VIDA ESPIRITUAL
AÑO SACERDOTAL 2009-2010
Una de las cosas más importantes de la Vida Espiritual es comprender a fondo las íntimas relaciones que existen entre el amor y el sacrificio.
Que el amor es el fondo de la perfección es algo que fácilmente se entiende porque el amor corresponde a algo muy hondo que lleva el alma en su seno, a una aspiración vital, vehemente y en cierto sentido única. Cuando el alma llega a palpar lo superficial, lo vacío, lo efímero de los afectos de la tierra se lanza impetuosa hacia ese amor divino tan profundo que llega hasta el fondo del alma, tan perfecto que llena siempre sin fastidiar jamas, y tan duradero que es inamisible e inmortal, que nada ni nadie lo puede arrancar cuando ha echado sus raíces en el corazón.
Pero es muy común que se tenga un concepto inexacto de este amor; que se sueñe con un amor que no es de este mundo. No se comprende que en esta vida amar sea sufrir, que el símbolo eterno del amor en la tierra sea la cruz de Cristo. Cuando se llega a entender que la perfección es amor, y que este amor ni se alcanza, ni se conserva, ni se consuma, sino por el sacrificio, se ha encontrado el camino de la santidad.
En la primera etapa, el dolor que purifica, sin dejar de ser sobrenatural es humano; en la segunda el dolor unitivo es celestial; pero el dolor de la tercera etapa, glorificador y redentor, es divino; es la participación del dolor íntimo de Jesús y el reflejo del Amor del Padre.
Las 3 Etapas de la Vida Espiritual.
El dolor que purifica.
Hay en la vida del amor tres grandes etapas. En la primera etapa, el amor arranca al alma de todas las cosas, aun de si misma. Primero los sacrificios de la ascesis, que desprenden de todo, que arrancan del hombre todo lo perverso, que dominan o moderan todas nuestras tendencias, que contrarían todas nuestras inclinaciones, que mortifica todo lo humano, desde nuestra carne grosera que nos asemeja a las bestias, hasta aquel misterioso centro de nuestra alma que nos asemeja a Dios, porque allí brilla la imagen inmaterial y espléndida de la Trinidad.
Esta primera etapa esta llena de dolor que purifica. La obra grandiosa de la mortificación interior y exterior que realizan en el hombre las virtudes. Nosotros mismos somos al mismo tiempo sacerdotes y víctimas. Nos sacrificamos a nosotros mismos en honor de aquel que elegimos entre millares y queremos libre y amorosamente que así sea.
El dolor que une.
Limpia el alma y desnuda de todo lo terreno, al vislumbrar la divina hermosura el alma temblando de amor y de dicha se lanza hacia El con la impetuosidad de su ser que toca su felicidad. ¿Quien podrá describir el abrazo inefable, la dicha cumplida del alma que encuentra al fin a quien ha amado?. ¿como entonces puede caber el dolor en este misterio dulcisimo?.
El amor es insaciable, no queda satisfecho sino con el infinito, y poseído a la manera tan perfecta del cielo, todo lo demás no logra sino acrecentar el deseo y convertirlo en martirio. Cuanto mas se posee a Dios, mas sele desea, y cuanto mas intima es la posesión, mas terrible es el martirio del deseo.
Por intima, por perfecta, por estrecha que sea la unión de Dios y del alma, no es la unión consumada de la eternidad, y todo lo que le falta a la unión de la tierra para alcanzar la perfección de la de la tierra se convierte forzosamente en dolor.
Mas no es solamente el deseo el único dolor que acompaña a la unión. Cuanto sufre quien ama, sino pregúntenselo a una madre, a una novia a una esposa: Si es madre, no puede su hijo sufrir sin que ella sufra, una novia quisiera corresponder al amor que recibe, la esposa quisiera poder convertirse en el amado. Y aunque pudiera realizarse en la tierra el milagro del amor sin convertirse en víctima y en holocausto para transformarse en el Amado, bastaría que Jesús hubiera realizado la suprema donación de su amor en su cruz bendita para que los suyos sintieran la imperiosa necesidad de sufrir con El.
El dolor que redime.
Propio es del amor transformar a los que se aman, el uno en el otro, hasta unificarlos en cierto modo, pues hace que los que se aman tengan unos mismos pensamientos y unos mismos afectos, que sus alegrías y sus penas sean comunes. El fruto divino de la unión, es pues, la transformación.
La vida espiritual que es participación de la vida divina debe consumarse también en la unidad en que se consuma la vida de Dios: LA UNIDAD DEL ESPÍRITU SANTO que hace que el alma dependa en todos sus afectos y movimientos del Espíritu Santo.
La vida espiritual que es participación de la vida divina debe consumarse también en la unidad en que se consuma la vida de Dios: LA UNIDAD DEL ESPÍRITU SANTO que hace que el alma dependa en todos sus afectos y movimientos del Espíritu Santo.
Esta unidad supone la perfecta transformación del alma en Jesús, de modo que pueda decir "ya no vivo yo, sino Jesús en mi . Jesús vive en nosotros y nosotros en El, todo lo suyo es nuestro y todo lo nuestro es suyo, sus alegrías son nuestras alegrías y sus dolores son nuestros dolores. Y cuanto más unidos a Jesús, y transformados en El, que es el unigénito del Padre, mejor participaremos del carácter de hijos de adopción, de la perfecta adopción filial respecto del Padre. La cumbre de la perfección es pues la UNIDAD. La perfecta transformación en Jesús, la perfección del Amor y la perfección de la filiación adoptiva.
Pero ser Jesús no termina en la pobreza del pesebre, ni en la participación de su misión apostólica, ser Jesús llega hasta la Cruz que glorifica a Dios y que salva a la humanidad, y solo el Espíritu Santo puede enamorar las almas de la Cruz, porque el alma creada para gozar, naturalmente rechaza el dolor, nacido del pecado, y solo con la ayuda y gracia del Espíritu Santo se puede santificar hasta amar al cruz y cargarla hasta con gozo a imitación de Jesús.
La voluntad salvifica de Dios no paró hasta sacrificar a Jesús en una cruz, y como eco fidelísimo del Calvario, también en el sacrificio de su Cuerpo Místico descienden las gracias a torrentes hasta hacernos responder yo también te amo, te amo hasta la muerte, hasta la cruz como mi maestro y redentor.
Su autor: El Espíritu Santo.
No puede ser sino santísimo el Espíritu del Padre y del Hijo que constituye la Tercera Persona con la cual se gozan entre si, siendo una sola divinidad en tres personas distintas. “ Yo soy el Amor Increado que hace la felicidad eterna de las divinas personas” .
“ Mi ser es la comunicación Purísima de la Caridad “.
EL evangelizador es portavoz del Espíritu Santo, pero en realidad sólo es El Espíritu Santo quien puede mover el corazón del hombre.
“ Yo soy el lazo de luz que ata al Padre y al Hijo, soy un lazo de amor que también los ata en uno, mezclados en la misma luz y caridad que soy yo. De manera que somos Uno, con una misma sabiduría, poder luz y amor “.
EL evangelizador es portavoz del Espíritu Santo, pero en realidad sólo es El Espíritu Santo quien puede mover el corazón del hombre.
“ Yo soy el lazo de luz que ata al Padre y al Hijo, soy un lazo de amor que también los ata en uno, mezclados en la misma luz y caridad que soy yo. De manera que somos Uno, con una misma sabiduría, poder luz y amor “.
“ Yo soy la luz y el fuego que consume sin consumir “. “ Yo soy quien da la gracia, porque la gracia es hija del Espíritu Santo. Yo soy pureza: En mi se reflejan el Padre y el Hijo complaciéndose en sus infinitas perfecciones que yo también poseo “.
Obra del Espíritu Santo:
La obra cumbre del Espíritu Santo es Jesús.
El tuvo parte importantísima en la Encarnación del Verbo de Dios. El impulsó a Cristo a la realización de su misión que lo llevaría a la pasión y resurrección. El continuaría en la Iglesia la obra de Jesús.
La acción del Espíritu Santo en el interior del hombre, nos conduce a la contemplación de la actividad del Espíritu Santo en la Vida Divina, destinada a ser reproducida en al inteligencia y el corazón del hombre, con el mismo amor, la misma luz de que El es fuente. El debe producir en nosotros lo que produjo en el alma y en el interior de Jesús. El nos conduce a la imitación de los mas alto de su misión, su cruz.
La acción del Espíritu Santo llega a la inteligencia y al corazón del que está cerca de la cruz. El es “ Luz de los corazones “ y no solo de las inteligencias, y los rayos del Espíritu Santo le comunican la luz y el fuego que penetra su corazón. Es una comunicación de Caridad, reflejo creado y fidelisimo de la Vida de Amor en Dios mismo, en su vida Trinitaria.
El plan pues del Señor, es el reinado completo del espíritu de sacrificio en las almas, o sea la extirpación de los vicios y la implantación de las virtudes. El reinado de la fe, de la esperanza y del amor traduciendo la voz de Dios que nos hace comprender !cuanto te amo!.
Lo mas que pudo hacer el Padre por Jesús y por nosotros fue sacrificarlo, si entregarlo a la muerte redentora; como lo mas que pudo hacer Jesús por el Padre fue ofrecer su propio sacrificio, como lo mas que puede hacer Jesús por nosotros es sacrificarnos; como lo mas que nosotros podemos hacer por Dios es ofrecer a Jesús y ofrecernos con El en sacrificio.
El crecimiento Espiritual.
Si la vida cristiana es la posesión mutua del alma y del Espíritu Santo, la razón profunda de que Dios habite en nosotros, de que El permanezca en nosotros es el amor. El Amor de Dios que desciende hasta las profundidades de nuestra alma y el amor nuestro que atrae al Dios de los cielos por los vínculos de la Caridad. Por parte de Dios, el Espíritu Santo que se nos da; por parte del Hombre, la Caridad, imagen del Espíritu Santo, que no puede separarse del Divino Original. Dos amores que se buscan, se encuentran, se funden en Divina unidad.
El grado de Caridad que posee un hombre es la medida de la mutua posesión de el y del Espíritu Santo. Es la medida de todas las virtudes infusas y de los Dones del Espíritu Santo, es la medida de la gracia y de la gloria. Es el elemento formal de la perfección cristiana, y todo lo demás prepara o es consecuencia de esta mutua posesión.
Sin duda que el conocimiento hace que Dios habite en nosotros como en su templo, pero no cualquier conocimiento, el conocimiento que aspira amor. En el orden sobrenatural, el amor lleva a la luz. Los dones del amor nos llevan a la luz, el Espíritu Santo nos conduce al Verbo y por el Verbo vamos al Padre, donde toda criatura halla su descanso, su perfección y felicidad.
Los Dones del entendimiento nos asemejan al Verbo de Dios, que es la Sabiduría Increada, los dones que pertenecen a la voluntad nos asemejan al Espíritu Santo, que es el Amor infinito. De la caridad, por la que son regidos los Dones del Espíritu Santo en su progreso y desarrollo, brota esa “amorosa sabiduría”, que según Santo Tomas realiza nuestra semejanza con el Verbo de Dios, esa transformación en Cristo que es obra de la luz y consuma la santidad en la tierra.
La Caridad es la imagen más perfecta del Espíritu Santo y tiene con El relaciones estrechísimas. Cuando hay en alma la Caridad, en ella vive el Espíritu Santo; y cuando El se da a un alma, derrama en ella la Caridad. La esencia, pues, de la Devoción al Espíritu Santo es el amor, porque El es el Amor infinito y personal de Dios, y lo que busca y lo que anhela es establecer en las almas el dichoso reinado dela amor.
Cuanto mas amemos con amor de Caridad, mas poseeremos al Espíritu Santo y mas seremos poseídos por El y mas se desarrollaran en nosotros las virtudes infusas, los Dones del Espíritu Santo, por eso San Juan de la Cruz enseña que es gran negocio para el cristiano ejercitar en esta vida actos de amor, porque consumándose en breve no se detenga mucho acá o allá sin ver a Dios.
¿Donde encontrarlo?
El Corazón de Cristo, horno ardiente de Caridad, es el lugar de encuentro con el Espíritu Santo. Cualquiera que entre ahí, tendrá comunicación con ese Santo Espíritu.
En la adorada Eucaristía en que Jesús renueva su sacrificio, y en el Corazón de María, nido purísimo del Espíritu Santo donde El realiza todas las obras de la gracia a favor nuestro.
El Corazón de Cristo, horno ardiente de Caridad, es el lugar de encuentro con el Espíritu Santo. Cualquiera que entre ahí, tendrá comunicación con ese Santo Espíritu.
En la adorada Eucaristía en que Jesús renueva su sacrificio, y en el Corazón de María, nido purísimo del Espíritu Santo donde El realiza todas las obras de la gracia a favor nuestro.
Ya sabemos en donde encontraremos siempre al Espíritu Santo: En el Sagrado Corazón de Jesús en que vive sustancialmente, en la adorada Eucaristía que por El renueva Jesús su sacrificio, y en el Corazón de María, nido purísimo del Espíritu Santo donde realiza todas las obras de la gracia a favor nuestro. Y que estos tres lugares, forman un solo lugar, un solo nido.
En todas las etapas de la vida espiritual, siempre el principio director e impulsor es la Caridad. Limpia primero el alma y arranca de ella cuanto se opone a sus reinado mediante las virtudes morales. Dirige a los Dones para que completen la purificación del alma y la iluminen y preparen para la unión con Dios. Y al fin, une al alma con Dios y la enriquece de luz y la atavía de virtudes y realiza en ella una obra divina de armonía y de perfección.
Frecuentemente falta al cristiano un Ideal claro que lo guíe, una fuerza poderosa que lo impulse. La Caridad nos fija en el verdadero Ideal de nuestra vida al unirnos con Dios nuestro fin, y nos comunica la fuerza única y suprema que existe en el cielo y en la tierra. Nos une y enlaza con el Espíritu santo y nos pone en contacto con la llamarada divina.
El Corazón de Cristo, horno ardiente de Caridad, es el lugar de encuentro con el Espíritu Santo. Cualquiera que entre ahí, tendrá comunicación con ese Santo Espíritu. “ Vivo dentro de Jesús, Soy el Espíritu de Jesús. El que quiera encontrarme que suba por Jesús y por la Cruz y me hallará “. ¿Cómo no ha de quemarse quien es introducido en un horno ardiente?. ¿Cómo no ha de santificarse quien se arroja en el seno santificador de la santidad por esencia?.
Pero abundan las objeciones que nosotros hacemos y que el demonio alienta para desanimarnos: ¿ Como puedo "yo" amar a Dios, si estoy lleno de miserias y pecados?, ó ¿ Como podrá Dios amarme siendo como así ?. Pero estamos equivocados, para amar a Dios no necesito ser yo bueno, sino que El lo sea. Amar a dios, no es solo un dichos derecho que todos tenemos, sino un deber. ¿ No es el primero y principal de los mandamientos: " Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas ". El hecho de que yo sea miserable e imperfecto no rebaja ni su hermosura incomprensible, ni su bondad infinita, ni su misericordia sin limites, ni ninguno de los títulos que tiene Dios a mi amor, ni mi suprema obligación como criatura suya de amarlo sobre todas las cosas.
Lo que realmente sucede es que no entendemos el amor de Dios. Queremos comparar su amor con el nuestro. Estamos acostumbrados a buscar en el amado lo que nos falta, aquello de que carecemos y tenemos necesidad. Nuestro amor es un amor por indigencia. Pero el amor de Dios no es así. El lo tiene todo, a El no le falta nada. El no necesita nada y no busca algo con que enriquecerse, sino a alguien a quien enriquecer. Así miserables como somos nos ama y no solo nos otorga el derecho, sino nos impone el deber de amarlo.
El no busca sino un vacío que llenar porque es Perfección infinita esencialmente comunicable. Seres pobres a quienes hacer felices, porque es la Bondad misma. Miserables que curar porque es la Misericordia infinita. Si esperamos para amar a Dios y para ser amados por El, ser fuertes, ser limpios, ya podíamos esperar toda la eternidad, o mas bien desesperar de nuestro intento.
Dios no busca cualidades en el objeto amado, se las da; no pide, sino da, y se da y se comunica sin reserva. Lo que pide, lo que exige, lo que vino a buscar de nosotros, es el amor de pobres criaturas. Bien sabia que no encontraría en la tierra ni generosidad ni virtud, pero quería el amor de criaturas pobres y miserables pero capaces de amar con su ayuda.
Mas la Encarnación, como toda la historia y destino de Jesús ocurre “ en el Espíritu Santo”. Por eso El es el Cristo, es decir, el Ungido . Porque Jesús esta Ungido por el Espíritu Santo. Y el misterio de la glorificación de Cristo es decir, el de su Muerte, Resurrección, Ascensión y Glorificación a la derecha del Padre, es la fuente de la donación del Espíritu Santo. De ese infinito Amor que le lanzo del Seno del Padre a las Purísimas entrañas de María, de la Cruz a los Altares, de los Altares al Cielo para poner el broche de oro a su Iglesia enviándonos al Espíritu Santo.
La Cruz es ya el comienzo de la Glorificación de Jesús. La Cruz rompió el dique que el pecado había interpuesto entre el Espíritu Santo y las almas. Solo gracias al Espíritu enviado por Cristo Glorificado llegaron los creyentes, por la fe, al verdadero conocimiento y participación del Misterio de Cristo.
Ya sabemos en donde encontraremos siempre al Espíritu Santo: En el Sagrado Corazón de Jesús en que vive sustancialmente, en la adorada Eucaristía que por El renueva Jesús su sacrificio, y en el Corazón de María, nido purísimo del Espíritu Santo donde realiza todas las obras de la gracia a favor nuestro. Y que estos tres lugares, forman un solo lugar, un solo nido.
La Vida Interior.
Dios es Caridad. Así nos da el Padre a Jesús, así se da Jesús al Padre , así lo realiza el Espíritu Santo en Jesús y en nosotros. La Caridad del Padre, no soportaba la perdición del hombre y envió a Hijo para salvarlo.
Jesús, Dios hecho hombre Es la Misericordia del Padre. Cristo crucificado transforma en realidad salvífica el sufrimiento, la muerte, y el dolor humano sometiéndose libremente a es terrible realidad. A eso vino, a santificar el dolor y hacerlo meritorio, a dar valor a los sufrimientos naturales de la condición humana, a transformar en oración, culto, amor a Dios, todas esas realidades dolorosas. A recoger el dolor de la creatura para divinizarlo y así puro presentárselo al Padre en unión con el suyo, el dolor redentor purismo nacido, crecido y alimentado con puro Amor.
El Corazón Sacerdotal de Cristo es fruto del Espíritu Santo. Es su Obra. Entendamos el lugar que debe ocupar en la formación del nuestro Idea general de la Vida Espiritual. La vida espiritual, en el fondo, es la vida de la gracia. Por la gracia participamos de la misma vida de Dios, tanto que la gloria no es otra cosa que el desarrollo de esta vida espiritual que empezamos a vivir en este mundo. La plenitud de la gracia es el Cielo. La gracia y la gloria son participación de la misma vida de Dios.
Cuando Dios creo al hombre, según nos enseña la Escritura, dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza“ . ¿Y porque somos Imagen de Dios? Porque la vida de Dios consiste en conocer y amar. Conociéndose el Padre engendra a su Verbo; amándose el Padre y el Hijo, espiran al Espíritu Santo. Allí esta toda la vida de Dios. Pues bien también nosotros conocemos y amamos y ese es el fondo de nuestra vida. Y tanto es así que, por ese conocimiento y ese amor que nos dio el Señor, podemos levantarnos tanto, que lleguemos a conocerlo, que lleguemos a amarlo.
Pero esta imagen que todos llevamos en el alma, en el orden natural, es una cosa exigua en comparación con la participación de la naturaleza divina que nos da la gracia. En el cielo, Dios mismo se unirá con nuestra inteligencia y como dice el salmo, “ en su luz veremos la Luz “. Contemplaremos a Dios cara a cara y lo veremos como es.
La gracia es verdaderamente una participación de la naturaleza de Dios, porque nos hace capaces de operaciones altísimas, porque nos hace vivir la misma vida que Dios vive. De la gracia brotan las virtudes y los dones del Espíritu Santo que perfeccionan nuestras facultades naturales y las hacen capaces de actos superiores, de actos de orden sobrenatural.
Por la fe vemos a Dios, con mucha imperfección, pero lo vemos a El. Por medio de la esperanza tocamos a Dios, en la lejanía del porvenir, pero lo tocamos. Y por medio de la caridad amamos a Dios y nos unimos íntimamente con El, porque es imposible que haya caridad en un alma sin que este allí Dios con ella. Así las virtudes teologales nos sirven como de ojos y de corazón para ponernos en contacto con Dios, nos hacen ver, desear y amar esa Luz, esa Bondad, esa Hermosura, es Grandeza que es Dios.
Las virtudes morales nos sirven para tocar santa y debidamente las cosas del mundo, nuestros prójimos y nosotros mismos; sin duda que también nos ayuda a ir a Dios; pero no son las que nos ponen en contacto directo con El. Así podemos decir que nuestra vida espiritual tiene dos aspectos, la vida interior, que comprende nuestras relaciones con Dios, y la vida exterior que comprende nuestras relaciones con nosotros mismos y con el prójimo.
El organismo sobrenatural
Para alcanzar la tierra el estado de perfección en que ahora la contemplan nuestros ojos ha tenido que recorrer, como enseñan los geólogos, una serie de largas etapas que han durado siglos, durante los cuales ha sufrido cataclismos inimaginables y se ha formado de manera solidísima su esqueleto gigantesco. Las etapas de ese desarrollo secular pasaron, pero su historia queda escrita para todos los que saben leerla de tal manera que la hondas miradas de los sabios pueden decir con toda la certeza de la ciencia; aquí hubo un cataclismo, halla una inundación; en tal época apareció la vida; en tal otra bajo frondas de una vegetación fantástica discurrían rebaños de animales gigantescos.
Así acontece en la obra de la gracia más bella, más admirable, más perfecta que la creación de las cosas naturales. La obra del Espíritu Santo el santificador de las almas, que no se conforma como los artistas de la tierra, con esculpir su ideal sobre la materia que transforman, sino que se introduce el mismo, y habita y permanece en el alma que quiere santificar, y la mueve y compenetra, y al enriquecerla con sus dones, es El el primer Don como lo asegura San Pablo: “La Caridad de Dios se derramó en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos dio”.
El Espíritu Santo enriquece al alma con un asombroso organismo sobrenatural capaz de realizar bajo su dirección santísima la obra de la deificación.
El centro de este organismo es la gracia, raíz de las operaciones y de los dones y participación inefable de la naturaleza misma de Dios. De ella brotan las virtudes, así las teologales: fe, esperanza y caridad, nobilisimas porque tocan inmediatamente a Dios, como las cardinales, prudencia, justicia, fortaleza y templanza que son como 4 reinas que llevan consigo el celestial cortejo de todas las virtudes que ponen armonía en el hombre y lo disponen a unirse con Dios.
Para que su obra fuera perfecta puso Dios en el alma los Dones del Espíritu Santo inseparables de la gracia santificante, la cual por este motivo es llamada la gracia de las virtudes y de los dones. Todo este maravilloso organismo se enlaza armoniosamente en la caridad, reina de las virtudes, vínculo de la perfección como la llama San Pablo, y en la que principalmente consiste la santidad, puesto que ella realiza nuestra unión con Dios.
Según los grados de la caridad, marca Santo Tomas de Aquino las tres etapas de la perfección comparadas con las tres épocas de nuestra vida: En la primera los incipientes se esfuerzan sobretodo en purificarse del pecado y resistir a sus concupiscencias, de conservar la caridad evitando el pecado; en la segunda los proficientes tratan principalmente de que la caridad crezca y se robustezca en ellos; y en la última, que supone mayor perfección, el trabajo consiste en que el alma se una a Dios y goce de El.
Al principio predominan las virtudes como principio de acción en la vida espiritual, después los Dones del Espíritu Santo desarrollándose con el aumento de la caridad; finalmente cuando las virtudes han alcanzado su madurez y los Dones han llegado a culminar según los designios de Dios, las Bienaventuranzas realizan plenamente en el justo la armonía en que todas sus facultades, puras y y transfiguradas, vibran como las cuerdas de una lira bajo los impulsos del Espíritu Santo produciendo un cántico nuevo a la gloria de Dios.
Ia. ETAPA: La etapa purgativa
La primera etapa de la vida espiritual se caracteriza por la lucha contra nuestros defectos, por la dolorosa purificación de nuestras almas. Por eso se llama purgativa. Y como la savia de todas las virtudes es el sacrificio, quiere decir que en esta primera etapa de la vida espiritual la Cruz del vencimiento es la que nos ha de purificar.
Todos sabemos que no es posible vencer nuestros defectos sin sufrimiento. En esta Cruz del vencimiento propio hay que poner en juego muchas virtudes porque precisamente la practica de las virtudes es la que va quitando los defectos. No debemos olvidar que hay dos clases de virtudes: las naturales y las sobrenaturales. Las naturales las adquirimos por la repetición de los actos de aquella virtud. Las sobrenaturales Dios nos las infunde juntamente con la gracia. Pero ambas son indispensables para adelantar en la vida espiritual.
Un ejemplo: supongamos un hombre que tiene el vicio de la embriaguez. Se confiesa, recibe la gracia y con ella todas las virtudes infusas, por tanto, la virtud infusa de la sobriedad, pero esta virtud no puede desarrollarse porque hay allí un obstáculo que es el habito de la embriaguez. Será necesario un esfuerzo generoso, quitar ese obstáculo por medio de una virtud natural de las que se van adquiriendo con la repetición de actos para que pueda por fin desarrollarse la virtud que ha recibido de Dios.
Por consiguiente, la primero que se debe hacer en la vida espiritual es luchar denodadamente, contra los defectos, contra las malas disposiciones, contra los hábitos viciosos. Sobretodo con el defecto dominante, que es el que nos hace faltar mas frecuentemente. Una vez que hemos corregido los defectos, o por lo menos cuando ya no representan un serio peligro, ¿ Que vamos a hacer ?. Practicar virtudes. ¿ Pero cuales ?.
Nuestro Señor casi siempre inspira a las almas cierto atractivo a alguna virtud, porque percibe el encanto la belleza de aquella virtud porque El se lo infundió, o porque corresponde a una necesidad o a una inspiración frecuente en su alma. Hay ciertas almas ávidas de pureza, otras de sacrificio, otras que les encanta la humildad, otras la caridad. Muy bien, a cada quien según el don que Nuestro Señor le dio.
También hay que tener en cuenta las repugnancias, porque puede ser que una virtud nos repugne porque no la conocemos, o porque una persona que la practica lo hace con afectación. Pero también puede ser porque me hace falta. Por ejemplo: si tengo dentro de mi un fondo de soberbia no veo con buenos ojos la humildad, porque no me conviene, porque la necesito.
Pero de todas maneras casi siempre hay que empezar por la humildad. Dice Santo Tomas que hay dos fundamentos en la vida espiritual: uno negativo, que es la humildad; otro positivo, que es la fe. Estas dos virtudes son fundamentales. El verdadero cimiento de la vida espiritual es la humildad. Y es natural que así sea, porque la humildad abre nuestras almas a Dios, Dios mira a los humildes con especial amor y a los soberbios los ve de lejos y como sin la gracia no podemos dar un paso en la vida espiritual, quiere decir que la humildad, nos abre, por decirlo así, los tesoros de Dios y que la soberbia nos los cierra.
Así el alma que no ha puesto bien los cimientos de la humildad, aun cuando parece que ya ha hecho un gran edificio de virtudes, el día menos pensado sele viene abajo, porque no está construido sobre un buen fundamento. Y es necesario volver al principio, como en los colegios, se vuelve al alumno a primero cuando ya iba en cuarto o quinto, porque no tiene conocimientos sólidos.
2a. ETAPA DE LA VIDA ESPIRITUAL: LOS DONES
Cuando las virtudes se han desarrollado y nuestra alma esta ya purificada con esa primera purificación que hacemos nosotros con ayuda de la gracia, es entonces cuando empiezan a florecer en nuestra vida espiritual los Dones del Espíritu Santo
He aquí el camino que deben recorrer las almas para llegar a la perfección: Primero entrar en Jesús, esto es, unidas con El, vivir de sus ejemplos, de sus virtudes, de su gracia, de su vida. Irse purificando poco a poco llevando sobre sus hombros la cruz del Dolor que Purifica hasta que desaparecido en ellas el hombre viejo resurge el hombre nuevo, según expresión de San Pablo.
Cuando las almas están perfectamente purificadas, cuando ha desaparecido de ellas el hombre viejo y a resurgido el hombre nuevo viene la Unión. Las almas se unen con Jesús y esa unión va produciendo en ellas, de manera lenta pero segura, su verdadera transformación, al cabo de estar unidas un tiempo con Jesús se convierten verdaderamente en imagen de Jesús.
De manera que primero las almas se purifican, después se unen con Jesús, luego se transforman en El y pueden hacer su obra, y al fin viene su consumación por el Espíritu Santo.
En el primer periodo de nuestra vida espiritual, nosotros hemos sido los que hemos luchado contra los defectos ayudados por la gracia, los que hemos trabajado en el ejercicio lento y humano de las virtudes, los que hemos arreglado nuestra vida interior como Dios nos dio a entender. En la segunda etapa el Espíritu Santo toma de una manera mas constante y frecuente nuestra dirección. Los Dones del Espíritu Santo empiezan a florecer y desarrollarse y por consiguiente a comienzan a predominar sobre las virtudes en la dirección de nuestra vida y de nuestra santificación.
Empecemos pues a conocer mejor los Dones del Espíritu Santo.
Para que comprendamos lo que es cada uno de los Dones y como por ellos el Espíritu Santo posee, obra en nuestras almas y las puede mover a su divino beneplácito, imaginémonos una gran fabrica donde hay múltiples y maravillosas maquinas , diversos departamentos admirablemente organizados y un director de aquella fabrica que ha instalado teléfonos, aparatos de radio, circuitos cerrados de televisión, para que él, desde su despacho, pueda comunicarse con todos y dirigirlo todo y moverlo todo.
Así el Espíritu Santo, que habita en nosotros cuando poseemos la gracia de Dios, y que dirige de manera magistral nuestra vida espiritual, ha querido establecer en las distintas partes del complicadísimo ser humano esas realidades misteriosas que son los Dones del Espíritu Santo, por los cuales El se comunica con nosotros, y puede influir en todas y cada una de nuestras facultades humanas.
Por este conjunto de Dones, el Espíritu Santo posee por completo nuestra alma, verdaderamente habita en nosotros y nos posee y siendo el dulce huésped de ella, tiene, por medio de sus Dones, la posesión de todas nuestras facultades. A través de cada uno de estos Dones, debemos contemplar al Espíritu Santo, que vive en nosotros, el Director supremo, el Motor inefable y divino de nuestras almas que por medio de sus Dones influye en nosotros, nos mueve y nos conduce a través de todas las vicisitudes del destierro a la cumbre bienaventurada de la patria.
Para que el Espíritu Santo mueva a un alma necesita estar íntimamente unido a ella por la Caridad, porque en la intima fusión de El y nuestras almas que realizó la Caridad sus divinos movimientos se hacen sentir en todo hombre que es una sola cosa con El.
EL profeta Isaias, los va colocando por pares: Espíritu de Sabiduría y de Entendimiento; Espíritu de Consejo y de Fortaleza; Espíritu de Ciencia y de piedad; Espíritu de Temor de Dios.
EL DON DE TEMOR DE DIOS
Pero conviene ir examinado, uno por uno, cada Don.
Comencemos por el Don de Temor de Dios, que obra sobre la parte inferior de nuestra naturaleza humana, y esta relacionado con las virtudes de la humildad y la templanza que le preparan el camino moderando nuestra concupiscencia y haciéndonos conocer nuestro verdadero valor, colocándonos en nuestro propio puesto, e impide esa pretensión de creernos superiores a lo que somos y rebelarnos contra Dios.
A primera vista parece extraño que hay un Don de Temor. ¿no tienen todos los Dones por raíz a la Caridad? ¿ Y no dice la Escritura que el amor perfecto excluye el temor? ¿ como es posible que de esta raíz profunda y divina de la Caridad brote el Temor de Dios ?.
Para comprenderlo hay que analizar diversas clases de temores: hay el temor de la pena y el temor de la culpa; hay también un temor mundano, que, por temor a un mal terreno nos hace olvidarnos de los mandamientos de Dios y cometer un pecado. Pero hay otro temor que nos aleja del pecado, que nos acerca a Dios, aunque es demasiado imperfecto, los teólogos lo llaman temor servil, es el temor del castigo. Sin duda que este temor al castigo nos impide caer en el pecado, pero el motivo es de orden inferior, no tiene la nobleza propia del amor. El temor servil no es el Don de Temor de Dios de estamos hablando.
Hay otro temor que esta por encima de todos los temores , que esta dirigido por el Espíritu Santo que nos infunde un horror instintivo, profundo, eficacísimo de apartarnos de Dios, el temor de apartarse del amado, de disgustarlo, de perder nuestra unión estrechísima con Dios. Es un temor nobilísimo, perfecto y amoroso que brota de las entrañas mismas del amor, este Don de Temor de Dios ha inspirado muchos rasgos primorosos de los santos: El horror al pecado que los hizo adherirse intensamente a Dios, el respeto profundo que han tenido por las cosas de Dios, el desprendimiento a lo Francisco de Asís que miraba como nada todas las cosas de la tierra.
La Santa Escritura nos asegura en mucho pasajes que el Temor de Dios es el principio de la Sabiduría porque ese Don produce el primer efecto en la obra divina de la sabiduría. Es como el comienzo, los cimientos que son el principio de un edificio.
Como es natural en los Dones se dan grados, como se dan en las Virtudes. Por las Virtudes nos alejamos del pecado, vencemos las tentaciones, pero con cuentas luchas, con cuantas deficiencias. Por el Don del Espíritu Santo, la victoria es rápida, es perfecta. ¿ No es verdad que ha habido ocasiones en que en presencia de una tentación, de un peligro sentimos un impulso rápido e instintivo que nos separa del pecado ?. Es el Espíritu Santo que nos mueve por el Don de Temor de Dios.
El Don de Temor de Dios en su primer grado, produce horror al pecado y fuerza para vencer las tentaciones. En el segundo grado de este Don, no solo el alma se aleja de del pecado, sino que se adhiere a Dios con profunda reverencia y evita hasta esas irreverencias, que sin llegar a faltas, son siempre señales de imperfección. En el tercer grado de este Don se produce un efecto maravilloso: La Bienaventuranza de la pobreza y del desprendimiento. “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos” .
Cuando de tal manera nos adherimos a Dios y nos alejamos de todo lo que nos pudiera separar de El que las cosas exteriores llegan a perder su fascinación para nosotros, el alma se siente libre, experimenta un desprendimiento divino, que es característico de esta etapa de la vida espiritual y llega a la cumbre gloriosa de la primera Bienaventuranza. El desprendimiento de Francisco de Asís que miraba como nada todas ls cosas de la tierra. El desprendimiento que Jesús aconsejaba al joven rico del Evangelio.
EL DON DE FORTALEZA.
Propio es de lo humano encontrar dificultades en todo y cuanto mas elevadas y generosas son nuestras empresas, tanto mas crecen y se aumentan las dificultades.
Al mismo tiempo que encontramos dificultades en nuestras empresas, especialmente en nuestra vida espiritual, también estamos rodeados de peligros que nos exponen a caer o que nos impiden hacer el bien. Para que podamos superar las dificultades y eludir los peligros, Nuestro Señor nos ha dado un conjunto de virtudes que se agrupan en torno a la virtud cardinal de la Fortaleza. Son la paciencia, la perseverancia, la fidelidad, la magnanimidad etc., que como un ejercito en orden de batalla nos ayudan a superar las dificultades y evitar los peligros.
La virtud de la Fortaleza nos alienta para acometer empresas arduas, nos infunde firmeza para superar las dificultades, pero como tiene por medida nuestras propias fuerzas, no puede eludir todos los peligros, superar todas las dificultades, alcanzar algo superior a las fuerzas humanas.
Para alcanzar nuestra salvación no basta la virtud de la Fortaleza con sus virtudes anexas, por eso el Espíritu Santo puso un Don que lleva el mismo nombre que la virtud: el Don de Fortaleza que nos mueve a acometer la empresa que todo Cristiano debe alcanzar, su felicidad eterna, consumar esa obra colosal de la santificación de su alma, la empresa mas ardua, la empresa mas grande que se pueda imaginar.
La medida del Don de Fortaleza no son las fuerzas humanas, no son las fuerzas angélicas, es la Fuerza de Dios, porque en realidad, en el orden sobrenatural y bajo la moción del Espíritu Santo, la pobre criatura se reviste de la fuerza de Dios. Y no solamente tenemos por el Don de Fortaleza la firmeza necesaria para superar todas las dificultades y eludir todos los peligros, sino que el Espíritu Santo infunde en nuestras almas una confianza, una seguridad como la que expresa el Apóstol San Pablo en su frase “ Todo lo puedo en aquel que me conforta “, que produce en nuestras almas la paz, la paz en medio de los peligros, en medio de la lucha, en medio de las dificultades.
Por ese Don se consuma toda obra, se supera toda dificultad, se elude todo peligro y se quita esa vacilación, ese temor, esa timidez tan propios de la naturaleza humana.
Y no solo los santos que han vivido de una manera intensa y perfecta la Vida Espiritual pueden acometer arduas empresas, gozar padeciendo por Cristo, luchar contra los enemigos de la Iglesia, sino que todo Cristiano en la vida ordinaria necesita el Don de Fortaleza: para perseverar en la virtud, para hacer todos los esfuerzos necesarios para alcanzar el cielo, para superar las dificultades ordinarias y aveces extraordinarias en una situación difícil, o heroica, que necesite el impulso del Espíritu Santo para superarla, y sobretodo para sentir esa confianza, esa paz que viene de Dios, es absolutamente necesario el Don de Fortaleza.
Gracias a Dios lo tenemos, lo recibimos el día de nuestro Bautismo, y cuanto tiempo tengamos la gracia en nuestra alma, tendremos también con la gracia el Don de Fortaleza, y poseemos al Espíritu Santo en nuestro corazón y podemos recibir a la hora que sea preciso el influjo eficacisimo del Paraclito.
En el Don de Fortaleza se dan grados; en el Primer Grado podemos realizar todo lo que sea absolutamente necesario para nuestra salvación. En el Segundo Grado, nuestro espíritu adquiere una firmeza superior para realizar cosas que no son de precepto en el estado en que Dios lo ha colocado. En el Tercer Grado, el Don de Fortaleza nos eleva por encima de toda criatura, nos hace superarnos a nosotros mismos, nos coloca en el Seno mismo de Dios, donde reina una confianza sin limites y una paz inalterable.
Si conociéramos el Don de Dios, el mundo divino que llevamos en nuestro corazón, el santuario interno donde están esparcidas las gracias y los Dones del Señor. Pidamos al Espíritu Santo que abra los ojos de nuestro corazón para contemplar las maravillas que llevamos en nuestro interior y que impulse nuestras almas par que vivamos esa vida que Jesucristo nos compro con su sangre y El mantiene constantemente en nuestros corazones.
EL DON DE PIEDAD
No hay porción alguna de nuestro Ser a la que no llegue la moción del Espíritu Santo. Por medio del Don de Temor de Dios, modera las inclinaciones de nuestra sensibilidad para que nunca podamos alejarnos de Dios fascinados por las criaturas; por medio del Don de Fortaleza comunica a nuestras almas un vigor, una firmeza sobrehumanos para que podamos acometer todas las empresas y evitar todos los peligros, para la gloria de Dios.
Para ordenar y disponer nuestras relaciones con los demás, además de las virtudes que tienen como centro a la justicia, el Espíritu Santo por medio del Don de Piedad eleva y comunica un modo divino a nuestras relaciones con Dios y con nuestro prójimo.
El principio altísimo que viene a servir de norma a nuestras relaciones es el Espíritu de Adopción que vive en nosotros y nos hace clamar Abba, ¡ Padre !- De este Espíritu de Adopción que nos hace mirar a Dios como nuestro Padre, nacen estrechísimas y santas relaciones filiales para con Dios y fraternales con nuestros hermanos. El Espíritu Santo desarrolla en nuestros corazones el afecto filial a Dios y nos lleva a honrar a Dios, no por lo que nos da, no por lo que le debemos, sino porque es nuestro Padre y un hijo mira con satisfacción inmensa el honor, la gloria de su Padre.
La Virtud de la Religión ve a Dios como soberano y el Don de piedad lo ve como Padre. Y así por este Don altísimo, vemos en Dios a nuestro Padre y en los demás a nuestros hermanos, y entonces cumplimos los deberes con ellos, no en la medida de una justicia estricta, sino con la verdad y amplitud de un afecto inmenso que se lleva en el alma. Por el Don de Piedad el alma se entrega a Dios y se entrega a los demás sin reservas, con toda generosidad, con toda la amplitud de un amor sobrenatural y divino.
Por otra parte, bajo el influjo del Don de Piedad el alma tiene en Dios una confianza inmensa y pone en sus manos cuanto es y cuanto tiene y le entrega su corazón de manera absoluta como Santa Teresita que, llena del Don de Piedad, se sentía como una niña en los brazos de su Padre. Y en los altos grados de este Don, el Espíritu Santo infunde en las almas que lo poseen el anhelo de unirse con Jesucristo Víctima par expiar los pecados del mundo y para cooperar a la gloria de Dios. El amor al dolor que glorifica y que salva.
El simple cristiano que comulga, participa del Sacrificio de Jesucristo y debe tener en su corazón los mismos sentimientos de Jesús, el anhelo de glorificar al Padre y de expiar por los pecados del mundo. Las almas que viven bajo el régimen del Don de Piedad, en sus altos grados, experimentan de una manera divina, honda, eficacisima, los mismos sentimientos que Jesús tuvo en su Corazón al ofrecer el sacrificio del Calvario y el sacrificio del Cenáculo, y anhelan unir sus propios sufrimientos con los sufrimientos de Jesús y ofrecerlos con ellos y llevar en su corazón un eco de aquel anhelo inmenso y divino que Jesús tuvo en su alma cuando se ofreció como Víctima por los pecados del mundo.
En realidad son verdades altísimas las relativas a los Dones del Espíritu Santo, pero no son ajenas a nuestra Vida Cristiana, los tenemos todos. Un pecador arrepentido, después de la absolución de sus culpas ya tiene los Dones del Espíritu Santo; porque no se puede tener la gracia sin los Dones, ni se puede tener la gracia sin el Espíritu Santo, ni el Espíritu Santo se separa nunca de los Dones.
Quiera el Espíritu Divino derramar su luz en nuestras almas, revelarnos el mundo de la santidad y de la gracia, para que amemos más y más al Divino Espíritu, para que nos dejemos conducir por sus mociones santas y para que guiados por El, penetremos en ese mundo de luz y de amor, de generosidad y de elevación, que ni se compra ni se vende, es Don, como el mundo eterno y dulcísimo a que nos conduce, en donde esperamos ser perpetuamente felices en el Seno de Dios.
LOS DONES INTELECTUALES EN GENERAL
Vimos en los artículos anteriores los tres primeros Dones del Espíritu Santo que pertenecen a la parte afectiva de nuestro ser: los dos primeros, el Don de Temor de Dios y el Don de Fortaleza, rigen nuestra sensibilidad, el Don de Piedad rige nuestra Voluntad para que tengamos santas relaciones con Dios y con los demás.
Lo cuatro Dones del Espíritu Santo que nos faltan son Dones intelectuales dirigidos a perfeccionar nuestra inteligencia en las cosas sobrenaturales, contemplar las verdades divinas, obrar de acuerdo a ellas, e introducirnos hondamente en los misterios del Reino.
La naturaleza y la gracia emanan de un mismo principio, tienen una misma fuente que es Dios, por eso hay una correspondencia, un paralelismo maravilloso entre las cosas espirituales y las cosas humanas a tal grado que: “ las gracia esta fundada sobre la naturaleza “.
En nuestra inteligencia hay “Primeros Principios”, que son la base de toda conciencia; La Ciencia que es el conocimiento de las cosas por sus causas; La Sabiduría que descubre las causas altísimas y últimas de las cosas; y la Prudencia que aplica todos estos principios al orden practico, a la dirección de nuestras acciones individuales.
A esos cuatro hábitos que existen en el orden natural, corresponden admirablemente lo cuatro Dones Intelectuales del Espíritu Santo: el Don de Entendimiento, el Don de Ciencia, el Don de Sabiduría y el Don de Consejo.
EL DON DE CONSEJO
Dicen los Teólogos que Dios no falta en lo necesario y ni abunda en lo superfluo, porque todas las cosas las ha hecho con peso y medida. Y con mayor razón Dios no falta en lo necesario en el orden de lo sobrenatural. En cada una de las formas de actividad que hay en nosotros, Dios proveyó: en el orden natural, con las facultades y los sentidos; en el orden sobrenatural con las virtudes y los Dones .
El Don de Consejo es el que está mas próximo a los Dones afectivos y el que dirige a los Dones de Temor de Dios, Fortaleza y Piedad.
La prudencia no es el conocimiento especulativo de las cosas, es la aplicación de los principios generales a los casos concretos para regirnos a nosotros mismos o regir a los demás. La prudencia dirige a las demás virtudes, les marca a cada una su oportunidad, su grado, su matiz, como debe emplearla el hombre y tiende a realizar una armonía maravillosa en nuestra vida . Pero tratándose de la vida divina; la prudencia humana, la prudencia sobrenatural misma, la prudencia virtud no seria suficiente para alcanzar la gloria.
Pero Dios que no falta en lo necesario, nos ha dado un Don por el cual el Espíritu Santo en persona, se convierte en nuestro guía y a la manera que el Arcángel San Rafael condujo a Tobias en su larga peregrinación, el Espíritu Santo nos guía por los complicados senderos de la vida hasta que alcancemos nuestra perfección en el Seno inefable de Dios. Esa prudencia superior y divina que es fruto de una moción del Espíritu Santo, se llama El Don de Consejo.
No es un prudencia que brota de las profundidades de nuestra inteligencia; es una prudencia que nos viene de arriba, de un Ser Superior, el Espíritu Santo nos la comunica. Su Consejo no es un consejo pasajero como los consejos humanos; por ella el Espíritu Santo nos guía de un modo divino, de una manera segura, sin timidez ni incertidumbre . La prudencia es regida por la razón, el Don de Consejo movido por el Espíritu Santo y la norma que lo rige es la razón eterna que es la norma de Dios.
Imaginémonos que nosotros pudiéramos entrar a la mente divina par descubrir en aquel espejo infinito de luz lo que conviene hacer en cada caso determinado, pudiéramos decir que nos asomamos a su inteligencia profunda e ilustrada, para encontrar allí la norma de lo que debemos hacer. Así es lo que pasa con el Don de Consejo: por el Espíritu Santo nos comunica lo que debemos hacer en cada momento de nuestra vida. Y es natural que cuando obramos bajo el régimen del Don de Consejo, nuestras acciones sean rápidas, seguras, audaces. Con que audacia, con que seguridad, con que rapidez proceden los santos, es que no les aconsejan los hombres, no siguen el dictamen de su propia razón, Dios ilumina sus espíritus y les marca el camino que deben seguir.
En este Don, como en todos, se dan grados. En el primer grado, el hombre acierta con rapidez, con seguridad en todo lo que es la Voluntad de Dios en las cosas necesarias para la vida espiritual y aun en las acciones comunes de nuestra vida que son regidas por la virtud de la prudencia, reciben el influjo y la dirección de otro arbitro sobrenatural mas excelente que es el Don de Consejo.
En el segundo grado, el Don de Consejo nos muestra el camino también en las cosas que no son absolutamente obligatorias, pero que son convenientísimas y utilísimas para llevarnos a Dios, como son las cosas de consejo.
Y en el tercer grado, el hombre como que se levanta de la tierra y vive en un mundo superior; la mano de Dios le guía y el hombre va caminado por los senderos que Nuestro Señor le marca. La mano de Dios las guía de una manera segura y llevan en su corazón la tranquilidad y la paz, porque llevan la luz, porque el Espíritu Santo las mueve, porque van, por decirlo así, bajo la sobra de sus alas caminado triunfalmente por los difíciles senderos de la vida, bajo la regla altísima de la Voluntad de Dios que ilumina sus espíritus y les marca el camino que han de llevarlos a la dulce eternidad.
EL DON DE CIENCIA
Si el orden natural es tan bello, tan perfecto, tan grandioso, sin duda mas bello, perfecto y grandioso es el orden sobrenatural, como es mas bella la estatua que el pedestal en que se coloca, como es mas rica joya que el joyel en que se engarza. Uno de los mas preciosos tesoros que poseemos es nuestro caudal intelectual, la ciencia que profundiza todos los fenómenos, todos los seres y les saca provecho, sobretodo en nuestra época.
Hay otra ciencia que es Don del Espíritu Santo que guía la inteligencia de aquellos que por vivir en gracia de Dios llevan a Dios en su alma y les hace comprender divinamente a las criaturas y valerse de ellas para elevarse hasta Dios. Las ciencias humanas dan a cada cosa su propio nombre, nos dicen cual es su naturaleza íntima sus propiedades, las leyes a que están sujetas. El Don de Ciencia da a las criaturas un nombre común: “ Reflejos de la Bondad divina “, “ Escalas luminosas para subir a Dios “.
Para el Don de Ciencia todas las criaturas son reflejos de Dios, de su Hermosura Celestial y. Al mismo tiempo medios adecuadisimos para vayamos a Dios.
Lo primero que hace el Don de Ciencia, es revelarnos, de una manera intuitiva, profunda, con una convicción irresistible la vanidad de las cosas. Pero que trabajo nos cuesta llegar a comprender la vanidad de las cosas, como nos deslumbran con su brillo, como nos atraen y nos encadenan con sus encantos, cuantas veces nos apartan de Dios. Buscamos la vanidad y amamos la mentira: el placer que nos envilece, el honor que nos embriaga, los bienes materiales que nos encadenan.
Es la vanidad que nos aprisiona, es la criatura que se posesiona de nuestro corazón, lo que nos aparta de Dios, el único que constituye la paz de nuestro corazón y la felicidad de nuestra vida. Tarde o temprano encontramos en la criatura el vacío y la amargura y parece que aquella experiencia bastaría para que volviéramos a Dios, pero no, volvemos a caer una y mil veces, y cuantas veces se necesitan muchos tropiezos y sobre todo una luz abundante de Dios, en una palabra, un acontecimiento que nos lleve a sentir de una manera viva la vanidad de las criaturas. Y solo entonces se realiza en nosotros esa transformación completa que en lenguaje cristiano se llama conversión. Esa súbita y profunda convicción de la vanidad de las cosas es el fruto del Don de Ciencia.
Cuando Dios llama a un alma a una perfección mas alta, el Don de Ciencia viene a producir de una manera mas honda y mas perfecta la convicción de la vanidad de las cosas de la tierra. Las criaturas han perdido su encanto porque el hombre ha sido arrancado de la vanidad de las criaturas para situarse en el camino recto y seguro que conduce a Dios.
Pero si es verdad que hay vanidad en las criaturas, también hay en ellas un destello divino; toda criatura es vana porque es deficiente, porque es limitada, porque nunca podrá llenar nuestro corazón; pero también en cualquier criatura, desde el mas excelso de los Serafines hasta el último átomo, hay un destello de Dios. Por eso dice el Génesis que cuando Dios contempló las cosas que había creado, vio que todas eran muy buenas, porque todas tienen un destello de Dios, porque todas llevan un reflejo de su bondad, porque en todas ellas se retrata en una forma mas o menos lejano, peros se retrata al fin, la hermosura del Creador.
Hay un santo que seguramente poseyó en abundancia el Don de Ciencia, fue San Francisco de Asís. El soñaba, como era propio de su época, ser un caballero nobilisimo. Dios le reveló la vanidad de las cosas de la tierra y entonces sintió la necesidad de despojarse de todo y desposarse con la dama pobreza. La primera etapa de la vida de San Francisco fue el desprecio de las cosas de la tierra. Después sus ojos se transformaron y vio a las cosas de una manera nueva. Las flores, las aves, el agua, el sol, todo tenia para Francisco un sentido divino, todas las criaturas le hablaban de Dios, y el sentía una honda, una inmensa, una extraña fraternidad con todas las criaturas, a todas las llamaba hermanas. La hermana agua, el hermano fuego, el hermano sol, el hermano lobo... El miraba a las criaturas con otros ojos, cada criatura era como un cristal purismo a través del cual contemplaba a Dios.
En los altos grados del Don de Ciencia, se llega a tener una visión del mundo semejante a aquella visión bellísima y profunda que ha de haber tenido Adán en el paraíso antes del pecado, cuando la naturaleza virgen acababa de salir de las manos omnipotentes del Creador llena de frescura y de belleza, cuando su espíritu estaba revestido de la Gracia y el Espíritu Santo lo movía por medio de sus Dones.
Y en la cumbre de este Don se encuentra el desprendimiento perfecto, la santa libertad de los hijos de Dios, la alegría hondísima de la pobreza, el gozo de la libertad de las almas que desprecian de modo definitivo a todas las criaturas y miran al mundo de una manera nueva, con una mirada divina.
Pero no podemos terminar sin apuntar otro efecto hermosísimo y al parecer extraño que produce en sus altos grados el Don de Ciencia. Las almas que lo poseen miran lo sufrimientos y la humillaciones de una manera nueva. Por el sufrimiento y por la humillación nos asemejamos a Jesucristo, y nada hay sobre la tierra tan divino como todo lo que atañe a Jesucristo y nos asemeja a El.
DON DE ENTENDIMIENTO
Hay palabras felices que expresan con admirable acierto lo que significan. Tal es la palabra entender en Latín, intus legere, que significa leer interiormente, penetrar. Y en verdad eso es entender, penetrar, penetrar en el interior de las cosas.
La luz de la razón nos hace penetrar en las cosas sensibles, pera ver, para captar lo interior, lo abstracto, lo inmaterial. La luz del Don de Entendimiento sirve para penetrar en lo interior de las verdades sobrenaturales y leer en lo interior, en lo profundo de ellas
El DON de Entendimiento nos hace penetrar las cosas divinas. Por el ahondamos en la profundidad de las verdades sobrenaturales, de los misterios cristianos, de los dogmas de nuestra fe.
¿Porque y como penetra el Don de Entendimiento en las verdades sobrenaturales?. Porque estamos unidos a Dios. Para tener este Don, como todos los demás Dones se necesita estar en gracia, tener la Caridad que es la raíz profunda de donde brotan como renuevos divinos los siete Dones del Espíritu Santo. Por la Caridad nos unimos con Dios, nos adherimos a El, y de esa unión intima y de esa adhesión firme, resulta un conocimiento como experimental.
Cada uno de los Dones une a Dios, nos une al Espíritu Santo como el Director, como el motor de nuestras almas; pero al mismo tiempo nos une a Dios como el objeto de nuestro amor. Y porque estamos adheridos a la Divinidad, por eso tenemos, si se me permite la expresión, el sentido de lo divino, los ojos iluminados del corazón, penetrantes y profundos, para leer en lo intimo de las verdades sobrenaturales.
¿ Como se hace esta admirable penetración ?.
Solamente en el cielo, cuando contemplemos a Dios cara a cara, y tengamos su Amor Beatifico, podremos comprender sin velos ni sombras la verdades divinas, Aquí en la tierra, bajo el régimen de los Dones, viviremos siempre en la semioscuridad de la Fe.
No podemos hablar de las cosas divinas, sino comparándolas con las cosas de este mundo, y aunque sabemos que las coas divinas esta por encima de las cosas humanas, nos servimos de imágenes, de símbolos de figuras sensibles para entenderlas. Así decimos que el Bautismo es un nuevo nacimiento, que el hombre vuelve a nacer, como le explicó Jesús a Nicodemo. “ Yo soy la Vid y vosotros los sarmientos “, decía también Jesucristo para explicarnos la unión estrecha que hay entre El y nosotros.
Pero hay el peligro de querer tomar a la letra esas figuras y esos símbolos y empequeñecer las cosas divinas. El Don de Entendimiento nos hace penetrar en esas figura y en los símbolos. El Espíritu Santo eleva a las almas a la contemplación, la luz bellísima de los que aman, y por medio de El y de su influjo, el alma tiene una mirada singular y profunda de Dios y de las cosas divinas.
Dondequiera que hay algo misterioso, el Don de Entendimiento nos lo hace comprender, siempre que sea, no una curiosidad, sino una cosa necesaria para nuestra salvación.
Se puede ocultar la substancia bajo los accidentes, como Jesús bajo el pan y el vino. También los conceptos, las verdades, se ocultan bajo las palabras. Cuantas veces el Don de Entendimiento nos hace descubrir el significado de una frase de la Escritura.
En las figuras y en los símbolos se ocultan las realidades. Jesús la Roca de donde brota el agua que da vida. Bajo lo visible se oculta lo invisible: El mundo material lleno de Dios. Bajo las causas se ocultan los efectos. Bajo esas cosas, al parecer sin trascendencia, se realizan verdaderos prodigios, como la justificación de un pecador, que Santo Tomas no vacila en decir que es una obra mas grande que la creación del mundo.
Pero no solamente se trata de un conocimiento intelectual, sino que el Don del Entendimiento al hacernos penetrar en la verdades sobrenaturales, tiene también que hacernos comprender lo relativo a nuestra vida practica, a las obras de amor y de caridad que debemos hacer para alcanzar la vida eterna.
En los acontecimientos humanos se esconden los designios providenciales de Dios. Por ahora solo podemos decir que están regidos por la divina, por la sapientísima providencia de Dios, allá en el cielo contemplaremos el sentido profundo de la historia humana y llenos de gratitud sabremos con la exactitud de un contador que hace balance de una negociación el porque de los acontecimientos humanos y el de nuestra propia historia.
Por el Don de Entendimiento, desde la tierra empezamos a penetrar en esas cosas ocultas que nos conducen a nuestra santificación y nos descubren en cuanto es posible en la tierra la armonía y belleza del orden sobrenatural: Las perfecciones de Dios, su justicia, su misericordia, su amor; nos hace comprender también, en cuanto es posible en el destierro, el anonadamiento del Verbo Encarnado en el misterio de la Encarnación, en su Pasión sacratísima, en su descenso al sepulcro, en le Eucaristía, en las almas.
Y aun la luz del Don de Entendimiento nos sirve para conocernos hondamente a nosotros mismos, y vislumbrar la profundidad de nuestra miseria. Iluminados por la luz de Dios, entonces sentimos nuestra pequeñez y miseria. Delante de Dios todos somos átomos pequeñisimos e insignificantes.
A este Don corresponde aquella Bienaventuranza: “ Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios “ . La limpieza de corazón y la paz que de ella emana, son como fruto y premio del Don de Entendimiento. Esta limpieza de nuestro espíritu es a las veces terrible. El Don de Entendimiento deja al alma en profunda desolación para limpiar los ojos del espíritu, para que pueda un día mirar a Dios.
! Señor que vea !. que del fondo de nuestra alma brote y se levante hasta el cielo esta plegaria intima pidiendo al Espíritu Santo ! Señor que yo vea !
DON DE SABIDURIA
Cuando una persona ama a otra y la trata con intimidad, con que facilidad comprende los sentimientos íntimos de la persona amada. Los que se aman, como que están el uno en el otro, como que llevan en lo intimo de su alma, en lo profundo de sus entrañas al ser amado.
El que se adhiere a Dios, es un solo espíritu con El, dice San Pablo, y como esta unión es mas íntima que todas las uniones que se pueden tener en la tierra, es natural que esa unión con Dios nos haga penetrar como por dulce experiencia, las cosas divinas.
Nosotros, conocemos con cierta connaturalidad y por una experiencia intima las cosas divinas porque por la Caridad estamos íntimamente unidos a Dios. Experimentar las cosas divinas, gustarlas en lo intimo de nuestro corazón y por ese gusto y experiencia juzgar de todas las cosas, tal es lo que realiza en nuestra alma el Don de Sabiduría.
El que ama se asemeja la cosa amada, el que conoce, adapta la cosa conocida a su propio ser. Por eso cuando amos las cosas inferiores nos envilecemos. Por eso es mejor amar a Dios que conocerlo. Por la Caridad, el don mas rico que humos recibido de Dios después de la gracia, nos unimos a Dios como el objeto de nuestro amor.
Por el Don de Sabiduría, que tiene estrechísima relación con la Caridad, que brota de la Caridad y conduce a ella, conoce porque ama, ve las cosas a lo divino, como las ve Dios porque la caridad nos ha unido estrechamente con El, porque nos hemos adherido a El y formamos con El un solo espíritu.
El vastisimo campo del Don de Sabiduría abarca todas las cosas que abarca la Fe, las cosas divinas y las cosas humanas que caen bajo la Fe, pero su objeto propio, su objeto primario, es Dios, los ojos de la Sabiduría se hunden en Dios por la contemplación. Y porque contemplan lo divino descubren todas las cosas que deben conocer en el orden sobrenatural.
Este Don de Sabiduría es el superior de todos los Dones y a todos los dirige, es un Don altísimo, por el nuestra alma se eleva a lo más alto que se puede subir; es, pudiéramos decir el Don de los santos, no porque solamente ellos lo tengan porque desde el día de nuestro Bautismo poseemos todos los Dones; pero aunque los tengamos, no alcanzan su perfecto desarrollo por nuestra culpa o al menos por nuestro descuido.
Este Don produce en nosotros la semejanza, por decirlo así mas perfecta con Jesucristo. Cuando este Don alcanza en el alma su perfecto desarrollo, entonces el alma tiene la imagen de Jesús
Efectos del Don de Sabiduría:
En su primer grado nos hace adherirnos a Dios, y por ello tener un juicio recto, una rectitud sobrenatural para juzgar de las cosas divinas y al mismo tiempo disponemos de normas divinas para arreglar nuestras acciones y operaciones.
En su segundo grado nos hace tener un gusto, un sabor especial por las cosas divinas. Y por la suavidad y el gusto que experimentamos en las cosas divinas llegamos a despreciar las satisfacciones humanas. Nos hace conocer los tesoros del dolor y nos hace sentir un vivisimo deseo de el.
En su tercer grado, el alma vive una vida celestial, comienza a gustar las delicias del Amado. Jesús es miel a sus labios, melodía a los oídos, jubilo al corazón. Comienza a contemplar desde esta vida algo de Dios y mira todas las cosas desde la excelsa perspectiva de Dios.
Cuando este Don alcanza su perfecto desarrollo, produce en nosotros la mas excelsa semejanza de Jesús. Contemplando a cara descubierta la gloria de Dios nos vamos transformando en su imagen de claridad en claridad. Entonces el alma tiene la imagen de Jesús. Esa imagen es La Sabiduría Creada, trasunto de la Sabiduría Infinita, como la Caridad es trasunto del Espíritu Santo.
Por eso la séptima bienaventuranza es fruto del Don de Sabiduría. “Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán hijos de Dios”
Los que poseen el Don de Sabiduría en su perfección son los pacíficos y ellos son hijos de Dios porque tiene la imagen más perfecta del Hijo de Dios, tienen la adopción perfecta, la filiación consumada, porque la Sabiduría a grabado en su alma la imagen mas perfecta que pueda tenerse sobre la tierra del Hijo de Dios. Esta paz la produce el Don de Sabiduría. Esa mirada divina con que se contempla todo el mundo produce en nuestra alma una paz que esta por encima de toda paz humana, una paz profunda una paz inquebrantable.
LOS MEDIOS PARA ACRECENTAR ESOS DONES:
Habiendo terminado de recorrer los Dones del Espíritu Santo sin duda nos preguntaremos: ¿que puedo hacer de mi parte para alcanzarlos?.
El trabajo que debemos emprender consiste básicamente en nuestra purificación y unión con Dios, ¿pero como ?: La humildad y el sacrificio nos preparan a recibir sus Dones; La oración y las Virtudes Teologales nos unen con Dios.
Muy amplia tendrá que ser nuestra purificación: primero, claro esta, de todo pecado mortal que nos separa radicalmente del amor a Dios, después de todo pecado venial deliberado que la debilita, y finalmente de todo lo que no es Dios: Afectos desordenados, mundo, apegos materiales y aun de los espirituales en que nos buscamos a nosotros mismos..
La Unión con Dios es un regalo gratuito que recibimos el día de nuestro Bautismo y la acrecentamos de muchas maneras: mediante la oración que nos acerca a Dios, la Palabra de Dios que engendra las virtudes y fecunda los Dones, la Eucaristía que nos da a Jesús, los sacramentos que nos dan la gracia , la vida Litúrgica con que honramos a Dios, y el ejercicio de la Virtudes Teologales que nos ponen en contacto directo con Dios. El Corazón Sagrado de Jesús, Maria, el amor al Espíritu Santo, el amor al Padre, a su Santisma Voluntad, a La Cruz.
LA ORACION.
Orar es acercarnos a Dios con profundo respeto, ciertamente, pero con la confianza de un hijo con el mejor de los padres, decirle todo lo que llevamos en el corazón, sin dejar nada ahí como se derrama el corazón en el corazón de un amigo.
Pero, ¿como podemos ponernos en contacto con el Dios que no vemos?, ¿como podemos confiar en El?, como podremos amarlo sin aquellas virtudes sobrenaturales que recibimos como regalo en nuestro Bautismo y son la fe la esperanza y la caridad.
Las otras virtudes nos preparan, nos quitan los obstáculos para unirnos a Dios, y por eso es tan necesario practicarlas, pero las que verdaderamente nos ponen en contacto intimo con El son las virtudes Teologales.
Para conocer a Jesús son necesarias esas miradas intimas de la fe. Para imitar a nuestro Señor y modelarnos según sus sentimientos se necesita vivir con El para que nos contagie de sus gustos, de sus virtudes, es también indispensable unirnos a El por el amor para que poco a poco nos vayamos haciendo como El. Solo la fe es la que descubre a Dios. La única manera de ver a Dios es con la fe, con los ojos iluminados del corazón, que en el fondo viene a ser lo mismo: Los ojos de la fe perfeccionados por los Dones del Espíritu Santo que derrama su luz y ahora vemos cosas que antes ni sospechábamos.
En la oración debemos verlo con la fe, desearlo con la esperanza, amarlo con la caridad, de manera que es preciso ejercitarnos primero en estas tres virtudes Teologales. Cuando por medio de las tres virtudes nos hemos acercado a Dios, nuestro trato con El viene a hacerse mas perfecto, mas dulce, mas completo por el influjo de los Dones del Espíritu Santo que vienen a completar la obra; a imprimir a la fe, a la esperanza y a la caridad una forma nueva.
Esa confianza dulcisima que a veces sentimos en Dios ¿ de donde viene sino del Espíritu Santo y sus Dones ?. Ese amor tierno y abnegado que sentimos arder en nuestro corazón ¿ quien lo pone ahí , sino el Espíritu Santo ?. Pero para que el Espíritu Santo venga y tome por su cuenta nuestra oración, se necesitan ciertas condiciones: La primera es que nos preparemos para ello. Como que Dios se complace en nuestros pobres esfuerzos y quiere que pongamos algo de nuestra parte.
La segunda es prestarnos, dejarnos hacer. Porque muchas veces Dios quiere hacer algo en nosotros y no le queremos dar entrada, como si El no fuera el dueño de nuestra vida, como si a nosotros nos tocara señalarle el tiempo de sus opereciónes.
Tengamos claro, que si somos fieles, tarde o temprano el Espíritu Santo tomara por su cuenta nuestra oración y con la luz de sus Dones nos hará ver a Dios, elevará nuestra esperanza para que confiemos en El, y nuestra caridad para que lo amemos de una manera nueva., con el fuego del amor que El enciende y que transforma nuestro corazón a la manera del suyo.
LA FE
“La fe es como el crisol del hombre, una prueba que Dios le ha puesto como su soberano que es, para que rinda su juicio ante la palabra de Dios, y así, honre a la Divinidad”.
La sagrada Escritura repite en muchas ocasiones que el justo vive de la fe, y en efecto, la vida espiritual es vida sobrenatural, es vida de fe.
Y realmente la fe es base y fundamento de la vida espiritual, como lo enseña Santo Tomas de Aquino. No hay virtud que no tome su sabia de la fe; la fe nos descubre la hermosura de Dios y enciende en nuestros corazones su amor, es el principio de la oración, de la contemplación, de la vida interior. Mirando así a Jesús aprenderemos de El mejor que en cualquier tratado de virtudes.
En el cielo vamos a tener otra luz, la luz de la gloria, sin imperfecciones, sin eclipses, con esplendores celestiales y eternos. Pero mientras llega para nosotros ese día, tenemos que caminar en este mundo con la luz de la fe; no hay otra manera de contemplar el cielo y de conocer las cosas divinas.
Seguramente que esta luz se hace mas viva, mas clara y penetrante cuando la acompañan los Dones del Espíritu Santo. Los Dones de sabiduría, entendimiento y ciencia vienen a perfeccionar la luz de la fe, a hacerla clarísima, penetrante, dulce y amorosa pero al fin y al cabo tiene que basarse siempre en la luz de la fe.
La fe, como dice San Pablo, nos da la sustancia de todo lo que esperamos en la eternidad. ¿Que es lo que los bienaventurados contemplan en el cielo y lo que constituye su felicidad?.
Ven a Dios Padre Todopoderoso, y a Jesucristo su único Hijo... y todo lo demás que nos enseña “el Credo” y eso que ven, nosotros lo conocemos ya; en medio de sombras, sin duda, pero ya poseemos la sustancia de lo que esperamos.
Tiene todavía otra prerrogativa la fe; no solo es firmísima como nos enseña el Apóstol San Pablo, no solo abarca todos los secretos de Dios, nunca falta, es una luz que nunca se apaga si nosotros no la apagamos voluntariamente en nuestro corazón. Ni siquiera el pecado mortal la arranca de nuestro corazón. Solo que voluntariamente la queramos extinguir se apagará en nuestro corazón.
Cristo habita en nosotros por la fe y correlativamente nosotros, por la fe, también habitamos en el Corazón de Cristo. Pero si la avivamos y desarrollamos en nuestro corazón nos hará entrar en la intimidad de Nuestro Señor, porque nos descubrirá los secretos de su alma.
Pero la fe, como todo lo que se recibe en nuestro espíritu, es como una semilla que se necesita cultivar. ¡Que diferencia hay, por ejemplo, entre la fe de un santo y la fe de uno de esos católicos que apenas conservan su religión!. Y sin embargo los dos tiene la misma fe; sino que este último la tiene únicamente en germen, mientras que el santo la ha cultivado, la ha desarrollado, la ha hecho florecer.
Por consiguiente, uno de los principales trabajos en el orden espiritual es hacer que la fe produzca en nosotros sus frutos, con la seguridad de que florecerán en nuestra alma todas las virtudes porque esta escrito: “el justo vive de la fe”.
¿ Como se cultiva la fe?. Desde luego, como toda virtud, le fe se desarrolla y crece practicándola principalmente en nuestras relaciones intimas con Dios: Yo creo que Jesús está en el sagrario, no lo veo, no lo oigo, no lo siento, no encuentro indicio alguno de su presencia soberana, que importa, la fe me dice que allí esta, y la fe me basta.
Hay que aprender ha vivir una vida de fe oscura. Nuestra oración no debe depender ni de la aridez, ni de el consuelo, esos son accidentes, cosas que Dios nos envía y que debemos recibir como El nos los mande. Ejercitemos la fe en nuestra vida interior; vivamos la fe lo mismo en las desolaciones que en los consuelos, y veremos como nuestra vida espiritual se estabiliza.
La segunda manera de hacer que nuestra fe se robustezca y crezca en nuestra alma es hacer que esta fe influya en nuestros actos: ya sea que comamos, ya sea que bebamos, ya sea que hagamos cualquier cosa, lo hagamos influidos por la fuerza vital y divina de la fe. Antes dije: no bajemos del plano sobrenatural, ahora digo: subamos todo a aquel plano, de suerte que la fe influya en toda nuestra vida.
Cuando los Dones han comenzado a ejercer su influjo en nuestras almas, la fe se hace cada día mas viva llenándose de amor. Lo que ya sabíamos un día se ilumina, se llena de vida, no sabemos como, porque lo que sucedió es que Jesús nos enseño sin palabras, cambio nuestros sentimientos y de pronto surgió uno nuevo, una operación intima del Espíritu Santo se ha realizado en nuestro corazón.
LA ESPERANZA
La esperanza es una virtud que eleva, que hace poner la vista del alma en lo divino, que no ve, pero que está seguro de alcanzar. Es virtud que implica confianza, que se apoya en el cielo. Es la virtud del que sufre, que infunde en el alma la certeza de la bondad divina y la arroja a la confianza y la tranquiliza. Es una virtud que da valor, hambre y sed de lo divino.
Íntimamente unida con la virtud de la fe está la esperanza que es como su complemento natural. Y es comprensible que así sea, porque la fe nos descubre las cosas celestiales, pero este mundo divino sería para nosotros un tormento si no tuviéramos la seguridad plena de que un día entraremos en el y gozaremos de la felicidad que en medio de las sombras se nos descubre.
Ahora bien, la esperanza es la que nos da la santa seguridad de que todos esos tesoros serán nuestros y en parte ya lo son.
La esperanza es poco conocida, poco cultivada, porque no nos damos cuenta de su necesidad, de su importancia, y sin embargo es una de las tres Virtudes Teologales, es decir de las mas excelentes de todas las virtudes, absolutamente indispensable para nuestra santificación.
El sentimiento fundamental de nuestro corazón, verdaderamente imprescindible, es el deseo de nuestra felicidad. Forzosamente, necesariamente deseamos ser felices. Por eso la doctrina que quiere prescindir del deseo de nuestra felicidad no es humana e ignora completamente nuestra psicología.
Prescindir de la felicidad tampoco es divino. Nuestro Señor siempre pone delante de nuestros ojos la recompensa de todos nuestros esfuerzos, de todos nuestros sacrificios que es El mismo. Por eso a Abraham le decía: “Yo mismo seré tu recompensa grande en exceso” .
Por eso es indispensable en la vida cristiana la esperanza, porque la esperanza tiene por objeto nuestra felicidad, por eso es una de las virtudes teologales, porque nuestra felicidad es Dios.
La fe nos da a conocer a Dios; la esperanza nos lo hace poseer anticipadamente, en cuanto nos da la seguridad de poseerlo, puesto que tenemos la seguridad de unirnos a El apoyándonos en su omnipotencia, en su bondad y en sus promesa que jamás podrán dejarse de cumplir.
Consideremos también el influjo que la esperanza tiene en nuestra vida espiritual: produce en nosotros la fuerza, el vigor, el entusiasmo, la audacia. Con razón afirmo el Papa Pío XI que el optimismo cristiano está íntimamente ligado con la virtud de la esperanza.
También el dolor esta íntimamente relacionado con la esperanza. La esperanza nos da la fuerza necesaria para soportar el dolor, y a su vez el dolor aviva la esperanza. Cada lagrima que cae de nuestros ojos, cada gota de amargura que cae en nuestro corazón, es un paso mas que damos hacia la felicidad, un nuevo titulo que tenemos a la esperanza.
Pero tengamos muy en cuenta que la esperanza no se funda absolutamente para nada en nosotros mismos. Es una virtud teologal que supone y supera nuestra miseria. Esperamos a Dios y esperamos en Dios. El apoyo de nuestra esperanza es la omnipotencia de Dios y su bondad que puede y quiere ayudarnos. Que nos ha hecho la promesa de hacerlo y su promesas fielísimas no dejarán de cumplirse jamás.
Que soy muy pequeño. - Si, pero Dios es la fortaleza misma. Que estoy lleno de miseria. - Si, pero Dios está lleno de misericordia. Que no puedo dar un paso. - Si pero Dios puede llevarme en un instante a donde quiera. No, la esperanza nos e basa en nosotros, si en nosotros se apoyara, motivo sobrado habría par desesperarnos. Pero no se apoya en nosotros sino en Dios porque es una virtud teologal. Si dejamos de mirarnos a nosotros mismos y volviéramos nuestros ojos a Dios, se acabarían los desalientos.
Sus promesas nos se basan en nosotros, sino en EL. Pero no podemos esperar lo que Dios no ha prometido, por ejemplo no podemos esperar que Dios nos de la virtud de hacer un milagro, sencillamente porque Dios no nos ha prometido el poder de hacer milagros, pero si podemos esperar nuestra salvación, porque eso si nos la ha prometido. Tampoco podemos esperar salvarnos sin hacer nada absolutamente por nuestra salvación, porque estamos esperando una cosa que Dios no nos ha prometido. Pero en lo que Dios si nos ha prometido debemos esperar siempre “ contra toda esperanza “. A pesar de nuestras miserias el encontrará la manera de cumplir su promesas. Aunque “nos haga perseverar” para mas premiarnos, lo que Dios promete es como si ya lo tuviéramos en la mano porque sus promesas nunca fallan.
LA CARIDAD
Y la Caridad es la que enlaza la fe y la esperanza, ama ciegamente y ama conscientemente, pero con locura divina, con abandono santo, con donación absoluta y con plena voluntad.
La caridad se extiende a todo, lo espera todo, lo cree todo de Dios a quien sirve, a quien posee, a quien pertenece, de quien depende, a quien ama y amará, en el dolor y en el gozo, hasta perderse en piélago insondable del amor. Dios nos ama, Dios te ama, Dios me ama. Se ve en nosotros, ama todo lo divino que ha puesto en nosotros. Nos prepara una participación de su misma felicidad. El gozo del Señor es su seno infinito. Allá tenemos que llegar, nada mas nos puede saciar. De ahí no nos apartaremos jamás, eternamente viviremos en ese seno amorosísimo.
En Jesús hemos recibido la condición de hijos, en Jesús mismo debemos llegar hasta las profundidades de su divinidad para encontrar el verdadero descanso de nuestras almas, porque nuestra verdadera vida está en el seno de Dios. Nuestra verdadera vida esta en Dios con Jesucristo, porque sin El nunca podríamos entrar en el seno divino. Para eso bajó a las profundidades de nuestra miseria, para unirnos a su persona, para hacernos una sola cosa con El, y así por El, con El, y en El ser hijos adoptivos del Padre.
El amor es la explicación de todo lo que hay en Dios. Pero es preciso comprender que nuestra entrada en el seno de Dios no es cosa reservada para eternidad. Aquí mismo en el destierro podemos y debemos vivir en ese seno amorosísimo. El amor de Dios en el Corazón de Jesús es el amor que desciende desde las alturas de la Divinidad, y que viene y establece su morada en nuestra pobre naturaleza, y se manifiesta a nosotros al modo humano, sin perder su grandeza y su inmensidad
El verdadero fondo de nuestra Vida Cristiana, ahora, aquí en la tierra, consiste en nuestras intimas relaciones con las tres divinas personas de la Santísima Trinidad: Con el Padre tierno majestuoso en cuyos brazos nos arrojamos confiados, sin temor, seguros de su amor infinito. Con Jesús el Verbo d Dios, nuestro hermano, nuestro amigo, nuestro todo con quien tenemos relaciones estrechísimas pues se digno tomar nuestra naturaleza humana para redimirla. Con el Espíritu Santo, Amor infinito de Dios que se ha hecho nuestro espíritu, que nos ampara con su amor, nos impulsa con sus santas inspiraciones y nos enlaza con el Padre y con el Hijo.
Nuestra vida cristiana no puede ser otra cosa que luz, amor y fecundidad, porque es la vida de Dios. Para penetrar en el misterio de Jesús, para descubrir que nos ama a todos, que nos ama siempre, que nos amo hasta bajar del cielo, hasta hundirse en nuestra nada y cargar nuestra miseria, es indispensable que estemos enraizados y fundados en la caridad.
El amor humano esta lleno de deficiencias, es efímero, vacilante, egoísta, estéril. Pero en Nuestro Señor no, ahí el amor es lo que debe ser: Es un amor misericordioso que sabe perdonar y olvidar, que desciende hasta las profundidades, hasta los abismos para levantar al que se ha hundido en el cieno y levantarlo a las alturas. Es un amor abnegadismo, un amor que se transforma en dolor, delicado y tierno mas que el de una madre. Es un amor apasionado, ardiente, como jamas se había visto en la tierra que no se puede pagar sino con amor.
La vida cristiana, la vida de perfección, la vida de unión con Jesús, la vida nueva que Jesús nos trajo es la caridad que se funda en la gracia. Todas las virtudes están enlazadas entre si, pero de todas la mas excelente, la que les da vida a las demás es la caridad. La caridad es, por decirlo así, la virtud especifica de la unión con Dios. Todo el que tenga la caridad en su corazón ya puede entrar en Jesús, ser miembro vivo de su Cuerpo Místico, pero para penetrar en hasta el fondo de su ser, entrar en las profundidades de su misterio, tener los mismos sentimientos que El, llegar a una intimidad tal con El que poseamos todos sus secretos, que ardamos en el mismo fuego , que podamos participar de sus dolores y consolarlo de ellos con amor , y amar de una manera eficaz y activa al prójimo, es necesario tener el alma llana de caridad, vivir de amor, de amor a Dios, de amor al prójimo; pero de ese amor nuevo, de ese amor perfecto que se llama caridad, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones.
Claro esta que para amarnos Dios no necesita nada humano; pero para sentir las caricias divinas, nosotros si necesitamos de Jesús. El día que nuestro amor llegue a su madurez, entonces nuestro corazón se fusionará con el Corazón de Cristo, entonces tendremos sus mismos sentimientos, entonces se realizará en nosotros perfectamente las palabras de San Pablo: “ sentid como siente Cristo”. Todo nuestro empeño debe ser acrecentar en nuestra alma esa virtud divina: La caridad; amar a Dios más y más cada día y amar a nuestro prójimo cada vez con una perfección mayor.
La caridad vino del cielo para acompañarnos en nuestra peregrinación y luego nos ha de acompañar eternamente, porque vivirá en nuestro corazón en el cielo en el mismo grado en que hayamos amado en la tierra. La medida de nuestra felicidad, la visón beatífica, de que gozaremos para siempre, es la medida de la caridad que llevemos en el alma en el momento de nuestra entrada al cielo. Allí en el seno de Dios está nuestro destino, allí glorificaremos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo a quien se debe todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
COMO SABEMOS QUE LO AMAMOS
¿Queremos saber cuanto amamos a Dios?. Veamos cuanto amamos al prójimo. Una señal inequívoca, un indicio seguro, una verdadera radiografía de nuestra caridad es el amor al prójimo. El prójimo tan lleno de miserias y deficiencias, aveces el polo opuesto de Jesús, tan lleno de defectos que por grande que sea nuestra caridad, naturalmente sentimos repugnancia al tratarnos los unos con los otros. Este prójimo tiene la imagen de Dios en el fondo de su alma, y el mismo pecado la ha dejado integra, no la ha tocado. Este prójimo tiene la huella de la sangre de Cristo, con la que fue redimido. Este prójimo es por el bautismo, miembro del cuerpo místico, miembro seco si se quiere, sin vida, pero miembro al fin, que puede recuperar la vida y volverse lozano y vigoroso.
Una joya no pierde su valor porque halla caído en el cieno. Un alma que peca mortalmente es una joya que cae en el cieno pero no pierde su valor porque no pierde la imagen de Dios, la huella de la sangre de Nuestro Señor, porque queda misteriosamente unida a Cristo por su carácter Bautismal y por su fe. Es algo divino que ha caído y precisamente el amor a Jesús en aquel miembro suyo caído en el cieno, me ha de hacer capaz de todos los sacrificios para salvarlo. Por el hecho de estar íntimamente unido con Jesús se hace digno de ser amado.
¿Como hemos de amar al prójimo? - Como nos ama Jesús. ¿Como nos ama Jesús? - haciéndonos el bien.
Pero hay un punto muy importante, algo que es esencial a la caridad de Cristo y que, por consiguiente no puede faltar en la nuestra. Amar es querer el bien para alguno, y según el bien que queremos así es nuestro amor. Si queremos un bien natural, nuestro amor será natural; si queremos un bien sobrenatural, también nuestro amor será sobrenatural.
Dios quiere para nosotros todo genero de bienes, pero todo están coordinados con un bien supremo. En tanto una cosa es bien en cuanto se relaciona con el bien supremo. De manera que si Dios quiere para nosotros bienes de la tierra como salud, fortuna, afectos etc., solo los quiere en cuanto estén encadenados con nuestro bien supremo.
Sin duda que debemos querer para el prójimo los bienes temporales, pero no podemos olvidar su verdadero bien. De aquí que la caridad para con el prójimo sea el celo por su salvación. El bien que deseamos al prójimo es este: Que entre en el misterios de Cristo, que se santifique, que se una con Jesús, y a un mismo tiempo, que el cuerpo de Cristo se edifique, se dilate por todas partes, que llene el mundo, que llegue a la plenitud de su edad.
De manera que el bien del prójimo y el bien de Jesús se confunden, porque Jesús y las almas están perfectamente unidas en maravillosa unidad. Notémoslo bien: Para comprender cualquiera de las virtudes cristianas, de los misterios de la Iglesia es absolutamente indispensable comprender el misterio de Cristo.
Vista desde el Corazón de Jesús, la caridad al prójimo no es mas que una expansión del amor que le tenemos a nuestro Señor. La caridad para con el prójimo, íntimamente unida a la caridad par con Dios, se convierte en celo por la salvación de las almas. Amar al prójimo es amar a Jesucristo. Tener celo por la salvación de las almas es consolar a Jesús.
Vivir en el Corazón de Jesús, es pues, vivir de amor, es entregarle a nuestro Señor el corazón entero y después vivir nuestra donación convirtiendo todas nuestras acciones en amor, que llenemos todos los momentos de nuestra vida de amor.
AMOR Y SACRIFICIO.
Sabemos que en el amor a Dios esta la felicidad, y sin embargo cuantas vacilaciones, cuantas reservas para entregarnos de lleno al amor. No podríamos explicar este fenómeno si no conociéramos nuestra fragilidad y miseria. Para amar necesitamos hacer esfuerzos, arrojar de nuestro corazón todos los huéspedes extraños, - y sobretodo - a nosotros mismos. No queremos sacrificarnos porque pensamos que si nos sacrificamos perdemos nuestra felicidad, y sin embargo sucede todo lo contrario.
Nuestro corazón necesita amar; lo necesita con la necesidad apremiante con que nuestros pulmones necesitan respirar. Pero lo único que debemos amar es Dios porque solo el amor infinito es el único que puede satisfacer el ansia de amor que llevamos en el corazón. Pero hay otro motivo si se quiere mas poderoso que nuestro deseo de amar; los deseos de Jesús , los anhelos ardientes de su corazón.
No sabemos hasta que punto Jesús esta sediento de nuestro amor. No se pueden comparar los deseos de amar a Dios que los mas grandes santos han experimentado de amar a Dios, a los deseos que Jesús siente de que lo amemos. Por una razón sencillisima: porque nos ama, Porque nos ama con un amor apasionado, infinito, El amor que no desea el amor del ser amado, no es amor. Si Jesús nos ama, tiene deseos de nuestro amor, y si su amor es inmenso, quiere decir que esta sed es también inmensa, ardorosa, aprémiente.
Si todos nuestros bienes están en el amor, si lo necesitamos de una manera apremiante, puesto que el día en que encontremos al amor habremos encontrado la felicidad, es preciso que de una vez para siempre nos entreguemos a su amor. Es preciso querer con una voluntad enérgica, varonil, decisiva, que es la que triunfa. Es preciso que vengan sobre nosotros todo genero de cruces. Si es necesario arrancar, arranquemos; si es preciso quemar, quememos; si es necesario vaciar nuestro corazón, vaciémoslo. Todos los sacrificios nada son, nada valen en comparación con el don divino del amor. Si para conquistar ese don celestial fuera preciso quemarnos en una parrilla como San Lorenzo, habríamos comprado barato el amor.
TOMAR LA CRUZ
Para hacer el bien a las almas el gran medio es el sacrificio, porque el sacrifico es el complemento natural del amor porque fue elegido, muy de propósito por Jesucristo para realizar sus designios y cumplir su misión.
El gozo de que todas las almas se unieran a El, de que su Cuerpo Místico se completara; el gozo de entregar al Padre una humanidad regenerada que, mediante El, se uniera a la Trinidad Santísima por toda una eternidad, le hicieron abrazar a la humanidad y redimirla al precio atroz de la Cruz.
De manera que para que se consumara el misterio de Cristo, de que todos los hombres formen con El una sola cosa y así encuentren su felicidad y glorifiquen al Padre, el medio elegido fue la Cruz.
Jesús había hecho maravillas en su vida mortal, pero todas ellas debían recibir su complemento, su perfección, su vida en el Calvario. De sus llagas abiertas, de su pecho destrozado, del inmenso dolor de su alma, de la santa eficacia de su sangre, broto la vida, la verdadera, la eterna.
Jesús se ofreció por el Espíritu Santo, se ofreció inmaculado y se ofreció en medio de inmensos dolores al Padre celestial. Si para conseguir ese gozo, nuestro Señor eligió un instrumento especial, la Cruz, no tenemos que andar buscando otros instrumentos para ayudarle a realizar su empresa.
Esta empresa no está aún consumada: se consumará cuando el tiempo termine, cuando el último elegido se una con Cristo.
La única víctima agradable al Padre es Jesús, pero por El, con El y en El podemos y debemos inmolarnos. Todo cristiano necesita llevar forzosamente una cruz, esa cruz será pequeña para los principiantes e ira creciendo a medida que el avance en la perfección pero no puede faltar. En las primeras etapas de la vida espiritual tenemos que cargar las cruces que nos purifiquen, que nos iluminen, que nos aparten del pecado; pero cuando nuestra vida cristiana se ha convertido en amor se hace imposible amar a Jesús sin sufrir. La cruz que une es indispensable para nuestra unión con Dios. ¿y cual es la última, la definitiva, la mejor, la más pesada? : La Cruz interna del Corazón de Jesús.
Si pudiéramos penetrar en su corazón, veríamos que hay se enlazan de una manera intima y misteriosa el amor y el dolor. Ese Corazón es un océano de amor y un océano de dolor y para encontrar en el la dulzura del amor es necesario pasar por la amargura del dolor fecundo, del dolor que redime, que brota del Corazón de Jesús y se convierte en raudales de gracia y de pureza que vivifican al mundo. Pues bien, las almas que se asemejan a Jesús, que se transforman en El, también participan un poco de estos dolores fecundos de estos dolores redentores. Y podemos consolarlo uniendo con sus dolores íntimos nuestros dolores por pequeños e insignificantes que sean. El hace preciosos y en cierto modo divinos nuestros mas pequeños sufrimientos.
Las almas transformadas en Jesús crucificado, nos solo lo reproducen participando de sus dolores y renovando su inefable amor sacerdotal. Las almas sacerdotales deben ofrecerse por el Espíritu Santo, deben ser inmoladas a semejanza de Jesús y deben sufrir con El para gloria del Padre. Dios las elige para dar al mundo por su conducto la última lección de Jesús: la santa, la fecunda, la transformadora lección del Calvario. Pero esta lección de la cruz solo es eficaz cuando es viviente: Inmolar a Jesús es inmolarnos a nosotros mismos, pero transformados en Jesús.
¿Y como nos transforma? Despedazándonos, triturándolos, porque para transformarnos en Jesús es necesario purificarnos de todo lo vicioso e imperfecto, porque el fin de esa transformación es prolongar su sacrificio. El dolor graba en el alma los rasgos sangrientos de Jesús sacrificado, preparando la unión y Jesús hace suyos los dolores, las penas del alma, imprimiendo en ellos la eficacia, fecundidad y valor divinos porque los hace suyos y así perpetua su sacrificio en su cuerpo místico.
LA EUCARISTÍA
Están tan unidas entre si la Eucaristía y la Cruz, el amor y el dolor, que nada puede separarlos. "Yo mismo me crucifico aquí en todos los momentos, místicamente, y la sangre del Calvario es la del Altar, y el Cuerpo ofrecido como Víctima en la Cruz, es la oblación del Sacrificio Eucarístico". Dice Jesús a su Sierva Conchita. "Mira hija: están tan unidas entre si la Eucaristía y la Cruz, el amor y el dolor, que nada puede separarlos".
"Cuando me recibes, recibes la substancia y las mismas Personas de la Santísima Trinidad, las tres personas forman una sola substancia, y esta substancia es la divinidad, es Dios". " Al comunicarnos por los Sacramentos al alma le comunicamos la misma substancia divina, y, es tan intima esta comunicación, que transformamos al alma en nuestra propia substancia cuando ella está con las disposiciones debidas". Con este Sacramento el alma se diviniza y tiende a su centro Dios. Sele hace una misma cosa con El, como dos flamas que juntas forman una sola flama sin poderse apartar.
" Cierto que mi Carne Purísima y mi Cuerpo Santísimo alimenta al alma que lo recibe, que su contacto divino borra todas sus venialidades e imperfecciones, pero la Divinidad es la que obra en el alma los santos efectos de la gracia en la Eucaristía; la fecundación del Padre es la que opera dándome a Mi, y transformando en Mi. El mundo no penetra la alteza de este misterio de amor, no comprende su inmenso valor pues encierra la unión más perfecta del alma con Dios. " Es la Encarnación perpetua en las almas".
"En la comunión se le da al creatura mi Alma, mi Cuerpo, mi Divinidad indivisible, una con la del Padre y el Espíritu Santo, en esa divinidad, digo, también recibe el alma a esas Divinas Personas, a la Trinidad en su fecundación eterna, y en la del Verbo hecho carne". En la Cruz y en la Eucaristía se encuentra la escuela de los santos. Ahí se enseña al alma, aquí se aprende..., Ahí se sufre, y aquí se ama..., Ahí se retira el alma de la tierra y aquí se acerca al cielo..., Ahí se prueba y aquí se premia..., Ahí se purifica y aquí se santifica..., Ahí se muere para resucitar y vivir aquí ...
La Cruz divinizada por el Hijo es el solo y único escalón para subir al amor de Caridad. "Y en la Comunión por el efecto real y positivo del Sacramento donde se recibe mi Cuerpo, Alma y Divinidad y con Ella el Espíritu Santo mismo se introduce en cada feliz alma que me recibe".
"Yo soy el soberano medio del Padre en donde toda gracia se derrama por el Espíritu Santo. Yo soy el conducto para ir al Padre y por el que el Padre se comunica. Y aquí me tienes en la Eucaristía cerca de ti, que sin dejar de ser Dios, soy hombre, soy tu Jesús que te pide amor, que por eso vine a la tierra, para traer Amor Divino y para llevar amor divinizado".
"Ama y sufre, hija, padece y ama. No te apartes de la Cruz ni de la Eucaristía. Lleva a las almas especialmente a las que te he encomendado su perfección, a estos dos puntos capitales, que quien de ello se abraza, será santo. Enseña las riquezas del dolor, del sacrificio paciente, de la crucifixión voluntaria, del holocausto viviente, es decir, los tesoros de la Cruz. Pero enseña también donde está la clave de la fortaleza, el amor infinito, la manifestación mas grande de la ternura de Dios, la Eucaristía.
El CORAZÓN DE JESUS.
San Buenaventura exclamaba: ! Oh que bueno y que jubiloso es habitar en este Corazón !.
La vida espiritual es una vida de íntima unión con Jesús, en la que debemos escuchar su palabra, sentir el atractivo de su presencia, recibir los dones de su amor. Es una vida de dulce, de santa, de profunda intimidad con Jesús. Y mejor que todo esto, debemos vivir en Jesús, vivir su propia vida, morar dentro de El y mas aún dentro de su propio Corazón.
Porque verdaderamente tenemos una unión estrechísima con Jesús. El mismo, en el Santo Evangelio nos expresó con diversas imágenes esta unión, por ejemplo: “ Yo soy la vid y vosotros los sarmientos “. Y como si estas imágenes no bastaran para expresar el misterio de la unión, en la noche del Cenáculo llega a comparar nuestra unión con Jesús con la unión inefable que existe entre las personas de la Santísima Trinidad: “ Padre, que todos sean una sola cosa, como Tú y Yo somos una sola cosa. Tú en mi y Yo en ellos para que todos sean consumados en la unidad “.
No pocos entienden superficialmente esta plegaria de Jesús, como si tan solo pidiera que todos vivamos muy unidos y muy en paz, como una sociedad bien ordenada. No, la petición de Jesús tiene mucho mayor alcance: Quiere que la unidad que existe entre su Divinidad y su Humanidad, sea imitada muy de cerca por esa otra unidad de gracia y de amor por la cual todos nosotros nos incorporemos a El y nos unamos entre si.
En el fondo, la vida espiritual es un conjunto de santas y armoniosas relaciones de nuestra alma con las tres Personas de la Santísima Trinidad: Ser hijos adoptivos del Padre Celestial, ser movidos por el Espíritu Santo, estar de tal manera unidos con Jesús, el Verbo hecho carne, que podamos decir con San Pablo: Ya no vivo yo, sino Cristo es quien vive en mi. ¿ Como podemos entrar en el Corazón de Cristo y vivir en el ?.
Sin duda que no se entra en el Corazón de Jesús de una manera material, entramos por dos senderos: el conocimiento y el amor. Cuando conocemos un corazón hemos penetrado en el; con mayor razón cuando lo amamos.
Lo que sucedió en el Jordán cuando Cristo fue bautizado, se repite en la pila Bautismal aun cuando nos se vea con nuestros ojos mortales, real y verdaderamente ahí nos unimos con Jesús, somos sarmientos introducidos en la Vid para ser participes de su sabia y de su vida; ahí el Espíritu Santo desciende sobre nosotros y ; y ahí el Padre dice: "Este es mi hijo, mi hijo muy amado".
Claro está, que para ponernos en este contacto intimo con Jesús no bastan las luces de nuestra inteligencia ni el amor natural de nuestro corazón. Esta luz y este amor están en otro plano. Necesitamos nuevos ojos y nuevo corazón. Los nuevos ojos son la fe, el corazón nuevo es la caridad. La virtudes teologales . Ejercitando estas virtudes divinas vamos penetrando en el interior del Corazón de Jesús.
Dice Nuestro Señor en una de sus parábolas al siervo bueno y fiel: Entra en el gozo de tu Señor, como si dijera: entra en el corazón de tu Señor, en el seno profundo y amoroso de Dios. ¿ Como se entra en el seno de Dios?, ¿ como se penetra en su Corazón?, por esos mismos caminos, la luz y el amor. La visión beatifica no es otra cosa que una explosión divina de luz, lo veremos cara a cara, como El es porque se unirá de una manera inefable a nuestra inteligencia, y poseeremos y amaremos a Dios. ¿ Que cosa mas mía que mis pensamientos?, ¿ Que cosa mas mía, mas poseída por mi que mi amor ?.
Entrar en el Corazón de Jesús es iniciar esa comunión de luz y de amor. Vivir en el Corazón de Jesús es continuar en esta dulce intimidad con El y ahondar más y más en los misterios de su amor y de su dolor: por su Dios ofendido, por los males que se acarrean los pecadores, por las almas que se pierden a pesar de su acerba pasión y muerte, por sus deseos no cumplidos, por las ingratitudes y traiciones de los suyos. Por consiguiente, entrar en el Corazón de Jesús significa tener de ese Corazón divino un conocimiento profundo y un amor íntimo; entrar en el Corazón de Jesús es, en pocas palabras, llegar a una grande intimidad con El.
La primera impresión que siente el alma que entra en el Corazón de Jesús es una impresión de incomparable pureza. El Corazón de Cristo es un santuario de pureza: " es la blancura de la luz eterna ", " el espejos in mancilla de la majestad de Dios ", y " la imagen de su bondad ".
En el Corazón de Jesús hay dos purezas: una que es Dios mismo, porque su Corazón es divino, y otra que es el más perfecto y espléndido reflejo de Dios. El Padre es la Pureza sin principio y principio de toda pureza. El Hijo es la Pureza engendrada, termino de la fecundidad infinita. El Espíritu santo es Pureza de amor que procede del Padre y del Hijo como de un solo principio de pureza.
En el Corazón de Jesús se ha derramado sin medida la Pureza infinita, no hay nada en ese corazón que no sea divino. Y esa pureza divina se refleja de manera perfectísima en el Corazón de Jesús en cuanto humano. La pureza infinita se retrata en el limpio cristal del Corazón de Jesús. Y claro está que no multiplica en si mismo la pureza divina, porque lo infinito no se multiplica, pero si se refleja de espléndida e inefable manera.
Y estas dos purezas están inefablemente unidas, son una sola pureza por la unidad de la Persona que las posee, y esta pureza humana y divina de Jesús es la que nos encanta y nos atrae a Jesús. Para nosotros la pureza humana de Jesús es el medio de vislumbrar su pureza divina, pues la Encarnación al hacernos sensible la Divinidad, nos lleva a Ella y nos hace penetrar sus secretos
Y precisamente por ser santuario de pureza , lo es de amor y de dolor, pues estas tres cosas tienen estrechísimas relaciones. Un amor inagotable, siempre antiguo y siempre nuevo, que tiene el encanto de lo que nos es familiar, y que parece que comienza cada día. Y siendo inagotable es único y contiene al mismo tiempo todos los amores. Y ese amor inagotable y pleno, comunica quien toca el privilegio de la eternidad. Cuando el amor llega a su perfección, como acontece cuando se injerta en el tronco del Amor divino todo se nos puede arrebatar hasta la vida, pero no el amor.
En Jesús lo divino no pasa ni decae, sino que es constante, perfecto y perpetuo, con una belleza siempre uniforme, siempre igual. Y esa pureza es fuente de toda pureza, nos penetra, se nos participa, nos hace bellos aunque tuviéramos todas las manchas y todas las fealdades de la tierra. El alma que contempla, que ama, que vive en Jesús, se baña con los raudales de esa pureza celestial y se pone pura, bella, espléndida, divina .
LA SANTISIMA VIRGEN MARIA.
La pureza de María procede de la pureza de Jesús:
De su Pureza Ejemplar en que todo es divino - el Ser, la Vida, la Perfección infinita de Dios, sin mezcla terrena -
De su pureza humana semejante a la nuestra, pero en inmensa plenitud: La gracia, los Dones, los carismas del Espíritu Santo llenando su alma.
De su pureza capital, plenitud que se derrama para comunicarse a su Cuerpo Místico.
En el alma de María Santísima Dios ha derramado una plenitud de gracia, " la llena de gracia ", de la que proceden virtudes purísimas y divinas: Durante su vida recibió María los ríos caudalosos de gracia que derramaba en Ella el Espíritu Santo.
En Nazaret volvió a derramarse para hacerla Madre de Dios. Y en el Cenáculo para hacerla Madre de la Iglesia. La presencia de Jesús durante 33 años y la perfecta correspondencia de María le alcanzaron a María una plenitud de gracia que no alcanzamos a sospechar en la que se refleja la infinita Pureza que le corresponde a Jesús como Cabeza de la Iglesia.
La Encarnación acerca a María a la gracia de Unión de Jesús, la Redención la asocia a su dolor, su carácter de Medianera la hace participar de la fecundidad de Jesús como Cabeza de la Iglesia y padre de la humanidad regenerada.
María participa pues de la pureza de Jesús en todas sus formas y el Corazón de la Madre es el más fiel retrato del Corazón de Jesús. Son dos vidas que forman una sola sinfonía divina, cada una son melodías distintas pero maravillosamente acordes que parecen fundirse en una armonía inimitable, en un himno a la gloria d Dios. La sangre del Hijo y las lagrimas de la Madre producen como fruto precioso la divina puerza que en las almas se difunde.
Si la devoción a la Santísima Virgen es necesaria a todos los hombres para salvarse, mucho mas lo es para los que se sienten llamados a una perfección especial. No creo dice San Luis María Griñón de Monfort, que haya quien pueda alcanzar una intima unión con Dios y una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una muy estrecha unión con María Santísima y sin fuerte dependencia de su auxilio.
La Santísima Virgen María que es madre de bondad y misericordia no pude ser vencida en generosidad y correspondencia, cuando ve que un hijo suyo se le entrega por completo, se da también Ella a su devoto de manera inefable. Lo adorna con sus propios merecimientos, lo sumerge en el abismo de sus gracias, lo ilumina con sus luces, lo enciende con su amor, se hace su garante y su mediadora ante su Hijo Jesús como El lo es ante el Padre.
María es la compañera inseparable del Espíritu Santo en todas las obras de la gracia y de la misma manera que su Hijo Jesucristo es Rey de cielo y tierra por naturaleza y por conquista, María es Reina del cielo de la tierra por gracia. A ella le toca formar los corazones de sus hijos, echar en sus corazones las raíces de toas las virtudes, transformarlos en otros Cristos y a Cristo en ellos.
Nosotros somos en El hijos de adopción y ella nuestra verdadera madre en el orden de la gracia , como su hijo Jesús es su verdadero Hijo por naturaleza, engendrado eternamente en los esplendores de la santidad en el seno de Dios y en el tiempo en el seno de María como verdadero Hijo suyo.
La misión de la Santísima Virgen María para con sus hijos de adopción, es engendrarlos para la vida eterna, poner en ellos su morada, alimentarlos como verdadera madre, incorporarlos, unirlos por la gracia de que es dispensadora a Jesús su hijo, defenderlos, nutrirlos, tenerlos por herencia y propia hijuela.
Somos suyos, le pertenecemos y por ella Jesús es también nuestro. Ella es la única que alcanzo gracia delante de Dios sin intervención de ninguna otra criatura y todas las demás la abran de alcanzar por su medio. Con Ella, de Ella y en Ella formó el Espíritu Santo su obra maestra que es un Dios hecho hombre, y sigue formando todos los días los miembros de tan augusta y adorable cabeza hasta el fin del mundo.
María es el molde divino en que se formo Jesús y cualquiera que la encuentra y se pierde en Ella quedará transformado en Jesús su divino original. Quien encuentre a María, hallará la vida, es decir a Jesucristo que es camino y vía, verdad y vida.
¿Como debe ser la Verdadera devoción a la Santísima Virgen María?.
- Debe ser interior. tierna, santa, desinteresada: Considerarla como digna Madre de Dios, venerarla y amarla, meditar e imitar sus virtudes . Que al emprender cualquier acción nos fijemos en ella como modelo perfecto de toda virtud para imitar dicho modelo conforme a nuestras posibilidades: Su fe viva, su profunda humildad, su pureza divina.
Consagrarse a la Santísima Virgen con el fin de ser por su mediación enteramente de Jesucristo: Somos suyos, le pertenecemos y por ella Jesús es también nuestro. Entregarle nuestro cuerpo con todos sus sentidos; nuestra alma con todas sus potencias y facultades; nuestros bienes externos llamados de fortuna; nuestros bienes interiores y espirituales presentes y futuros, todo lo que somos y tenemos sin reserva alguna, sin pretender ni esperar otra cosa que pertenecer mas perfectamente a Jesucristo por su medio.
- En segundo lugar, debe ser tierna, es decir, plenamente confiada en María Santísima. Que nos haga tener para con nuestra Madre del cielo la misma confianza que tiene un niño pequeñito para con su madre natural. Que recurramos a María en todas nuestras necesidades, tanto espirituales como materiales, con gran sencillez y confianza, y le pidamos su ayuda en todo tiempo y lugar y para todo, como verdaderos hijos, para que nos ilumine en nuestras dudas, nos sostenga en las tentaciones, nos levante en las caídas y al sentir algún mal físico o espiritual acudamos habitualmente a nuestra Reina y Señora .
- En tercer lugar al Verdadera Devoción a la Santísima Virgen debe ser santa, es decir, ha de conseguir que su devoto evite el pecado, e imite las virtudes de la Santísima Virgen en especial su profunda humildad, su fe viva, su obediencia ciega, su mortificación universal, su pureza divina, su angelical dulzura y su sabiduría que le hacia conocer en su Hijo Jesús a su Dios y Salvador.
- Por fin tenemos que la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen decir que debe ser desinteresada, o sea, que su devoto no debe buscarse a si mismo, sino a Dios a través de su Santísima Madre. No ha de amar a la Santísima Virgen por los favores que espera recibir, sino porque Ella es muy digan de ser amada, porque merece que se le sirva y en Ella se sirva a Dios. Por eso el verdadero devoto de la Santísima Virgen querrá servirla lealmente tanto en los momentos de fastidio como en los de luz y fervor sensibles.
AMOR AL ESPIRITU SANTO.
Amar al Espíritu Santo es dejarse poseer por El con docilidad suma, con pureza perfecta, con absoluta abnegación.
Pero el dejarse poseer es solo una fase del amor, la otra también esencial es poseer. Poseer y dejarse poseer es toda la esencia del amor, expresada en estas dos palabras insondables: tuyo, mío. " Mi amado para mi y yo para El ".
Así lo expreso Jesús en su maravillosa oración al Padre: " Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío ". Así lo expreso en la última cena en su anhelo supremo de mar a los hombres: " Yo en ellos y Tu en Mi, para que sean consumados en la unidad ". Ni puede uno dejarse poseer sin poseer también, pues estos dos aspectos del amor que separa la imperfección de nuestra inteligencia, son la realidad "única del amor.
Amar al Espíritu Santo, es pues, dejarse poseer por El, pero también poseerlo, porque El es no solo el director de nuestra vida , sino también el Don de Dios, nuestro DON.
Poseer al Amor es amarlo, dejarse penetrar por su fuego y arder en el. Participar del amor que de El procede de tal manera que por la gracia no solo puede el alma gozar libremente del don creado, sino también gozar de la misma Persona divina. Este gozo se realiza cuando el alma, de tal manera se hace participe del Verbo divino y del Amor que de El procede que puede conocer a Dios y amarlo rectamente.
Sin duda esta posesión tiene grados. Basta el menor grado de Caridad para poseer al Espíritu Santo, porque El y la Caridad son inseparables. Solamente el Espíritu Santo puede infundir en nosotros la Caridad y con "el amor creado" se nos da El mismo: " La Caridad de Dios se ha difundido en nosotros por el Espíritu Santo que se nos da ".
De suerte que el principio y el germen de la Caridad es el Espíritu Santo. Cuanto mas crece en el alma la Caridad, tanto mas crece en ella esta dichosa posesión del DON de Dios. Cuando el alma es movida totalmente por el Espíritu Santo, ya no es ella la que se mueve a si misma, sino que es el Espíritu Santo quien la mueve y ella obra bajo el impulso divino. En este de amor que llamamos pasivo, puede decirse que es mas del Espíritu Santo que del alma. Que el Espíritu Santo ama en el alma y que el alma ama con el Espíritu Santo, sobretodo cuando este amor ha llegado a su perfección.
El Espíritu Santo es el soplo divino que nos arrastra a Dios. El fuego sagrado que nos transforma en fuego. El artista divino que nos transforma en Jesús.
La Caridad es el fuego divino que abraza al alma, pero el Espíritu Santo es el principio que produce ese fuego, y es su termino dichoso. Al principio no arde el alma totalmente, porque necesita purificarse para que el fuego divino la penetre y posea con toda perfección. Poco a poco va ardiendo, va amando mas profundamente y llega a ser tan perfecta esta posesión divina que esta se diviniza. Su amor adquiere todas las características participadas del Amor Infinito.
Diriase que trocada en fuego, en amor, arde con el fuego de Dios, ama con el Espíritu Santo, porque este divino espíritu la mueve para amar tan intima y plenamente a Dios, que aquel amor se atribuye con toda verdad al Espíritu Santo. El Espíritu de Dios ama en el alma, el alma ama con el Espíritu Santo rectamente. Y esa dichosa libertad y esa santa rectitud son consecuencia de esa maravillosa unidad que en cierto sentido se ha realizado entre el alma y el Espíritu Santo.
COOPERACIÓN A SU OBRA TRANSFORMADORA.
Para alcanzar esta docilidad a las mociones del Espíritu Santo es necesario que el alma este tan recogida y silenciosa que pueda escuchar la voz del Espíritu. Tan llena de pureza y de luz que perciba el sentido de la divina inspiración, Tan rendida a la Voluntad de Dios que la abrace sin vacilar. Tan abnegada que la ejecute sin detenerse ante ninguna sacrificio. Que no se apoye en la tierra. Que resplandezca con la luz de la pureza, Que sobre el símbolo de todos los dolores arda con llamas celestiales el amor abandonado a todos los sacrificios. Silencio, pureza, abandono, Cruz.
El amor produce silencio y recogimiento porque pone el alma en soledad, porque concentra todas las actividades y todos los deseos en al amado.
Para tener el sentido de lo divino el ama debe ser pura en sus dos sentidos: En el sentido negativo por el alejamiento de lo terreno, en el sentido positivo por su acercamiento a Dios. Descubrir a Jesús donde El se esconda, abandono a las disposiciones y a la actividad del amado, identidad de sentimientos, unidad de voluntades, tendencias y afectos,
Comparamos al Espíritu Santo con un artista que infunde en la materia su ideal, pero la materia es inerte, no pude conocer la transformación que en ella se va a realizar ni sospecha la forma artística de que se va a revestir, ni ama la belleza que va a recibir, ni puede cooperar a la acción del escultor. El alma, empero, sobre la que trabaja el Espíritu Santo, tiene conocimiento y amor, y puede recibir de Dios la revelación de sus designios, puede amarlos con la fuerza increíble del Amor de Dios, y puede ser instrumento inteligente y libre en las manos de Dios para su propia transformación. El alma sabe que va a ser Jesús y ama a ese Jesús que va a unirse con ella, y no solo se deja desgarrar y pulir por el cincel del Espíritu Santo, sino que ella misma se despoja de cuanto puede impedir su divina transformación y pone a disposición del Artista Divino su amor y libre voluntad de inmolación.
El alma debe conocer el Ideal del Espíritu Santo de la manera mas clara y precisa que le sea posible. Debe conocer lo que busca para que no camine al acaso, para que no luche al azar, para que no azote el aire inútilmente. El Ideal es Jesús. Jesús es la Luz que guía con su doctrina salvadora. Es el Camino por sus divinos ejemplos. Y la Vida verdadera que introduce en el océano de la Vida Infinita. Por Jesús se va al Padre y allá nos conduce el Espíritu Santo al comunicarnos su propia dirección: Viene del Padre y del Hijo y hacia esas Personas se encamina arrastrando consigo a las almas.
Todos debemos reproducir a Jesús, pero no todos de la misma manera. El Padre Celestial en su amoroso afán de ver reproducido a su Hijo, ha querido que cada alma lo reproduzca a su manera y que cada uno copie algunos de los rasgos de Jesús. Cada alma puede encontrar su ideal con la sencillez de su fe y la intuición de su amor.
El Universo material también es reproducción del Verbo de Dios, pues en cada criatura brilla la semejanza con ese Ideal único del Padre, pero en el orden sobrenatural, las almas reproducen ya no la semejanza, sino la imagen del Verbo Encarnado. Todas las almas tienen su misión precisa en el Cuerpo Místico de Jesús y su camino para lograrlo, necesitan sin duda instruirse y ser bien dirigidas, pero sobretodo ser dóciles a la íntima dirección del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo infunde en las almas el amor a Jesús con aquel matiz que corresponde a los designios de Dios sobre ella, L a orientación especial con que ha de reproducir a Jesús y participar de sus misterios. Con esa luz divina y con ese amor sobrehumano que de El procede, no será el mármol sin vida que únicamente se deja desgarrar por el Artista Divino, sino que cooperará con el Espíritu Santo para su propia transformación. Pondrá todo su empeño al servicio del Espíritu Santo. Arrancara de si todo cuanto se oponga a su transformación en Jesús y con los ojos fijos en el divino modelo y perfectamente dócil a las divinas inspiraciones trabajará, sufrirá, hará esfuerzos constantes para alcanzar la inefable semejanza con Jesús.
CONSAGRACION Al Espíritu Santo.
La vida Cristiana es en su fondo la mutua posesión de Dios y del alma. La Verdadera devoción al Espíritu Santo: La amorosa aceptación y plena realización de esa vida.
La luz del Espíritu Santo es fruto del amor. Es la consecuencia feliz de la unión: El alma unida íntimamente a las cosas divinas por el Espíritu Santo, las gusta por divina experiencia. "Su unción os enseñara todas las cosas": Como se siente algo que se lleva dentro, como se aspira un perfume que ha penetrado en nuestro ser.
Pero la dirección del Espíritu Santo no es solo de luz, es de acción. Toma nuestra mano y la guía de manera firme para que exprese en el lienzo de su alma la belleza del ideal . Lava lo sucio, suaviza lo duro, calienta lo frío, rectifica lo que se ha desviado. Enciende la luz en las almas: Un a luz nueva, la divina sabiduría. Infunde un amor nuevo en las almas, la Caridad. Y comunica al ser del hombre maravillosa fortaleza para llevar la Cruz.
Esta función de mover nuestras facultades todas, resume la dirección, la moción dulce y fuerte en las almas por la cual se constituye como en alma de nuestra alma.
Si el hombre tuviera que realizar una obra puramente humana, bastarían las fuerzas naturales para ordenar las cosas humanas, pero como para santificarse tiene que hacer una obra divina: asemejarse, " Reproducir a Jesús ", es indispensable la acción del Espíritu Santo en la dirección de la obra. El dirige nuestra vida espiritual por sus Dones, hace de nuestras almas un templo y derrama la Caridad en nuestros corazones. Su obre es santificar. Sin El no se traza en nosotros ni un solo rasgo de Jesús. Ninguna virtud crece, ningún vinculo de unión con Dios se estrecha.
Su ideal es reproducir a Jesús, Su Jesús, su ideal a quien ama como a su propio ser. El Verbo, El Hijo de Dios que al hacerse hombre se llama Jesús.
Su método, el amor, la unión, la posesión o el ansia de posesión. Por eso es el dulce huésped del alma. Entra en las profundidades del alma, la compenetra, hace de ella su morada permanente, para hacer después su obra magnifica: Realiza nuestra semejanza con el Verbo de Dios, esa transformación en Cristo que es obra de luz y consuma la santidad en la tierra.
El Espíritu Santo toma posesión del alma para fijar alli definitivamente su morada. Luego comienza su obra de edificación con la Gracia que El infunde y que diviniza el alma, con la Caridad que imagen suya y con todo el cortejo de virtudes y Dones que necesita para obrar en nosotros. Pero no es el Espíritu Santo solo huésped y director de las almas. Es sobre todo DON, el don de Dios por excelencia, por quien todos los dones vienen a nosotros.
Los dones divinos que pertenecen al entendimiento nos asemejan al Verbo, que es la Sabiduría Infinita engendrada por el entendimiento del Padre. Pero no cualquier conocimiento, aun sobrenatural, hace que Dios habite en nosotros, sino aquel conocimiento que procede del amor y produce amor que se llama Sabiduría. El Hijo es enviado cuando es conocido y percibido por alguno con aquel conocimiento experimental que se llama Sabiduría.
Los Dones que pertenecen a la voluntad nos asemejan al Espíritu Santo que es el Amor infinito. En la tierra el don mas perfecto es la Caridad que nos asimila al Espíritu Santo. De la Caridad en su supremo desarrollo brota esa Sabiduría que según Santo Tomas realiza nuestra semejanza con el Verbo de Dios.
En el orden sobrenatural, el Amor lleva a La Luz. El Espíritu Santo nos conduce al Verbo y por el Verbo vamos al Padre en quien todo se consuma y todo movimiento se convierte en descanso y la criatura halla su perfección y su felicidad porque todas las cosas se consuman cuando vuelven a su principio.
El Espíritu Santo dulce huésped del alma, director supremo y sobre todo nuestro DON, trae al alma la fecundidad divina del Padre para que germine en ella el fruto celestial, la imagen del Padre, la reproducción creada de aquella imagen única, infinita, que es su Verbo, que al tomar nuestra carne quiso llamarse Jesús. El principio ejemplar, el ideal de la obra del Espíritu Santo es el Padre. La adaptación del alma al Ideal del Padre. El termino es Jesús, Y Jesús es la Imagen del Padre. Bajo su influjo las almas se purifican, se iluminan, se encienden en el amor al Padre, hasta transformarse en Jesús.
¿Que otra cosa debe ser nuestra devoción al Espíritu Santo sino la amorosa y constante cooperación a su influjo divino, a su obra santificadora ?.
Dejarse mover según su amoroso beneplácito. Entregarle nuestro ser para que lo posea con sus Dones, Dejar que destruya en nosotros todo lo que se oponga a sus designios divinos. Dejar que infunda en nosotros una vida nueva, la maravillosa participación de la vida de Dios. Y por El, con El y en El introducirnos en el seno de la Trinidad y glorificar al Padre con la suprema glorificación de Jesús.
La vida cristiana es en su fondo la mutua posesión de Dios y del alma. La verdadera devoción al Espíritu Santo es La amorosa aceptación y plena realización de esa vida. Amar al Amor es vivir con El, es dejarse poseer por El poseerlo, es impregnarse de su divino fuego y dejarnos consumir en el.
Al principio ese fuego esta oculto en el fondo del alma, lo cubren nuestras miserias. Nuestro corazón es de Dios, pero la mayor parte de nuestros pensamientos y de nuestros actos se escapa a su amoroso dominio. Vaga por las criaturas sin acertar a fijarse en Dios.
Poco a poco nuestras miradas al dulce huésped divino se hacen mas frecuentes y nuestros actos van entrando en el cause del amor, hasta que el pensamiento de Dios, su amorosa presencia se impone a todo el ser humano como divina obsesión. Es el dueño único de nuestros pensamientos, el fuego único de nuestro corazón.
Por eso para quien ama perfectamente a Dios, vivir en su presencia es una necesidad imperiosa. Por eso es necesario ir adaptando todo nuestro ser a las divinas exigencias, ir perfeccionando esa mutua posesión. Si es nuestro huésped, nosotros debemos ser su morada. No abandonarlo, vivir con El, vivir siempre en su presencia.
Esta presencia del Espíritu Santo en el fondo es amor. Vivimos en El si lo amamos, si El es nuestro huésped es porque nos ama. " Habita en nosotros por la Caridad ". Cuando el amor no ha llegado a su plenitud, cuando los ojos no ven por todas partes al amado, ni el pensamiento vuela hacia el, ni el corazón descansa hasta poseerlo y si se ha ido no para hasta volverlo a encontrar, el alma no ha llegado a su perfecto desarrollo. Otros afectos disputan el verdadero dominio del alma.
Para alcanzar la vida intima con el Espíritu Santo no hay mas que un medio: El Amor. Para atender al huésped divino, hay que arrancar todos los ídolos, arrojar todos los demás huéspedes del alma, hay que inmolarle todo el ganado de nuestros afectos. El Espíritu Santo es tan grande que solo cabe en un corazón vacío. Cuando Dios quiere henchir con su grandeza un corazón, es preciso ungirlo con su Amor. Es indispensable que ofrezca en holocausto todos los afectos humanos. La plenitud de posesión a la que el Espíritu Santo aspira exige este vacío para constituirla en la profunda y deliciosa soledad que prepara la Unión.
Pero el Espíritu Santo solo destruye para construir, vacía para llenar, mata para dar vida, arranca los humanos afectos para henchir el alma con los divinos. Nuestro principal deber para con el Espíritu santo no es adaptar todo nuestro ser a sus divinas exigencias: Nuestro amor a su amor, nuestra actividad a sus Dones, nuestros esfuerzos a su acción, sino estar con El y dejar que El haga en nosotros su obra.
Las Virtudes Teologales que El infunde en nuestras almas en el día de nuestro Bautismo: la Fe, la Esperanza y principalmente la Caridad nos permiten vivir en intimidad con Dios. La Caridad es el fundamento de la mutua posesión de Dios y del alma. Los 7 Dones del Espíritu Santo son las capacidades divinas que hacen a nuestras facultades aptas para recibir la moción del Espíritu.
Porque la verdadera devoción al Espíritu Santo es el amor del alma que corresponde al Amor de Dios. El don de la criatura que se esfuerza por agradecer el DON divino. La cooperación humana a la eficacisima acción divina, corresponde al alma estar siempre abierta al Amor, siempre dispuesta para recibir el DON de Dios, siempre dóciles sus facultades para seguir la divina acción.
Esa cooperación libre, amorosa a su divino influjo es la verdadera devoción al Espíritu santo y se inicia por una verdadera consagración a El, ratificando su voluntad de consagrarse a Dios.
Todo Cristiano esta consagrado a El. Todo Bautizado es templo del Espíritu Santo, pero muy pocos son conscientes de esta realidad. Muy pocos han hecho suyas las promesas que sus padres expresaron en el día de su bautismo. Por eso la consagración personal, voluntaria, amorosa de cada uno de nosotros al Espíritu santo es el inicio de una nueva vida en su amor. La consagración al Espíritu Santo debe ser total, nada debe sustraerse a su amorosa posesión. No es algo superficial e intermitente, sino profundo y constante como la vida cristiana.
Que exprese la sincera promesa de que en la vida entera se cumplirá. Que sea el principio de una nueva vida, porque consagración significa entrega total, definitiva y perpetua de una cosa para que este destinada a ese uso o servicio que se le ha señalado. Como un templo que se le ofrece y se le consagra a Dios y solo puede usarse para una cosa: Glorificar a Dios.
La consagración al Espíritu Santo es la ratificación de las promesas del Bautismo. La aceptación libre y amorosa de la Vida que Dios infundio en nuestras almas al recibirnos la Iglesia en su seno maternal. Debe ser total porque su divino dominio así lo exige, porque nuestro amor le da la posesión de todo lo que nos pertenece. Debe ser definitiva y para siempre. Que en medio de las vicisitudes humanas nuestro amor no se extinga, levante su llama hacia el amor infinito.
La vida cristiana es conservar siempre santo, siempre habitado por Dios y lleno de su gloria el templo dedicado al Señor. La devoción al Espíritu Santo es la vida cristiana comprendida a fondo, tomada en serio, practicada con sinceridad, e íntimamente gustada. Es comprender la augusta dignidad del cristiano, su misión, sus deberes quizá arduos pero llenos de consuelos. Es ser fieles a los compromisos del bautismo, y siéndolo ponerse en el camino de la perfección a la que debe aspirar todo cristiano. Buscar como Jesús el ideal de sus actos en el seno del Padre, La norma suprema de su vida en la voluntad del Padre. Su único anhelo la gloria del Padre.
AMAR A LA SANTÍSIMA TRINIDAD.
No se comprendería bien la devoción al Espíritu Santo si no se comprendiera el íntimo enlace que tiene con la devoción al Padre y al Verbo. Que por lógica divina conduce a estas devociones ya que en sus elementos esenciales las contiene. Siendo el Espíritu Santo el Amor del Padre y del Hijo, infunde en el corazón que posee un amor al Padre semejante al que el Hijo le tiene, y un amor al Verbo se Dios semejante al del Padre Celestial. Hay una imagen limitada, pero inefable, del misterio de amor de la Trinidad.
Por el Espíritu Santo clamamos al Padre y pronunciamos el nombre de Jesús. Clamar al Padre es tener la conciencia de nuestra filiación y sentir en nuestras entrañas la ternura de hijos. Decir Señor Jesús, no es simplemente pronunciar su nombre, es decir en el fondo de nuestra alma esas palabras como fruto de la contemplación, como grito de amor de nuestro corazón.
El Espíritu Santo nos revela nuestra relación con las otras divinas Personas, y nos hace amar a esas Personas cuyo vínculo amoroso es El. El nos hace hijos del Padre y nos hace semejantes al Hijo. Por El se nos da la semejanza del Hijo Natural, por eso séle llama Espíritu de Adopción. El reproduce en el alma el ideal del Padre transformándola en Jesús.
Nuestro amor al Padre es tierno y confiado como el de verdaderos hijos, ávido de glorificarlo como con su vida y ejemplo nos enseño su Unigénito. Admiración, gratitud, confianza, ansia de glorificarle. El amor al Padre es la pasión de que su voluntad sea cumplida así en la tierra como en el cielo. Darle gusto, que sea conocido y amado. Que sea obedecido, que se realice su voluntad.
Nuestro amor al Hijo, que quiso hacerse hombre por nosotros, se caracteriza por una tendencia a la unión con El, a una transformación en El realizada por la imitación de sus ejemplos, por la participación de su vida por la comunicación de sus sufrimientos y de su Cruz,
Nuestro amor al Espíritu Santo, por esa fidelidad constante del alma que se deja mover, dirigir y transformar por la acción santificadora del divino Espíritu.
EL AMOR AL PADRE
El Amor no se comprende sin la Unidad. El Amor eterno es la unidad inefable que enlaza al Padre y al Verbo en un ósculo infinito de amor.
El Espíritu santo no solo nos lleva al Verbo, sino también al conocimiento, al amor, al reposo del Padre. Por eso la Caridad se consuma cuando el alma entra en la Unidad de Dios, en el gozo del Señor. Por eso la suprema plegaria de Jesús fue que todos fuéramos Consumados en la Unidad. Ese beso misterioso en que toda la Trinidad se comunica al alma y el alma se comunica a toda la Trinidad.
Tres etapas divinas del Divino Amor: El alma es poseída por el Espíritu Santo; el alma se transforma en el Verbo hecho carne; el alma descansa en el seno del Padre Celestial. Tres profundidades de un mismo abismo de vida y felicidad.
No se puede poseer al Espíritu Santo sin llevar en el alma una inmensa aspiración al Padre. Tampoco puede transformarse inefablemente en Jesús sin llevar en el corazón los íntimos sentimientos de Jesús: Adorar, amar al Padre y cumplir su voluntad fue la vida de Jesús y debe ser la nuestra.
El ideal de Jesús fue en la tierra y sigue siendo en el cielo glorificar al Padre, su pasión amarlo, su alimento hacer su voluntad.
Jesús pidió al Padre que nos santifique en la verdad, y la verdad suprema es el misterio inefable de la Vida de Dios. El misterio augusto de la Santísima Trinidad, que es el principio de la Vida Espiritual y su feliz termino. Es un reflejo de la vida infinita de Dios.
La vida intima de Jesús es la perfecta adoración del Padre en Espíritu y en Verdad. Adoración que es fuente de la perfecta adoración del Padre y de las Obras de Vida que realizó en su vida mortal y sigue realizando en su vida mística y gloriosa. La adoración, cuando ha llegado a su plenitud es amor y el amor cuando ha alcanzado su perfección es adoración. Por eso el único amor que sacia nuestro corazón es el de Dios, único amor que puede convertirse en adoración. Y el amor que es imagen del Amor Infinito, y la luz que es reflejo de la Luz Eterna nos llevan a adorar al Padre en Espíritu en Verdad, en La Luz y en El Amor.
PRINCIPALES CARACTERÍSTICAS DEL AMOR AL PADRE.
La adoración en Espíritu y en Verdad porque en el Padre brilla la majestad infinita y a esta se le debe adoración. Amor filial respetuoso y tierno, porque el objeto esta divina devoción es el Padre. El anhelo de cumplir la voluntad del Padre llevada hasta el abandono, porque esa voluntad es la norma suprema de nuestra vida, porque adorara, amar al padre y cumplir su voluntad fue la vida de Jesús y tiene que ser la nuestra.
Adorar al Padre en Espíritu y en Verdad es participar en cuanto le es dado a la criatura del misterio de la Trinidad, porque es contemplar la majestad del Padre por los ojos de Jesús y anonadarse amorosamente ante esa majestad bajo el impulso del Amor Infinito.
Debemos amar al Padre como Jesús que levantaba los ojos de su alma y de su corazón alevandolos al Padre siempre que hacia algo en su nombre. Debemos amar al Padre con Jesús porque sin El que valen nuestras pobres adoraciones. Y sobretodo debemos amarle en Jesús, en la Verdad, y en el Espíritu Santo porque en El clamamos Abbá, Padre, y solamente la luz que el Espíritu Santo infunde en nuestras almas nos puede revelar la inefable majestad del Padre. Solamente su soplo divino puede infundir en nuestros corazones el anonadamiento del amor y la adoración.
Imposible que nosotros podamos escrutar la ternura infinita del Padre, pero Jesús nos la ha revelado. La ternura de Jesús es la revelación de la ternura infinita del Padre. Jesús es el Hijo muy amado del Padre, pero esa ternura envuelve también a sus hijos adoptivos por Jesús y en Jesús.
TERNURA
Pudiera pensarse que la devoción al Padre, por tener como fondo un respeto profundo, una adoración hondisima, excluiría la confianza y el amor. Sin embargo, no es así, precisamente porque la devoción al Padre es una adoración profundísima, es un tierno amor. Precisamente porque es una devoción de respeto es también una devoción de confianza. Y precisamente porque en el Padre brilla la majestad, resalta en El la divina ternura.
La ternura no es una debilidad sino una plenitud, es lo supremo de la grandeza porque es lo supremo del amor.
Ningunos afectos mas tiernos que los del padre y sobretodo de la madre, y esos amores dan mas de lo que reciben, son amores que se desbordan porque están henchidos, y en ellos la majestad y la ternura crecen al mismo tiempo.
No hay ternura en la tierra como la ternura de Jesús, y la ternura humana de Jesús es un reflejo de la ternura divina del Padre. Precisamente porque Dios es el Amor Infinito es la Infinita Ternura. En la criatura la ternura es limitada porque lo es el amor. En Dios el abismo de ternura se confunde con el abismo de majestad.
Siempre que la voz del Padre se ha escuchado en la tierra ha sido para pronunciar palabras de ternura como nos narra el Evangelio: "este es mi Hijo muy amado"; "le he glorificado y aun lo glorificaré". Pero la suprema revelación de la ternura del Padre la expresa San Juan con estas palabras: " En esto se mostró la caridad de Dios hacia nosotros", PORQUE DIOS ENVIO A SU HIJO UNIGENITO AL MUNDO PARA QUE VIVAMOS POR EL.
Dios es una Verdad que nunca se acaba, un bien que nunca se agota, una hermosura que es siempre nueva, por eso el único amor pleno y perfecto, el único que sacia el corazón es el amor de Dios, el único que puede convertirse en adoración. El fondo de todos los misterios de Jesús es ese amor al Padre. Es el centro de sus sentimientos íntimos, la raíz de sus obras prodigiosas, la fuente de sus palabras de vida eterna, el secreto de sus inmolaciones, y en una palabra, la RAZON SUPREMA DE SU VIDA Y DE SU MUERTE, de su gloria en el cielo y de su permanecía en la tierra hasta el fin de los siglos. ¿No había en la profunda adoración del alma de Jesús un amor tiernisimo y apasionado al Padre, un amor que parece palpitar en todas las paginas del Evangelio, que hizo una explosión en la Cruz y que vive victorioso e inmortal en la Eucaristía ?.
Imagen de esa vida intima de Jesús debe ser nuestra devoción al Padre, compuesta de respeto y de confianza, de adoración y de amor, de homenaje profundo a la majestad y la fidelisima correspondencia a la ternura.
LA CRUZ
La verdadera devoción al Padre consiste en un amor filial que se complace con amorosa adoración en el bien divino y aspira con inefable violencia a cumplir su voluntad. La plena realización de su voluntad amorosa y salvífica fue la muerte de su Hijo unigénito en el Calvario y en esa voluntad fuimos santificados, como dice San Pablo: " En esa voluntad somos santificados por la oblación del cuerpo de Cristo una sola vez ".
La Cruz es la suprema glorificación del Padre, la última palabra del amor en la tierra, el punto central del amor de Dios. Es la Cruz de Cristo el fondo del cristianismo cuya suprema revelación es el misterio de la Cruz, cuya fuente de vida es la Eucaristía en que se renuevan, se perpetúan y se actualizan estos misterios, y el secreto para conducir las almas a Dios la participación de ese misterio.
Glorificar a Dios es reconocer y proclamar su infinita excelencia y su omnimoda soberanía sobre todo lo creado.
Los seres irracionales solo muestran a los racionales lo que puso en ellos la mano del creador, pero solamente las criaturas racionales glorifican directamente a Dios, porque solo ellos vislumbran al menos su infinita grandeza y pueden someterse voluntariamente a ella.
Cuanto mas claro es el conocimiento de Dios y mas profundo el anonadamiento de la criatura, mas perfecta es la glorificación de Dios.
Dos cosas requiere la glorificación de Dios: El conocimiento de su grandeza, y la actitud de anonadamiento y amorosa sumisión que de ese reconocimiento se deriva.
Pero, ¿como podía la criatura glorificar perfectamente a Dios sin haber recibido la revelación de su infinita grandeza?, ¿ satisfacer la divina justicia manchada por el pecado ?.
Después del pecado la glorificación de Dios quedo teñida del color de la expiación exigido por la justicia de Dios. Por eso el pueblo de Israel instruido por Dios, y los otros pueblos de la tierra guiados por los restos de la revelación primitiva, comprendieron que la suprema glorificación de Dios estaba en el Sacrificio, en el cual la víctima se destruía en honor de Dios.
Mas ni para glorificar ni para expiar fueron suficientes aquellos sacrificios antiguos. Dios rechazo los antiguos sacrificios y realizo un prodigio estupendo de Justicia y de Misericordia, el sacrificio sublime del Calvario, en el que Jesús ofreció a Dios una satisfacción plenisima y sobreabundante por el pecado y al mismo tiempo una glorificación perfectisma de Dios puesto que el conocimiento de la majestad de Dios se hizo divino en Jesús y su anonadamiento llego hasta las profundidades del dolor y de la muerte de cruz.
Quizá en el cielo comprenderemos que el amor y la glorificación son una misma cosa, que solo el amor glorifica a Dios y que el amor solo encuentra su descanso y su paz en esa glorificación.
Jesús conociendo como nadie la infinita excelencia de Dios, se inmola en la Cruz con un amor inmenso. Por eso una vez realizado el divino misterio, no queda sino perpetuarlo, cristalizarlo, hacerlo inmortal y Jesús lo hizo realizando el prodigio estupendo de la Eucaristía.
Amor es entrega, es donación, es la comunicación de todo nuestro ser al amado. Es la fuerza divina que nos hace anonadarnos en honor del amado. Perderlo todo para darlo todo y sentir la exquisita delicia de nuestra increíble pobreza, de nuestro despojo perfectísimo, de nuestro anonadamiento inefable, para que el amado sea nuestra única riqueza.
El amor supremo es la comunicación infinita que se realiza en la Santísima Trinidad. El amor creado, reflejo del amor eterno, es también donación total y dulcísima. Ofrecerlo todo, cuanto somos y tenemos; nuestra vida, nuestra muerte, nuestra eternidad y a Jesús nuestra única dicha, nuestra única gloria, nuestro único todo. Quien ama concentra primero cuanto es y cuanto tiene y luego arroja su tesoro en el seno del amado.
Mas en la tierra esa suprema donación no puede hacerse sino en el dolor, pero tiene una dicha exquisita, sentir que puedo comprar una sonrisa de sus labios al precio del dolor y de la muerte.
El Hijo de Dios quiso amar como nosotros amamos e hizo prodigios par morir de amor y de dolor en la Cruz. Jesús dijo la última palabra del amor a Dios muriendo por la gloria del Padre y la última palabra del amor a los hombres muriendo por nosotros, y esa palabra suprema del amor es la Cruz.
Solamente el Espíritu Santo puede infundir en nosotros la ciencia de la cruz, hacernos amarla y participarnos algo de ella según sus amorosos designios, porque solo el puede darnos a conocer al Padre y enseñarnos a amarlo a la manera de Jesús, aceptando, amando y haciendo suyo todo lo que Dios quiere, en el modo como Dios lo quiere y precisamente porque Dios lo quiere.
La voluntad de Dios es reflejarse en las criaturas, es comunicarse a ellas, es enchirlas de su bien y de su felicidad. El cumplimiento de esta voluntad es su gloria, el fin de todas sus obras y de todas sus criaturas, y la felicidad de estas consiste en ser bañadas por su gloria y cooperar a la realización de esta maravilla.
Dios no tiene mas que dos bienes, uno que es esencial, su plenitud infinita; y otro accidental, el cumplimiento de su santísima voluntad. Para amar la cruz es indispensable ver a Jesús en ella. Sentir la dulce y fuerte atracción que ejerce sobre los corazones Jesús crucificado.
El sacrificio para que valga necesita ser fruto del amor y para que valga infinitamente necesita ser fruto del Amor Infinito.
Solo el Espíritu Santo es el que comunica la ciencia de la Cruz e infunde en las almas el amor a ella, y la participa a sus escogidos.
Id pues al Espíritu Santo para que con su luz divina nos enseñe la ciencia de la Cruz, con su fuego nos mueva a amarla y con su fortaleza y su unción nos haga participar del sacrificio de Jesús, y participando de ella glorificar a Dios.
"El amor consiste en vivir de acuerdo con los mandamientos de Dios. Y el mandamiento que ustedes han aprendido desde el principio es que vivan en el amor".
Las armas de Satanas son la soberbia.
las armas de Jesus es la humildad.
y siempre vence Cristo.
CONVERSIÓN
Cada vez es más arduo, transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un recto comportamiento. Apagar las ansias de felicidad de las nuevas generaciones colmadas con objetos de consumo y con gratificaciones efímeras.
Lo que es deber nuestro transmitirles, también y sobre todo, en lo que respecta a perfeccionar al ser humano a través del desarrollo de virtudes que enriquecen a la propia persona, al mundo y a los demás.
Aquí está la emergencia educativa: no somos ya capaces de ofrecer hoy a las nuevas generaciones aquellos verdaderos valores que dan fundamento a la vida. Introducirnos a la totalidad de los factores que integran la realidad sin negar ninguno.
Educar a la libertad, además, significa liberar la libertad de la desastrosa idea de ser solo poder de elección y no, también capacidad de relación con la otra libertad , y capacidad de adhesión al bien .
No es posible educarse a la libertad, sin advertir el vínculo que la propia libertad tiene con aquella de todos los otros. La educación de la libertad, es esencialmente educación a la relación entre las libertades del otro y la mía, y experimentar su convivencia, sin olvidar LAS EXIGENCIAS del bien.
Es formar e impulsar a una persona para que logre el desarrollo de su conciencia y alcance la madurez de su ser. “La necesidad de hablar de Dios conlleva, como lógica consecuencia, la posibilidad y la necesidad de hablar del hombre. Esta es exigencia de la misma evangelización que, a su vez, es tarea esencial e irrenunciable de la Iglesia.
Ésta es la difícil tarea no sólo del padre y de la madre de familia que ven reducida cada vez más su capacidad de influir desde dentro. Educación y autoeducación van juntas y miran a una síntesis antropológica viviente que integre y armonice las diversas dimensiones de lo humano: inteligencia y razón, deseo y afectividad, libertad y dependencia.
La familia como “la base más importante de la educación” . De ella se dice que es patrimonio de la humanidad y primera escuela de la vida en la que se aprenden las virtudes personales y sociales, que así como los padres tienen derecho a educar a sus propios hijos, estos también tienen derecho a vivir en una familia unida y estable, en un ambiente moral favorable al desarrollo de la propia personalidad.
El padre Cuenca, un Jesuita por los años sesenta , escribió un libro pequeño que tituló ‘un cristianismo casi sin opio’. Allí escribió un capítulo que llamó ‘diálogo de dos demonios’. El demonio viejo tenía que instruir al demonio joven. El demonio joven le preguntó ‘qué debo hacer para pervertir a la gente de hoy’. La respuesta fue simple. Primero convencelos de que con el ajetreo, el trabajo, las diversiones, los negocios, las convivencias, todos tienen que vivir en agitación continua. No los dejes nunca que reflexionen, porque si reflexionan nunca se van a pervertir.
Porque el que reflexiona sobre sí mismo se convierte. Y esto sucede cada vez que reflexionamos como aquel ‘hijo pródigo’ nos arrepentimos y nos confesamos. Luego llega la libertad y el trabajo. A mirado a su interior y se da cuenta de que tiene mucho que cambiar, se ha encontrado consigo mismo y a deseado encontrarse también con Dios... y con el prójimo. Ha perdido humildemente perdón... y lo ha alcanzado plenamente creyendo en Dios y en toda su obra, creyendo en el hombre que es mi prójimo y sirviendo al prójimo que es alcanzar la caridad.
Los dioses que me había creado van a morir, descubrimos mejor el amor a Dios y al prójimo, volvemos a ser fieles y a caminar firmemente por los caminos que llevan a Dios.
PAPA FRANCISCO.
- Ser cristianos no se reduce a seguir los mandamientos, sino a dejar que Cristo tome posesión de nuestra vida y la transforme.
- Estar con Jesús exige salir de nosotros mismos, de un modo de vivir cansino y rutinario.
3. Adorar a Dios es aprender a estar con Él, ponerlo en el centro de la vida y despojarnos de nuestros ídolos escondidos.
4. Entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad diaria a su voluntad, incluso aunque haya que sacrificarse.
5. Si nos comportamos como hijos de Dios, sintiéndonos amados por Él, nuestra vida será nueva, colmada de serenidad y gozo.
6. Acojamos a Cristo en nuestra vida, ocupémonos unos de otros, respetemos la creación con amor.
Papa Francisco: pensar en el cielo no es "estar en las nubes"
"La fe no es una alienación sino un camino de verdad para prepararse a ver el maravilloso rostro de Dios"
El camino de la fe no es alienación, sino preparar el corazón para ver el maravilloso rostro de Dios: esto es lo que ha afirmado hoy el Papa durante la homilía de la Misa presidida en la Domus Santa Marta. Han participado en la celebración algunos empleados de la Tipografía Vaticana, de la gendarmería y del ULSA, la Oficina de Trabajo de la Sede Apostólica
El Evangelio del día nos trae las palabras que Jesús dijo a los Apóstoles: “Que no se turbe vuestro corazón”:
“Estas palabras de Jesús son palabras bellísimas. En un momento de despedida, Jesús habla a sus discípulos, desde el corazón. Él sabe que sus discípulos están tristes, porque se dan cuenta de que algo no va bien. Él dice: ‘Que no se turbe vuestro corazón’. Y comienza a hablar como un amigo, también con la actitud de un pastor. Yo creo que la música de estas palabras de Jesús son la actitud de un pastor, como el pastor hace con sus ovejas ¿no? ‘Que no se turbe vuestro corazón. Tened fe en Dios, tened fe en mí’. Y ¿de qué comienza a hablar? Del cielo, de la patria definitiva. ‘Tened fe también en mí’: yo permanezco fiel, es como si dijese esto… ¿no? Con la figura del ingeniero, del arquitecto, les dice lo que va a hacer: ‘Voy a prepararos un lugar, en la casa del Padre hay muchas moradas’ Y Jesús va a prepararnos un lugar”.
El Papa se pregunta: ¿Cómo es este lugar? ¿Qué significa ‘preparar el lugar’? ¿Alquilar una estancia allá arriba? Preparar el lugar es preparar nuestra posibilidad de gozar, la posibilidad –nuestra posibilidad- de ver, sentir, entender la belleza de lo que nos espera, de la patria hacia la que caminamos”.
“Y toda la vida cristiana es un trabajo de Jesús, del Espíritu Santo, para prepararnos un lugar, prepararnos los ojos para poder ver…
‘Pero Padre, ¡yo veo bien! ¡No necesito gafas!’: pero esta es otra visión… Pensamos en los que están enfermos de cataratas y deben operarse: ellos ven, pero después de la operación ¿Qué dicen? Nunca había creído que se pudiese ver así, sin gafas ¡tan bien!’. Nuestros ojos, los ojos de nuestra alma necesitan, necesitan estar preparados para ver el rostro maravilloso de Jesús. Preparar el oído para poder escuchar las cosas bellas, las palabras bellas. Y principalmente preparar el corazón: preparar el corazón para amar, amar cada vez más”.
En el camino de la vida –destacó el Papa- el Señor prepara nuestro corazón “con pruebas, con consuelos, con cosas buenas”: “Todo el camino de la vida es un camino de preparación. Algunas veces el Señor debe hacerlo deprisa, como hizo con el buen ladrón: tenía solo pocos minutos para prepararlo y lo hizo. Pero la normalidad de la vida es ir así, ¿no?: dejarse preparar el corazón , los ojos, los oídos para llegar a esta patria. Porque esa es nuestra patria”.
‘Pero Padre, he ido a un filósofo y me ha dicho que todos estos pensamientos son una alienación, que estamos alienados, que la vida es esta, lo concreto, que allá no se sabe que puede haber…’ Algunos piensan así… pero Jesús nos dice que no es así y nos dice: ‘Tened fe también en mí’ Esto que yo digo es la verdad: yo no engaño, no decepciono”.
“Prepararse para el cielo –dijo de nuevo el Papa- es comenzar a saludarlo desde lejos. Esto no es una alienación: es la verdad, es dejar que Jesús nos prepare el corazón y los ojos para una belleza tan grande. Es el camino de la belleza” y “el camino de vuelta a la patria”. Finalmente el Papa rezó para que el Señor prepare la morada. “la morada definitiva, en nuestro corazón, en nuestros ojos y en nuestro oído. Así sea”.
CRISTO VIVE
Id.... enseñad.... bautizad.
!Ha resucitado!. !Va a vivir siempre con nosotros!.
El pide por nosotros pòrque es nuestro Sacerdote. Nosotros le pedimos a Él porque es nuestro Dios. El pide en nosotros porque es nuestra Cabeza.
El ha resucitado y esta sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros. Pero también Él ha resucitado en nosotros. No vivimos del recuerdo sino de la realidad. Donde hay fecundidad ahí esta el Señor. Cristo está realmente presente en su Iglesia. El se hace presente en cada Eucaristia, en cada Comunión, en cada fruto de Vida eterna de sus miembros. En cada Martir, en cada virgen, en cada Confesor. En la Voz de Juan Pablo, en el pensamiento de Benedicto, en el gesto de Francisco.
Ellos lo hacen real y verdaderamente presente, nos solo en el momento sublime de la Consagración, sino también en su enseñanza y su ejemplo. En su ministerio y su vida. Proyectan siempre y hacen presente al Señor en su función profética, real y sacerdotal de perdonar, de predicar el Evangelio, de sembrar el bien, en la fraternidad, en el gobierno. En ser sus Servidores en todo para todo, para animar con la Fe con la Esperanza y la Caridad a la sociedad y a las naciones, a los pobres y a los que sufren, a las personas y a las familias, desde el Bautismo de un niño, hasta la Uncion de un moribundo y todo lo que hay en medio entre el principio y el fin de la vida natural que prepara la eterna.
25 de abril de 2013
Tomado de la Homilía de
S.E.R. MONS. CHRISTOPHE PIERRE
UNGIDOS
Cuando en la sinagoga de Nazaret Jesús inició su vida pública, anunció que su misión sería como un año de gracia, año de felicidad, (año jubilar) de liberación para los pobres, los presos, los ciegos y los oprimidos en general (Lc 4, 18-21). Aquel sábado, cuando Jesús leyó el rollo del profeta Isaías (Cfr. Is 61,1-2), añadió: "Esta Escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy" (Lc 4,21). Él afirma, así, que Él es el Mesías anunciado y esperado, que sobre Él se encuentra el Espíritu del Señor que lo consagra con la unción y lo envía para llevar el feliz anuncio y para proclamar un “año de júbilo”. Todo ello se realiza en su persona; es en Él que llega a cumplimiento el tiempo de la salvación.
“El Espíritu del Señor está sobre mí -había dicho-, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Nueva a los pobres”. He ahí la razón del júbilo: Él ha sido consagrado por la unción por el Espíritu Santo y Enviado por el Padre para ungir al pueblo de Dios con el óleo de la Buena Nueva, de la alegría y del júbilo, con el óleo de la misericordia y del amor.
“En realidad -leemos en la Tertio millennio adveniente (n.9)-, el tiempo se ha cumplido por el hecho mismo de que Dios, con la Encarnación, se ha introducido en la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo”; y este “tiempo”, es precisamente el tiempo de la Iglesia, el tiempo del Espíritu prometido y donado por Jesús (Cfr. Jn 16,5-11; Rm 8,15ss), el tiempo en el cual el Evangelio es y debe seguir siendo anunciado y comunicado a los hombres, a fin de que todos puedan beneficiarse de la salvación. Este tiempo es el tiempo de la misión evangelizadora.
Hermanas y hermanos, también nosotros, a semejanza de Cristo Jesús, cada uno a su modo ha sido ungido y enviado el día de su bautismo y de su confirmación y, algunos, además, el día de su ordenación sacerdotal o episcopal. Ciertamente todos, de alguna manera hemos sido ungidos y enviados con un objetivo común: ungir con el óleo de la realeza, de la Palabra y de los sacramentos a los hombres y mujeres del “hoy”. Este “hoy” que es de Cristo y en el que también hoy se cumple y debe cumplirse el pasaje de Isaías.
Ungidos para ungir, en consecuencia, ungidos para salir. Porque a la unción va indisolublemente unido el envío, la misión, el salir, el ponerse en camino a la manera de Cristo y siguiendo a Cristo
“Quisiera -dijo de suyo el Papa Francisco en su primera homilía-, que todos tengamos el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará”.
Tener el valor de caminar, aprendiendo “a salir de nosotros mismos (...), para salir al encuentro de los demás, para ir hasta las periferias de la existencia, ser nosotros los primeros en movernos hacia nuestros hermanos y hermanas, especialmente los que están más alejados, los olvidados, los que están más necesitados de comprensión, de consuelo y de ayuda”.
"Salir" al encuentro de los demás, acercarnos nosotros para llevar la luz y la alegría de nuestra fe ¡Salir siempre! Y hacer esto con amor y con la ternura de Dios, con respeto y paciencia, sabiendo que ponemos nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón, pero que es Dios quien los guía y hace fecundas todas nuestras acciones”.
Salir de nosotros mismos, de nuestros acomodos, de lo acostumbrado; salir de nuestros templos, de nuestras oficinas y salones de reuniones, salir…, para que Jesús vaya y llegue a todas las gentes. Esto es ser ungidos. Esto es vivir todo consagrado al Padre; llevar a Cristo presente en la Iglesia, en la Palabra y en los sacramentos sin anteponer el cansancio, sin temer a la dureza de los corazones, a las dificultades de los oyentes para acoger a Jesús.
Queridas hermanas y hermanos. “Estimulados también por la celebración del Año de la Fe, -decía el Papa Francisco-, todos juntos, pastores y fieles, nos esforzaremos en responder fielmente a la misión de siempre: llevar a Jesucristo al hombre y conducir el hombre hacia Jesucristo (…). Es Cristo quien guía a la Iglesia por medio de su Espíritu (…). No cedamos nunca al pesimismo, a la amargura que el diablo nos ofrece cada día: no cedamos al pesimismo y al desánimo. Tenemos la firme certeza que el Espíritu Santo da a la Iglesia, con su soplo fuerte, el coraje de perseverar y buscar nuevos métodos de evangelización (…). Porque la verdad cristiana es atrayente y persuasiva, porque responde a la necesidad profunda de la existencia humana y el anuncio de Cristo es válido hoy como lo fue al inicio del cristianismo”.
Que la Eucaristía que estamos celebrando y que celebraremos día a día en todos los templos de la diócesis sea, para el camino de cada una y de cada uno, fuerza y alimento que nos ayude a ser fieles a nuestra vocación cristiana y a vivirla coherentemente. Tarea no fácil, pero, vivirla así, es asunto de “vida o muerte”.
No hay que temer. El Espíritu del Señor está con nosotros. Jesús permanece con su Iglesia hasta el final de los tiempos, y tenemos a María que hoy también nos dice: nada te preocupe ni te acongoje. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?
¡Ánimo pues, hermanos y hermanas! ¡Adelante con fe y valentía! El mundo necesita ser ungido por Dios; y nosotros, cada uno de nosotros debe convertirse en mano ungidora del Dios que nos ama con amor eterno.
Que Él les bendiga. Bendiga a todos y cada uno: obispo, sacerdotes, consagrados, seminaristas, colaboradores pastorales. Bendiga a sus familias, a sus niños, jóvenes y adultos. Bendiga a todo el amado pueblo que peregrina en Tuxpan. Así sea.
Ayer domingo 6 de noviembre de 1916 a la 9.30 hs., murió el Señor Obispo Rafael Martines, el ultimo de los tres de la dinastía de la humildad que inicio del inolvidable Sr. Jose Salazar Lopez, "pequeño de cuerpo, humilde de color, dotado de alas, embriagado de cielo", formador de sacerdotes, Rector del Seminario, Obispo de Zamora, y después sucesor como Arzobispo de Guadalajara y Cardenal del primer Cardenal en México, el Sr. Jose Garibi Rivera sexto arzobispo de Guadalajara, pero su futuro sucesor a pesar de su grandeza, aun después de haber sido preconizado como Obispo coadjutor de Zamora en 1961, todavía nos daba humildemente sus clases de Latín en el seminario menor de Guadalajara. Sacerdote en 1934, Lo ordenó sacerdote el Arzobispo José Garibi Rivera a la edad de 24 años. Su único ministerio, durante 25 años, sería el Seminario, al que llegó primero como Profesor, luego Prefecto de disciplina, en seguida Vice-Rector y finalmente Rector. En el Seminario atendió la cátedra de latín (lengua que dominó de modo singular) y entre 1947 y 1951 se hizo cargo de este plantel, correspondiéndole el traslado de la Casa del Seminario que se ubicaba al lado del Templo de San Martín de Tours, hacia su nueva Casa en Chapalita. Fue designado obispo de Zamora en 1967 y Séptimo Arzobispo de Guadalajara en 1970, tres años más tarde fue creado cardenal y elegido presidente de la Conferencia Episcopal. Después vino un accidente que estuvo a punto de costarle la vida, aunque sí lo mantuvo inactivo por largo tiempo. Es por ello que, al haber alcanzado la edad canónica límite y presentar su renuncia, la Santa Sede no tardó mucho en aceptársela”.
El Cardenal murió el 9 de julio de 1991 en Guadalajara, tras 17 años de haber regido los destinos de esta Arquidiócesis, a la que pudo impregnar la mentalidad y orientación pastoral trazada por el Concilio Vaticano II.
Sus Obispos auxiliares, el primero el Sr. Ramón Godinez con su amor a la Iglesia y su servicio escondido a la Conferencia Episcopal, Falleció el 19 de abril de 2007 a causa de un cáncer de páncreas y el segundo el Sr. Rafael Martines Sainz, Vicario General de la diócesis, vicario de Religiosos y después humilde ayudante en el Templo Expiatorio murió ayer también a causa de un cáncer. Los tres tuvieron sucesivamente como residencia Episcopal un cuarto de la humilde casa del Sacerdote en Garibaldi, junto a la Capilla de Jesús."Dios mio, Dios mio porque me has abandonado".
Los tres nos recuerdan el ultimo dialogo de Cristo pendiente de la cruz que se dirige al Padre: "Tengo sed", tengo sed de amor, tengo sed de amarte y de que seas amado y solo encontré migajas, en mi sed me dieron a beber vinagre mezclado con hiel, para que se cumpliera lo que dice la Escritura sobre Mi.
-"consumatum est", todo esta consumado, he terminado al obra que me encomendaste.
- Ven, Yo si que llenare tu sed de amor y la de los tuyos.
- "Padre en tus manos encomiendo mi espíritu".
Después de recordar a estos tres Obispos de la etapa del Concilio, quiero recordar a otros tres muy relacionados con ellos: Al Señor Orozco de la epòca de los mártires, al Señor Garibi hechura suya, y al Señor Sandoval, discípulo del Señor Salazar, que fue nombrado Arzobispo de Guadalajara después del asesinato del Cardenal Posadas.
Francisco Orozco y Jiménez
Grande entre los grandes, Nacio en Zamora, Michoacán, el 19 de noviembre de 1864 - Murió en Guadalajara, Jalisco, el 18 de febrero de 1936. Fue obispo de Chiapas de 1902 a 1912, posteriormente fue arzobispo de Guadalajara. Participó en protestas y movimientos en defensa de los intereses eclesiásticos y en contra del gobierno durante el período de la Persecución Religiosa en México. Fue desterrado cinco veces de su arquidiócesis. Durante el apogeo de la Guerra Cristera, permaneció oculto y fue señalado como cabecilla de los Cristeros. Sus restos están en la Capilla del Santísimo en la Catedral de Guadalajara bajo la escultura de un León herido con una estaca, que representa muy bien lo que fue este héroe de la Iglesia de nuestro tiempo.
Señor Jose Garibi Rivera.
Nació en esta ciudad, el 30 de enero de 1889,
Fueron sus padres Miguel Garibi Reyes y Joaquina Rivera y Robledo, ambos oriundos de Guadalajara; su linaje europeo viene de su bisabuelo materno, José Santos Rivera, proveniente al parecer de la provincia de Vizcaya, España, según la genealogía que publicó el historiador Ignacio Dávila Garibi, en 1924.
En octubre de 1900 ingresó al Seminario Conciliar del Señor San José, donde realizó sus primeros estudios, cuando era arzobispo de Guadalajara Jacinto López y Romo. El 22 de febrero de 1912 sería una fecha importante en su carrera religiosa puesto que obtuvo la unción sacerdotal de manos del arzobispo José de Jesús Ortiz y Rodríguez, siendo sus padrinos de ordenación los dos alumnos mas jóvenes del seminario: Jesús Gonzalez Gallo y Feliciano Rosales Ordorica, mi papa, que entonces tenían 11 años y siguieron colaborando con el señor Garibi hasta que ambos LIc. Jesús Gonzalez Gallo y mi papa Ing. Feliciano Rosales murieron.
Al año siguiente, siendo aún estudiante, impartió algunas clases y llegó a ser prefecto del Seminario menor. El recién nombrado arzobispo de Guadalajara, Orozco y Jiménez, lo envió a perfeccionarse a Roma en el Colegio Pio Latino Americano y en la Universidad Gregoriana. Allá se doctoró en Teología y obtuvo el bachillerato en Derecho Canónigo.
Regresó a México en 1916 e hizo escala en Estados Unidos; desde aquel país acompañó a Orozco y Jiménez a México durante los duros tiempos de la Revolución y la persecución religiosa. Incluso, el gobierno Federal lo tomó preso en una ocasión en que regresaba hacia los Altos de Jalisco desde Guadalajara. En la población de Totatiche trabajó para la fundación de del Seminario Auxiliar de la localidad, que formo el hoy San Cristobal Magallanes, primero en la lista de los 25 Mártires canonizados el 21 de mayo de 2000 por S.S. Juan Pablo II . En abril de 1914, las tropas villistas tomaron Colotlán y clausuraron el Seminario Auxiliar de la diócesis de Zacatecas, que funcionaba desde 1905. Un acontecimiento de suma importancia para la vida de la institución fue la visita del arzobispo Orozco y Jiménez a Totatiche cuando regresó de su primer exilio, en noviembre de 1916. Se sorprendió por el trabajo que realizaba Magallanes en esa apartada parroquia y desde entonces lo apoyó en su proyecto. Para empezar, comisionó a su secretario, el recién ordenado sacerdote en Roma, José Garibi Rivera, que lo acompañaba, para que se encargara del Seminario como prefecto. ; al año siguiente fue nombrado vicario de la parroquia de Atotonilco el Alto y poco después lo fue de la capilla de Jesús, en Guadalajara. Fue consagrado obispo auxiliar de Guadalajara el 16 de diciembre de 1929, obispo coadjutor de Guadalajara en 1934 y nombrado arzobispo de Guadalajara el 12 de agosto de 1936.
Fue el primer Cardenal mexicano preconizado como tal, pues ya antes Mons. José Francisco Orozco y Jiménez fue cardenal in pectore, falleciendo antes de ser oficialmente nombrado.
Señor Juan Sandoval Iñiguez
Realizó los estudios elementales en el instituto "Amado Nervo", en su pueblo natal, después ingresó al seminario conciliar de Guadalajara. Al concluir los estudios en este último, en 1952, viajó a Roma para asistir a la Pontificia Universidad Gregoriana, en la cual obtuvo el grado de licenciado en filosofía y doctor en teología.
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