdotales. Solo el sacrificio detiene al infierno. Si mil veces si, con oración y sacrificio. No reconoce más diferencias que las de Jesús, a los sacerdotes, a los pequeños, a los necesitados. Esta dispuesto a todos los sacrificios. Prefiere los más dolorosos. Es oportuno: cada instante hace la obra de aquel instante, La marcada por la santísima Voluntad de Dios.
Todo pues has de entregármelo con entera confianza. No quiere decir esto que caigas en una especie de determinismo inoperante, en todas tus cosas has tu todo lo que este de tu parte como si todo el éxito dependiera solo de ti, pero luego el resultado déjamelo a Mí. Familia, toda entera, bienes materiales, bienes espirituales, para que Yo los administre como me parezca bien, y aunque no debes hacerlo con miras interesadas, ya veras como a pesar de que en ocasiones sueltas pondré a prueba tu confianza haciendo que salgan mal, sin embargo, tus asuntos han de caminar mejor, tanto mejor cuanto tu tomes mas interés por los míos. Cuanto mas pienses tu en Mi, mas pensare Yo en ti, cuanto mas te preocupes de mi gloria, mas me preocupare de la tuya, cuanto mas trabajes por mis asuntos, mas trabajare por los tuyos.
AMOR EXPIATORIO
El amor contiene en si mismo la aversión a lo que séle opone. Por eso Dios que se ama a si mismo infinitamente y ama infinitamente a las almas, odia infinitamente el pecado que impide la gloria de Dios y es un mal inmenso para las almas.
En Jesús, el dolor se convierte en remedio según el mal que este causa. Si el pecado es un obstáculo para el amor, el amor doloroso de Jesús lo convierte en purificación. Si es carencia del Bien Infinito, lo convierte en Unión. Y cuando ha llegado a su perfección, todo el mal del amante es el mal del amado, por eso, se convierte en expiación, en redención.
La Encarnación une a María a la gracia de Jesús. Asociada al dolor de Jesús, el dolor de Jesús y de María forman un dolor único, que broto de un amor único y produjo como fruto precioso la única pureza que en las almas se difunde. Y porque la redención la socia a su dolor, su carácter de medianera la hace participe de la gloria y fecundidad de Jesús como cabeza de la Iglesia y padre de la humanidad regenerada.
UN solo sacrificio que se eleva hasta Dios. Una sola llama en que arden los dos corazones. Dos vidas formado una sola sinfonía divina que sin confundirse forman el himno mas bello a la gloria de Dios. Una sola pureza que broto del amor redentor de Jesús asociado a María.
Por el Bautismo todo cristiano recibe una efusión especial del Espíritu Santo que le comunica una vida nueva, la vida sobrenatural. Se ha incorporado a Jesús, convirtiéndose en miembro de su Cuerpo Místico y se ha consagrado y dedicado al Padre celestial. De manera que pudiera decirse que la vida cristiana es una consagración al Padre, una unión con Jesús, una efusión del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo penetra hasta la esencia del alma e infunde allí esa “nueva criatura” que purifica y renueva nuestro ser y pone en aquellas rofundidades un germen divino: La Gracia Santificante con su cortejo de virtudes y de Dones que limpian y divinizan la esencia como las facultades del alma.
Cada virtud blanquea y abrillanta, con el inefable reflejo de Dios, una porción del alma. Así en el alma purificada cada porción de ella tiene su divino reflejo, pero todos los reflejos componen una sola pureza y expresan la Imagen inefable de Jesús. Pero esta unión y esta efusión propias de la vida cristiana difieren de la consagración, de la unión y de la efusión propias de la vida sacerdotal.
EL CORAZON DE CRISTO Y LA CRUZ
Presencia de Cristo en la Cruz del Apostolado por medio de su Corazón:
En esa Cruz esta el Corazón más amante y más doloroso, Yo no me presento, pero dejo ahí todo mi amor, todo mi dolor, ambos infinitos representados en mi Corazón fuente de todo bien, de toda Luz, gracia y misericordia. El Amor y la Misericordia de Dios aparecen en la Cruz, sobretodo porque por medio de su pasión, muerte y resurrección, Cristo nos ha liberado del pecado. "En el centro de la Cruz, se ve un corazón pero no pintado, sino vivo... palpitante... de carne pero como glorificado, que trasciende virtud, calor, vida. Jesús dentro de la Cruz dando vida a esta misma cruz, porque El no puede separarse ni de su Corazón ni de su Cruz.
Podríamos caer en la tentación de ir inmediatamente a nuestra propia cruz, pero no debe ser así, se trata primera y muy principalmente del Amor y la Misericordia con que El vivió el acontecimiento histórico de la Cruz, del amor y la misericordia que penetran y envuelven la pasión y muerte Redentora de Cristo.
La donación de su vida era, para Cristo, la manifestación que correspondía mas perfectamente a la intensidad de su amor y de su celo por la gloria de Dios. Pero al mismo tiempo, la pasión y muerte de Cristo, muerte Sacrificial, asumida voluntariamente, es un acto de amor y religión interior de donde saca su valor redentor la pasión y muerte de Cristo. Su grande y profundo Dolor y su infinito Amor a Dios Padre y al hombre con la cual fueron aceptadas y sufridas la pasión y muerte de Cristo.
" Un amor que sacio mi sed de glorificar al Padre ofreciéndole mi Corazón triturado y mi vida de calvario, un amor que al morir, no pude llevármelo, pero lo deje en la tierra en los Altares, con la renovación incruenta de mi pasión y muerte de cruz, y en las almas como extensión de mi mismo Sacrificio, para que continuaran ellos en Mi, y en mi unión, ofreciéndose conmigo al Padre, gozosas de ofrecerme y de ofrecerse crucificadas, honrando a mi Padre con ese perfume de la Cruz en todas sus formas ".
Ahora si podemos ya pasar a las aplicaciones personales: El dolor, o sea la cruz divinizada por el Hijo, es el solo y único escalón para subir al amor de caridad. Desde el instante en que Jesús al hacerse hombre lo unió a su persona, el dolor tiene mérito, o es meritorio, es un incienso constante que se alza d la tierra al cielo aplacando la Justicia de Dios.
Al dolor y al sufrimiento humano, Cristo responde divinizando ese dolor y convirtiéndolo en un medio para subir al gozo del amor. Si el pecado fue un NO del hombre, la salvación es un SI incondicional de obediencia en el amor, en la confianza absoluta, en el abandono, en el don total.
La compasión del Verbo Encarnado se refiere a los males, dolores, necesidades, fracasos que golpean al hombre. Pero más que a cualquier otro, al pecado que le ha dañado tanto. “Todos los dolores de las almas los sufrí Yo primero, y aun los de los cuerpos, en cierto sentido, porque son miembros míos muy queridos, a quienes amo y quise endulzar sus dolores con mi contacto divino-humano".
Cristo al unificar el amor del hombre con el Suyo, realiza la promesa de la Nueva Alianza "Cambiando el Corazón del hombre en un Corazón conforme a Dios". “El alma que lleva la Cruz, lleva con ella el Espíritu Santo con sus frutos y también mi Corazón de un Dios-Hombre; es decir de la Misericordia y del Amor"
Nunca la Cruz esta sola y es inseparable del corazón de un Dios-Hombre, es decir de la misericordia y del amor. El no puede separarse ni de su Corazón, ni de su Cruz. “El alma que lleva la cruz, lleva con ella el Espíritu Santo con sus frutos y también mi Corazón, inseparable de la Cruz y de el Espíritu Santo. Un Corazón vivo, glorificado, que trasciende virtud, calor y vida. Todo mi amor, todo mi dolor, ambos infinitos, representados en mi Corazón”.
La mirada del Padre a todos aquellos que son verdaderas "cruces vivas" tiene una profunda base teológica: El Padre ve y ama al hombre en su Hijo, el Verbo Encarnado en quien se encuentran incluidos.
La " inclusión dinámica " del hombre en la humanidad singular de Cristo asumida por el Verbo, se lleva a cabo de dos maneras distintas pero relacionadas entre si: En un primer momento, la humanidad entera tiende a Cristo en quien encuentra su suprema realización; en un segundo momento, el hombre tiende de una manera personal a Cristo con los actos y las acciones propias de la vida de la gracia. En esta forma dinámica la Vida de la gracia es la que nos enraíza ya como personas en Cristo.
“El Verbo, hija, toda la Trinidad, además de amar al hombre por ser hechura de sus manos, lo ama MAS por se Yo hombre, y si Yo no hubiera existido, quizá el hombre tampoco hubiera existido". Yo aun como hombre era eterno en el entendimiento divino, y ahí me amaba, y en Mi se recreaba, teniendo sus complacencias la Trinidad. Por este amo a una humanidad santa que había de venir a su tiempo a glorificarlo como con doble titulo. El de Dios y el de Hombre, por este amor Divino-Humano, digo, creo al hombre a mi imagen mortal y a la imagen de la Trinidad en su alma.
Si quiso mi Padre que viniera Yo al mundo, fue para la extensión de su mismo Hijo en las almas, para agregar, diré, al Hijo y para gloria de la Trinidad, a la humanidad salvada por medio del parecido con su Hijo único, pero, sobretodo, en las almas de sus sacerdotes que mas que ningunas tienen el deber de reflejar al Hijo para gloria del Padre.
EL CORAZÓN DE JESÚS EN LA CRUZ DEL APOSTOLADO
Al presentar hoy al mundo la Cruz, quiero indicarles que nunca la Cruz esta sola, y que es inseparable del Corazón de un Dios-hombre, es decir de la Misericordia y del Amor.
La Cruz grande es la cruz nuestra que Jesús hace suya. La Cruz pequeña es la propia y exclusiva de Cristo.. " La cruz que traspasa mi Corazón simboliza la cruz interior que tuve desde el primer instante de Encarnación en el seno de mi Madre ". Ambas cruces son preciosas y la exterior, atraerá a las almas a la interior.
La Cruz grande esta destinada a vincular por medio de la fe y los sacramentos, al hombre de todos los tiempos, con el acontecimiento que es el centro de la Historia humana: La muerte de Cristo en el Calvario. El plan eterno de salvación para el hombre, querido por el Padre y realizado por Cristo y el Espíritu Santo: Salvar al hombre en Cristo, con la presencia operante del Espíritu, ante el cual el hombre es invitado a acoger con libertad y responsabilidad la muerte salvadora del Hijo de dios Encarnado.
La acción del Espíritu impulsa a actuar de conformidad con el pensamiento de Cristo y en unión con El. El Espíritu presupone - y colabora para ello - que el discípulo se ha hecho un hombre nuevo por la fe en Jesús, por la escucha de su palabra, por el Bautismo y la Eucaristía vive la realidad de Dios, y en consecuencia, se compromete por Jesús mediante su vida.
Toda la virtud que mana de la Cruz, viene de su referencia al acto histórico del Calvario, y se participa de ella con el ofrecimiento de las propia penas, que unidas a Cristo, se injertan en esta dinámica de salvación. "La crucifixión de mi Padre, la directa de El a Mi, la de mas mérito fue la del Amor ". "Ese dolor interno de mi Corazón fue la gloria del Padre en el martirio del Hijo, pero martirio que lo enaltecía, lo sublimaba, lo coronaba, lo hacia acreedor a las caricias del Padre todo caridad para con su hijo amado y para con el hombre”.
La crucifixión exterior la permitió para rendir al mundo: Era preciso mi inmolación visible, mostrar al mundo la gloria del Padre por medio de mis humillaciones y dolores externos. Pero salvo al mundo mas que nada, y glorifico al Padre mas que nada, y compro raudales de gracia, mas que nada, mi pasión interna.
Lo que agrado al Padre en el momento de la cruz, es la belleza interior del alma de Cristo, los sentimientos con que fue abrazada en medio de crueles tormentos y el odio de los hombres, la sed de Cristo de ofrecer por nosotros una satisfacción congruente con el castigo que merecía nuestra conducta, los pecados de todos y de cada uno e nosotros por los cuales quería padecer sobreabundantemente para expiarlos totalmente, no porque una sola gota de su sangre no hubiera bastado para borrar mil crímenes.
Y desde entonces, nada honra tanto al Padre como el amor doloroso, el dolor amoroso aceptado y desnudo de todo interés; que lo glorifica por ser el mismo dolor Salvador de Jesús. El que el Padre puso en el Corazón de su hijo divino, cuando este se ofreció por el Espíritu Santo a su voluntad para la salvación del mundo.
SU MISERICORDIA
! Cuanto le debemos al mundo los que debíamos haberle dado a Cristo y no se lo hemos dado!. Cuántos habrán dejado de creer porque no hemos dado un testimonio que convenza?.
El sacerdote perdona, bendice, consagra, da a Cristo porque es Cristo por su ministro sacerdotal que perdona a los que no aman, a los que no creen, a los que no quieren saber de Él, pero ayuda a creer, a amar a buscar, a encontrar a Dios.
Si nosotros queremos vivir con El Resucitado como resucitados vivamos en gracia, vivamos con alegría, vivamos con Fe y eso transmitiremos en nuestro entorno.
La Fe es un regalo de Dios, pero tenemos que corresponder, hay que secundarla. Todos los días nos debemos preocupar de conocerlo, de conocer su voluntad, de abrazarla, de pedirle que nos ayude a cumplirla.
No tengas miedo al pleno compromiso, a vivir el Evangelio, a anunciar el amor de Dios a todos. Dios salva, Dios da la vida eterna. Para eso nos creó desde el principio. Pero toma en cuenta nuestra libertad, nos ofrece la vida eterna, pero no sin nuestro conocimiento, no sin nuestra libertad, no sin nuestra respuesta, no sin nuestra entrega.
Que Yo sea santo, esa es la voluntad de Dios, pero para cumplirla se necesita la justicia, el verdadero amor, que no se corrompa el amor, que se viva la verdad de Dios, nuestra libertad, nuestra entrega, celo por salvarnos y por salvar a todos, padre, madre, hermanos... amigos... enemigos ... creyentes.... no creyentes.... todos.
Jesus en ti confio
LA MISERICORDIA DIVINA
Un amor que en contacto con el mal y en particular con el pecado del hombre, se manifiesta como Misericordia
Su fundamento es el Amor del Padre que esta dispuesto a perdonarnos a pesar de todas las dificultades.
Su autor: El Espíritu Santo, en quien la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don.
Su medio es el misterio salvifico: La muerte y resurrección de Cristo como inefable expansión de la Comunión del Padre del Hijo y del Espíritu Santo.
CREER EN LA MISERICORDIA
La Misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito, es también infinita.
Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad, especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo.
La bendita vergüenza de la confesión
El papa Francisco inició su homilía del 29/04/13 con una reflexión sobre la primera carta de San Juan (1, 5-2, 2), en la que el apóstol «se dirige a los primeros cristianos, y lo hace con sencillez: "Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna". Pero "si decimos que estamos en comunión con Él y andamos en tinieblas, somos mentirosos y no practicamos la verdad". Y a Dios se le debe adorar en espíritu y en verdad».
"¿Qué quiere decir --preguntó el papa--, caminar en la oscuridad? Porque todos tenemos oscuridad en nuestras vidas, incluso momentos en los que todo, incluso en la propia conciencia, es oscuro, ¿no? Caminar en la oscuridad significa estar satisfecho consigo mismo. Estar convencidos de no necesitar salvación. ¡Esas son las tinieblas!".
"Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros". Miren sus pecados, nuestros pecados: todos somos pecadores, todos. Este es el punto de partida".
"Si confesamos nuestros pecados --dijo el papa--, Él es fiel, es justo tanto para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Sí, hace justicia primero a sí mismo, porque Él ha venido a salvar, y cuando nos perdona hace justicia a sí mismo. «Soy tu salvador» y nos acoge".
Lo hace en el espíritu del Salmo 102: "Como un padre es tierno con sus hijos, así es el Señor, y tierno con los que le temen", con los que vienen a Él. La ternura del Señor. Siempre nos entiende, pero no nos deja hablar: Él lo sabe todo. «No te preocupes, vete en paz», la paz que sólo Él da".
Esto es lo que "sucede en el sacramento de la reconciliación. Tantas veces --dijo el papa--, pensamos que ir a la confesión es como ir a la lavandería. Pero Jesús en el confesionario no es una lavandería".
La confesión «es un encuentro con Jesús que nos espera como somos. "Pero, Señor, mira, yo soy así". Estamos avergonzados de decir la verdad: hice esto, pensé en aquello. Pero la vergüenza es una verdadera virtud cristiana, e incluso humana. La capacidad de avergonzarse: no sé si en italiano se dice así, pero en nuestra tierra a los que no pueden avergonzarse le dicen "sinvergüenza". Este es uno sin "vergüenza", porque no tiene la capacidad de avergonzarse. Y avergonzarse es una virtud del humilde».
VIVIR EN LA MISERICORDIA
Ver siempre a Dios como Padre de Misericordia, quienes lo ven así, no pueden vivir sino convirtiéndose constantemente a El. Viven “In statu conversionis”, en una constante conversión interior, no sólo como acto momentáneo, sino también como disposición estable, como estado de ánimo.
LA CONFIANZA
La confianza es hija de la humildad y del amor. Es como una combinación de las virtudes de la Esperanza y la Caridad.
Por eso la humildad y la confianza se hermana y se complementan la humildad nos pone en nuestro lugar, abajo, nos hace desconfiar de nosotros mismos.
El fariseo decía gracias Señor porque no soy como los demás. El publicano Señor ten misericordia de mi, que soy un pecador, y este volvió justificado.
La base de nuestra confianza no esta en nosotros sino en Dios. La bondad de Dios que es infinita, su bondad que no tiene limites, su amor que no sufre menoscabo. Que mas da que yo sea quien que fuere, si Dios es siempre el mismo. !Dios nos libre de que su amor, su bondad, su misericordia dependieran de nuestra inconstancia y de nuestra fragilidad!. La razón de su Ser, su Amor, su bondad no esta fuera de El sino en El y solo en El:Su Ser es "a se" dicen los teólogos.
La confianza nos eleva, nos hace apoyarnos en Dios. !Jesús EN TI confío!. Por consiguiente, que yo sea ingrato, pérfido, criminal, no debe disminuir ni una tilde la confianza que debemos tener en nuestro Señor, por la razón sencillisima de que nuestra confianza no se funda en nosotros sino en El.
LA CONFIANZA
La confianza es hija de la humildad y del amor. Es como una combinación de las virtudes de la Esperanza y la Caridad.
Por eso la humildad y la confianza se hermana y se complementan la humildad nos pone en nuestro lugar, abajo, nos hace desconfiar de nosotros mismos.
El fariseo decía gracias Señor porque no soy como los demás. El publicano Señor ten misericordia de mi, que soy un pecador, y este volvió justificado.
La base de nuestra confianza no esta en nosotros sino en Dios. La bondad de Dios que es infinita, su bondad que no tiene limites, su amor que no sufre menoscabo. Que mas da que yo sea quien que fuere, si Dios es siempre el mismo. !Dios nos libre de que su amor, su bondad, su misericordia dependieran de nuestra inconstancia y de nuestra fragilidad!. La razón de su Ser, su Amor, su bondad no esta fuera de El sino en El y solo en El:Su Ser es "a se" dicen los teólogos.
La confianza nos eleva, nos hace apoyarnos en Dios. !Jesús EN TI confío!. Por consiguiente, que yo sea ingrato, pérfido, criminal, no debe disminuir ni una tilde la confianza que debemos tener en nuestro Señor, por la razón sencillisima de que nuestra confianza no se funda en nosotros sino en El.
SER MISERICORDIOSO
La conversión consiste en descubrir su Misericordia, ver siempre a Dios como Padre de Misericordia. Y su fruto natural es también ser misericordioso, usar misericordia con los demás, con lo cual el que la da queda siempre más beneficiado. Se hace acreedor a la misericordia.
ALCANZAR MISERICORDIA
Si todas la Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña indican el camino de la conversión y del cambio de vida, la que se refiere a los misericordiosos es a este respecto particularmente elocuente.
El hombre alcanza el amor misericordioso de Dios, su Misericordia, en cuanto el mismo interiormente se transforma en el espíritu de tal amor hacia el prójimo.
Este proceso espiritual no es una transformación realizada una vez para siempre, sino que constituye todo un estilo de vida, una característica esencial y continua de la vida cristiana.
MEDIOS PARA ACRECENTARLA
Acercarnos a Cristo, detenernos en su Corazón que hace sensible y más accesible en el plano humano la revelación del Amor Misericordioso del Padre e imitarlo en sus obras. Ayudados por la meditación constante de la Palabra de Dios. Y sobre todo la participación consciente y madura en la Eucaristia y en el sacramento de la Penitencia.
LAS OBJECIONES:
PERSISTENCIA DEL MAL.
Solamente en su cumplimiento escatologico el amor vencerá en todos los elegidos las fuentes más profundas del mal, dando como fruto maduro el reino de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa cuando Dios “enjugará las lágrimas de nuestros ojos ; no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, porque las cosas de antes han pasado”.
El fundamento de tal cumplimiento escatologico esta encerrado ya en la cruz de Cristo, en su muerte y en su resurrección que corona la entera revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal.
En el cumplimiento escatologico la misericordia se revelara como amor, mientras que en la temporalidad, en la historia del hombre el amor debe revelarse y actuarse ante todo como Misericordia.
El Hijo de Dios ha experimentado en sí mismo, de manera radical la misericordia, es decir, el Amor del padre que es más fuerte que la muerte. Y es el Mismo Cristo el que al término de su mison mesiánica se revela como fuente inagotable de misericordia más fuerte que el pecado.
El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la Misericordia, su signo viviente: histórico, salvifico y a la vez escatologico.
UN ACTO UNILATERAL
Los juicios humanos consideran a la misericordia como un acto unilateral que presupone y mantiene “la distancia” entre el que usa misericordia y el que la recibe. Deriva de ahí la pretensión de liberar de la misericordia las relaciones interhumanas y sociales, y basarlas únicamente en la justicia.
La esencia de la justicia tiende por su naturaleza, no en aniquilar al enemigo, limitar su libertad y hasta imponer una dependencia total, sino a establecer la igualdad y la equiparación entre las partes en conflicto.
La auténtica misericordia es la más perfecta encarnación de la igualdad entre los hombres y también la fuente más profunda de la justicia.
El amor y la misericordia logran que los hombres se encuentren entre sí en ese valor que es el mismo hombre con la dignidad que le es propia.
“Este hijo mio, estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido y ha sido encontrado”.
INDULGENCIA CON EL MAL
Cristo subraya con tanta insistencia la necesidad de perdonar a los demás que a Pedro que le había preguntado cuántas veces tenía que perdonar, le indicó la cifra simbólica “setenta veces siete”, queriendo decir con ellos que debía saber perdonar a todos y siempre.
Es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las exigencias objetivas de la justicia. No significan indulgencia para con el mal, para con el escándalo, el ultraje, la injuria, que deben ser reparados, evitados, como condición del perdón.
La estructura fundamental de la justicia penetra siempre en el campo de la misericordia. Sin embargo tiene la fuerza para conferir a la justicia un contenido nuevo: El Amor de aquel que perdona y la dignidad de aquel que es perdonado, que no puede dejarse perder y cuya afirmación o cuyo reencuentro es fuente de la mas grande alegria.
EL PERDÓN
El perdón atestigua que en el mundo esta presente el amor más fuerte que el pecado. Precisamente en nombre de este misterio Cristo nos enseña a perdonar siempre a aquellos que son culpables de algo respecto a nosotros y también a usar misericordia acerca de nosotros mismos.
La conciencia de ser deudores unos de otros va pareja con la llamada a la solidaridad fraterna que San Pablo expresa en la invitación concisa “a soportarnos mutuamente con amor”
EL MUNDO
El mundo de los hombres puede hacerse ¨cada vez más humano¨, solamente si en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el momento del perdón tan esencial al Evangelio.
Por eso la Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales - en cada época de la historia y especialmente en la edad contemporánea - el de proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo Jesús, no sólo para la Iglesia en cuanto comunidad de creyentes, sino para todos los hombres, para quienes en cierto sentido también es la fuente de una vida diversa de la que el hombre, expuesto a las fuerzas prepotentes de la triple concupiscencia que obran en el, esta en condiciones de construir.
IMPLORAR LA MISERICORDIA
La Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir al Dios de la Misericordia implorandola frente a todas las manifestaciones del mal físico y moral, ante todas las amenazas que pesan sobre todo el horizonte de la vida de la humanidad contemporánea.
El hombre contemporáneo se interroga con frecuencia, con ansi profunda, sobre la solución de las terribles tensiones que se han acumulado sobre el mundo y no s e atreve a pronunciar la palabra “misericordia”, porque no encuentra su equivalente en su conciencia privada de todo contenido religioso. Y precisamente por eso se hace mas necesario que la Iglesia pronuncie esta palabra , no sólo en nombre propio, sino también en nombre de todos los hombres contemporáneos.
Es pues necesario que todo cuanto he dicho en este documento (Dives in misericordia), se transforme continuamente en una ferviente plegaria: Un grito que implore la misericordia, un grito que condense toda la verdad sobre la misericordia que se hallan en la Escritura, en la tradición y en la auténtica vida de fe de tantas generaciones del Pueblo de Dios. Con tal grito nos volvemos al Dios que no puede despreciar nada de lo que ha creado, que es fiel a sí mismo, a su paternidad y a su amor.
PROCLAMAR LA MISERICORDIA
En el Nombre de jesucristo crucificado y resucitado, elevemos nuestra voz y supliquemos que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que esta en el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la muerte.
Supliquemos por medio de aquella que no deja de proclamar “la misericordia de generación en generación”, y también de aquellos en quienes se han cumplido hasta el final las palabras del Sermón de la Montaña:
“ Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”.
En el Nombre Del Padre Universal que es fiel a sí mismo, a su paternidad y a su amor creamos en su Misericordia.
Junto con el Hijo muerto y resucitado Imploremos la Misericordia divina para todos.
Con la fuerza del Espíritu Santo proclamemos al Misericordia infinita de Dios a nuestros contemporáneos, con la intercesión de María, y de Juan Pablo II.
Que al llegar a los altares (quizá octubre 20 de este mismo año), inunde “su mundo contemporáneo” de la Misericordia de la que ha sido el pregonero en nuestros tiempos.
El papa Francisco ha escogido el domingo de la Divina Misericordia para entrar en la catedral de Roma: ¿qué es el domingo de la misericordia?
Toda enfermedad puede encontrar en la misericordia de Dios una ayuda eficaz. De hecho, su misericordia no se queda lejos: desea salir al encuentro de todas las pobrezas y liberar de tantas formas de esclavitud que afligen a nuestro mundo. Quiere llegar a las heridas de cada uno, para curarlas. Ser apóstoles de misericordia significa tocar y acariciar sus llagas, presentes también hoy en el cuerpo y en el alma de muchos hermanos y hermanas suyos. Al curar estas heridas, confesamos a Jesús, lo hacemos presente y vivo; permitimos a otros que toquen su misericordia y que lo reconozcan como «Señor y Dios»
El Evangelio de la misericordia, para anunciarlo y escribirlo en la vida, busca personas con el corazón paciente y abierto, “buenos samaritanos” que conocen la compasión y el silencio ante el misterio del hermano y de la hermana; pide siervos generosos y alegres que aman gratuitamente sin pretender nada a cambio.
En el Salmo responsorial se ha proclamado: «Su amor es para siempre» (117/118,2). Es verdad, la misericordia de Dios es eterna; no termina, no se agota, no se rinde ante la adversidad y no se cansa jamás. En este “para siempre” encontramos consuelo en los momentos de prueba y de debilidad, porque estamos seguros que Dios no nos abandona. Él permanece con nosotros para siempre. Le agradecemos su amor tan inmenso, que no podemos comprender. Pidamos la gracia de no cansarnos nunca de acudir a la misericordia del Padre y de llevarla al mundo; pidamos ser nosotros mismos misericordiosos, para difundir en todas partes la fuerza del Evangelio.
“El Evangelio de la misericordia continúa siendo un libro abierto, donde se siguen escribiendo los signos de los discípulos de Cristo, gestos concretos de amor, que son el mejor testimonio de la misericordia”.
El mensaje de la Divina Misericordia, legado de Juan Pablo II
La única fuente de esperanza para el hombre
Se ha celebrado en Roma el primer Congreso Apostólico Mundial sobre la Divina Misericordia, coincidiendo con el tercer aniversario de la muerte de Juan Pablo II.
áneamente, fieles -sobre todo los más jóvenes- de la diócesis de Roma han propagado este mensaje por las calles de la Ciudad Eterna
¿Es posible sintetizar en sólo dos palabras los 26 años de pontificado de Juan Pablo II, el tercero más largo de la Historia? A Benedicto XVI no le cabe duda alguna: Divina Misericordia. Así lo ilustró el Papa, el pasado 2 de abril, al recordar, en una solemne celebración eucarística, con la participación de unas 60 mil personas, el tercer aniversario del fallecimiento de Karol Wojtyla. Y para que este mensaje no se pierda con el pasar de los años, el Santo Padre ha apoyado con decisión la organización del primer Congreso Apostólico Mundial sobre la Divina Misericordia, que se ha celebrado en la Ciudad Eterna, los días del 2 al 6 de abril.
Recordando a Juan Pablo II, Benedicto XVI constató: «La misericordia de Dios, lo dijo él mismo, es una clave de lectura privilegiada de su pontificado. Él quería que el mensaje del amor misericordioso de Dios alcanzara a todos los hombres, y exhortaba a los fieles a ser sus testigos». Por este motivo, el anterior Papa elevó al honor de los altares a sor Faustina Kowalska (1905-1938), definida por su sucesor como «humilde religiosa convertida, por un misterioso designio divino, en la mensajera profética de la Divina Misericordia». Y añadió: «El Siervo de Dios Juan Pablo II había conocido y vivido personalmente las terribles tragedias del siglo XX, y se preguntó durante mucho tiempo qué podría detener al avance del mal. La respuesta sólo podía encontrarse en el amor de Dios. Sólo la Divina Misericordia, de hecho, es capaz de poner un límite al mal; sólo el amor omnipotente de Dios puede derrotar la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio».
En definitiva, si hubiera que sintetizar en una frase la vida de Karol Wojtyla, Benedicto XVI escogería ésta, del propio Juan Pablo II, en la última visita a su Polonia natal: «Fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre».
El triunfo de la Misericordia
El Congreso ha sido promovido por el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena, quien en la misa de clausura, en la basílica de San Pedro, expuso algunas de las conclusiones a las que se ha llegado en este encuentro sin precedentes. El cardenal recordó el mandato de ser testigos de Jesús misericordioso, que dejó a la Iglesia el Papa Karol Wojtyla: «Seamos todos testigos de la Misericordia según el mandato que el Siervo de Dios Papa, el amado Papa Juan Pablo II, ha dado a todos los fieles. Éste es el mandato que llevamos con nosotros de estas jornadas benditas, el de ser testigos, en nuestra vida cotidiana, de la Divina Misericordia»; algo, sin embargo, que sólo podremos hacer «si hemos experimentado nosotros mismos lo que es la misericordia».
El Presidente de este Congreso Mundial exhortó, además, a no dejarse llevar por ideas y anhelos demasiado terrenales, buscando un cristianismo victorioso en lo que se refiere a los poderes terrenales, ya sea en la política, en la economía, o en los medios de comunicación. «La historia de los éxitos del cristianismo no es la historia de los triunfos militares o políticos -dijo-, sino el triunfo de la Misericordia vivida. La única que convence». No basta con bellas palabras. «Las palabras pueden ser bellas, pero no son más que palabras. Los actos de misericordia son, sin embargo, incontestables. Y por ellos seremos juzgados».
Un tercer mensajero
En la inauguración del Congreso, quien fuera durante 25 años secretario particular de Juan Pablo II, el hoy cardenal Stalislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia, incidió en que, junto con el anterior Papa y santa Faustina, la Divina Misericordia tiene hoy un tercer mensajero, Benedicto XVI, cuyo magisterio «ayuda a descubrir el amor y la misericordia de Dios».
Durante la misma sesión de apertura, el cardenal Camillo Ruini, obispo Vicario de la diócesis de Roma, mostró cómo la Divina Misericordia marcó la vida de Juan Pablo II, una de cuyas primeras encíclicas se tituló Dives in misericordia (Rico en misericordia, 1980). Este Papa, además, dedicó, en 2000, el segundo domingo de Pascua a la Divina Misericordia, y quiso también que la iglesia del Espíritu Santo de Roma, a unos pasos del Vaticano, se convirtiera en el santuario romano de la Divina Misericordia, donde se venera la imagen del Jesús misericordioso que se manifestó a sor Faustina.
La Misericordia, explicó el cardenal Ruino en el Congreso, cuyas sesiones se celebraron en la basílica de San Juan de Letrán, «no es un amor cualquiera, sino gratuito, generoso», manifestado «en el Hijo encarnado, muerto y resucitado por nosotros y por nuestra salvación». El objetivo del Congreso sobre la Divina Misericordia, afirmó, ha consistido en «estimular un nuevo empuje misionero en la ciudad de Roma y en todas las diócesis hermanas del mundo entero».
Una misión en la Ciudad Eterna
La Plaza de San Pedro se llenó de fieles el pasado
2 de abril, durante la celebración del funeral
por Juan Pablo II que presidió Benedicto XVI
Precisamente para que el Congreso no se quedara en palabras, las tardes fueron dedicadas a anunciar este mensaje por las calles de la Ciudad Eterna, y los protagonistas no fueron tanto los obispos y cardenales, sino los jóvenes y laicos de esta diócesis, así como participantes en el Congreso, venidos de todos los continentes. Jesús te espera es el mensaje que dirigieron a las personas que se encontraban en el centro histórico: turistas, parejas haciendo compras, personas esperando al autobús o saboreando un café en un bar...
La misión ciudadana, que se espera repetir en otras ciudades del mundo, tenía por objetivo llevar a las calles el anuncio de que Dios es un Padre misericordioso, que ama a todas y cada una de las personas. Estos misioneros vivieron, en estos días, lo que Juan Pablo II trató de realizar con su vida. Mientras los misioneros llevaban su anuncio, tenían lugar encuentros de oración, como por ejemplo la Memoria de la Pasión de Cristo, celebrada en la basílica de los Doce Apóstoles, muy cerca de la Plaza Venecia, corazón de Roma.
Tras la liturgia, vivida en gran recogimiento, tuvo lugar la adoración eucarística en la que se encomendó de manera especial a las personas que escuchaban afuera, en la calle, el anuncio de los misioneros. Quien quería podía acercarse a experimentar la Misericordia de Dios en el sacramento de la Reconciliación, en ésa o en otra de las iglesias de la ciudad.
Esta alegría se hizo contagiosa, en particular, en las noches, con dos espectáculos de evangelización: uno realizado por la Comunidad Cenáculo, y otro por la Comunidad Shalom. En la noche del jueves, en la céntrica plaza Navona, se celebró un Festival Misionero.
Un CUARTO mensajero
Miserando atque eligendo
IV APOSTOL: El papa Francisco, un apóstol de la misericordia
Madrid, 07 de abril de 2013 (Zenit.org) Iván de Vargas | 594 hitos
El lema del papa Francisco, Miserando atque eligendo, es un homenaje a la misericordia divina. Ciertamente, esta expresión reviste un significado particular en la vida y en el itinerario espiritual del santo padre.
En 1953, a la edad de 17 años, el joven Jorge Mario Bergoglio experimenta, de un modo del todo particular, la presencia amorosa de Dios en su vida. Después de una confesión, siente su corazón tocado y advierte la llegada de la misericordia de Dios, que, con una mirada de tierno amor, le llama a la vida religiosa a ejemplo de san Ignacio de Loyola.
Una vez elegido obispo, el religioso jesuita, en recuerdo de tal acontecimiento, que marca los inicios de su total consagración a Dios en Su Iglesia, decide elegir, como lema y programa de vida, el citado enunciado de San Beda "lo miró con misericordia y lo eligió", que también ha querido reproducir en su escudo pontificio.
Para el nuevo papa, la misericordia de Dios es el mensaje "más fuerte" y una idea central de su pensamiento.
Al ser creado cardenal por el papa Juan Pablo II, monseñor Bergoglio dice: "Sólo alguien que ha encontrado la misericordia, que ha sido acariciado por la misericordia, está feliz y cómodo con el Señor".
Además, el entonces purpurado argentino acude anualmente al santuario de Villa Urquiza, en Buenos Aires, para celebrar la fiesta patronal en honor de Jesús Misericordioso. Asimismo, no falta a su cita con la Caravana Nacional de la Divina Misericordia.
Siendo arzobispo de Buenos Aires, tiene también una importante intervención en el Primer Congreso Apostólico Mundial de la Divina Misericordia, celebrado en el año 2008 en Roma.
Quienes le conocen bien aseguran que el padre Bergoglio siempre recomienda a sus sacerdotes misericordia, valentía apostólica y puertas abiertas a todos.
Tras su elección como sucesor de Pedro, todavía resuenan con fuerza las palabras del papa Francisco en la pequeña iglesia parroquial de Santa Ana: "La misericordia cambia el mundo, hace al mundo menos frío y más justo. El rostro de Dios es el rostro de la misericordia, que siempre tiene paciencia. [...] Dios nunca se cansa de perdonarnos. El problema es que nosotros nos cansamos de pedirle perdón. ¡No nos cansemos nunca! Él es el padre amoroso que siempre perdona, que tiene misericordia con todos nosotros".
En el reciente pregón pascual, la invitación del santo padre es clara: "Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia".
Por tanto, no es de extrañar que el pontífice haya elegido, para tomar posesión de la Cátedra como Obispo de Roma, el segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia.
(07 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.
El papa Francisco ha escogido el domingo de la Divina Misericordia para entrar en la catedral de Roma: ¿qué es el domingo de la misericordia?
-- Hélène Dumont: El domingo de la Divina Misericordia nace de una pedido de Cristo a una religiosa polaca del siglo XX, santa Faustina. Es una fiesta para manifestar en el mundo su inmensa (infinita) compasión por los Hombres: «Deseo que la fiesta de la Misericordia sea un recurso y un refugio para todas las almas y sobre todo para los pobres pecadores. En este día, las puertas de mi misericordia están abiertas, yo les daré un océano de gracias a las almas que se aproximarán a la fuente de mi misericordia»le dijo Jesús a santa Faustina.
Esta fiesta se ubica el primer domingo después de Pascua y ha sido instituida oficialmente por el beato Juan PabloII durante la canonización de nuestra religiosa, el 30 de abril de 2000. Dos decretos que publicados indican las modalidades litúrgicas de este domingo. Así, el beato Juan Pablo II quiso reafirmar la magnitud del misterio pascual y hacer sobresalir esta fiesta de la mera devoción privada, para que más allá de la Iglesia universal el mundo entero pueda acoger esta gracia.
¿Cómo vivir este domingo ?
-- Hélène Dumont: Esta fiesta se prepara con una novena que comienza el viernes santo con una oración enseñada por Jesús a santa Faustina. Es una potente intercesión para el mundo. En efecto, se trata cada día de presentar al Señor un grupo de almas diferentes: rezamos así por las almas piadosas y fieles, por los sacerdotes y los religiosos, por los paganos y los que no conocen a Dios, por los niños, por las almas del purgatorio, etc.
Durante la novena, el Señor ha prometido de conceder numerosas gracias a las almas. Y así llegamos en la Fiesta de la Misericordia. Este día estamos particularmente invitados a entrar en la misericordia como indicó de Jesús y que fueron precisadas por Juan Pablo II. O sea, confesarse, comulgar, honrar el cuadro de Jesús misericordioso, implorar la misericordia divina rezando a las tres de la tarde, sobretodo el rosario de la misericordia.
En este día de fiesta, el Señor tiene el deseo de difundir un océano de gracias sobre las almas: «Deseo conceder una indulgencia plenaria a las almas que que se confesarán y comulgarán en esta fiesta de mi misericordia». Y el lema episcopal y pontificio del papa Francisco es «Miserando atque eligendo».
¿Cuáles son los signos de la misericordia en las primeras semanas de este pontificado?
-- Hélène Dumont: El papa Francisco, en continuidad con Juan Pablo II y Benedicto XVI ha categóricamente ubicado su pontificado en la misericordia. Su lema ha dado el tono. Su elección de sencillez, sus palabras a favor de los pobres y de los pecadores y sus discursos han confirmado su orientación hacia el anuncio de la misericordia divina.
Cito por ejemplo lo que ha dicho Francisco el 17 de marzo antes del primer ángelus: «La misericordia cambia el mundo. Un poco misericordia vuelve el mundo menos frío y más justo. Nos hace bien entender la misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia …
(…) No olvidemos esta palabra: Dios no se cansa nunca de perdonar, ¡nunca! (…) El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nosotros nos cansamos de pedir perdón. Él no se cansa nunca de perdonar, pero nos, a veces, somos nosotros que nos cansamos de pedir perdón. Nosotros no nos cansemos nunca, ¡no nos cansemos nunca! Él es el Padre enamorado que siempre perdona, que tiene un corazón de misericordia para todos nosotros. Y nosotros también, aprendamos a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen que ha tenido entre sus brazos la misericordia de Dios hecho hombre».
O también lo que ha dicho este domingo de Pascua: «Esta es la invitación que dirijo a todos: ¡Acojamos la gracia de la Resurrección del Cristo! Dejemos a la misericordia de Dios, dejemos a Jesús, dejemos a la potencia de su amor transformar también nuestra vida; y seamos instrumentos de esta misericordia, de ser canales a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, proteger la creación y hacer florecer la justicia y la paz».
Han fundado un movimiento espiritual para difundir en el mundo de hoy el mensaje de la misericordia: ¿de qué se trata? ¿Cuáles son los compromisos?
-- Hélène Dumont: los escritos de santa Faustina me han interpelado mucho: Cristo, en el siglo XX se apareció y manifestó su amor y su misericordia al mundo entero y su deseo infinito de atraer hacia Él todas las almas. En su misericordia infinita, quiere consolar, perdonar, reconfortar, traer la paz, la alegría, la felicidad y al mismo tiempo, Él nos invita a ejercer la misericordia por actos, palabras y la oración.
El movimiento de los Servidores de la misericordia se inspira de la espiritualidad de santa Faustina; tiene la vocación de promover la misericordia por todos los medios que Jesús le ha indicado a nuestra religiosa.
El primero de los compromisos de los Servidores de la misericordia es rezar la coronilla de la misericordia, la meditación de la Pasión a las tres de la tarde, sobre todo el viernes cuando nosotros pedimos por la conversión del mundo y presentamos todas las intenciones que nos fueron confiadas; lo que nos permite involucrar a personas enfermas, discapacitadas o ancianas. Además cada miembro es invitado a vivir el apostolado de la misericordia en su parroquia y en todos los lugares de su vida.
Para vivir mejor la comunión entre nosotros y apoyarnos en el rezo y el apostolado, un boletín es dirigido a cada uno junto con una meditación mensual; además nos encontramos en fines de semana regionales. Nuestro movimiento propone igualmente todos los años una peregrinación a Polonia sobre los pasos del beato Juan Pablo II y de santa Faustina, el mes de julio y abierto a todos.
San Juan Pablo II
Encíclica «Dives in misericordia»
San Juan Pablo II
Encíclica «Dives in misericordia»
«¿No deberías, a tu vuelta, tener compasión de tu hermano?»
La Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales—en cada etapa de la historia y especialmente en la edad contemporánea—el de proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo Jesús. Este misterio, no sólo para la misma Iglesia en cuanto comunidad de creyentes, sino también en cierto sentido para todos los hombres, es fuente de una vida diversa de la que el hombre, expuesto a las fuerzas prepotentes de la triple concupiscencia que obran en él, está en condiciones de construir. Precisamente en nombre de este misterio Cristo nos enseña a perdonar siempre. ¡Cuántas veces repetimos las palabras de la oración que El mismo nos enseñó, pidiendo: «perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12), es decir, a aquellos que son culpables de algo respecto a nosotros!
De la Homilía Papa Francisco en Misa por el Jubileo de la Divina Misericordia
El camino que el Señor resucitado nos indica es de una sola vía, va en una única dirección: salir de nosotros mismos, para dar testimonio de la fuerza sanadora del amor que nos ha conquistado. Vemos ante nosotros una humanidad continuamente herida y temerosa, que tiene las cicatrices del dolor y de la incertidumbre. Ante el sufrido grito de misericordia y de paz, escuchamos hoy la invitación esperanzadora que Jesús dirige a cada uno: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo»
Toda enfermedad puede encontrar en la misericordia de Dios una ayuda eficaz. De hecho, su misericordia no se queda lejos: desea salir al encuentro de todas las pobrezas y liberar de tantas formas de esclavitud que afligen a nuestro mundo. Quiere llegar a las heridas de cada uno, para curarlas. Ser apóstoles de misericordia significa tocar y acariciar sus llagas, presentes también hoy en el cuerpo y en el alma de muchos hermanos y hermanas suyos. Al curar estas heridas, confesamos a Jesús, lo hacemos presente y vivo; permitimos a otros que toquen su misericordia y que lo reconozcan como «Señor y Dios»
El Evangelio de la misericordia, para anunciarlo y escribirlo en la vida, busca personas con el corazón paciente y abierto, “buenos samaritanos” que conocen la compasión y el silencio ante el misterio del hermano y de la hermana; pide siervos generosos y alegres que aman gratuitamente sin pretender nada a cambio.
En el Salmo responsorial se ha proclamado: «Su amor es para siempre» (117/118,2). Es verdad, la misericordia de Dios es eterna; no termina, no se agota, no se rinde ante la adversidad y no se cansa jamás. En este “para siempre” encontramos consuelo en los momentos de prueba y de debilidad, porque estamos seguros que Dios no nos abandona. Él permanece con nosotros para siempre. Le agradecemos su amor tan inmenso, que no podemos comprender. Pidamos la gracia de no cansarnos nunca de acudir a la misericordia del Padre y de llevarla al mundo; pidamos ser nosotros mismos misericordiosos, para difundir en todas partes la fuerza del Evangelio.
“El Evangelio de la misericordia continúa siendo un libro abierto, donde se siguen escribiendo los signos de los discípulos de Cristo, gestos concretos de amor, que son el mejor testimonio de la misericordia”.
Francisco explicó que una manera de anunciar esta Buena Noticia es realizar “las obras de misericordia corporales y espirituales, que son el estilo de vida del cristiano” porque “por medio de estos gestos sencillos y fuertes, a veces hasta invisibles, podemos visitar a los necesitados, llevándoles la ternura y el consuelo de Dios”.
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